Mohamed Soulimane inicia el espectáculo tocando el violín en un escenario decorado con arcos califales y lámparas marroquíes de cristales coloreados que recuerdan a una vivienda marroquí. Lluís Pinyot y Joan Rectoret interpretan a dos turistas que ´pasaban por allí´ y se quedan prendados por la música de Soulimane, que les invita a entrar en su casa y tomarse con él un té a la menta.
Poco a poco se van sumando otros amigos como Said Elhrizi, un gnawa (descendiente de esclavos negros) que toca las kárkabas (una especie de castañuelas metálicas), el gembri (instrumento de cuerda) y el tabal (tambor) y Aziz el Khodari un auténtico genio de la percusión que toca diferentes ejemplos de esta gama de instrumentos: la darbuka, el daf, riq y el bendir. Y para completar el conjunto con su voz y su carisma: Ayoub Bout. Ataviado con un elagante traje y sin perder la sonrisa ni por un momento este excepcional intérprete recordaba por momentos a un cantaor andaluz, demostrando así lo cerca que están ambas culturas.
Entre el público del concierto familiar de ´La Caixa´ hay inmigrantes nacidos en Tánger, Rabat, El Ayoun... que siguen especialmente emocionados las canciones de sus paisanos. Pero los temas no sólo suenan a los marroquíes. ´La tarara´, una canción muy popular en todo el Magreb, ha sobrevivido el paso de los siglos en España ya que el poeta Federico García Lorca escribió una versión del tema. Los músicos quisieron que el público participara y juntos corearon ´La Tarara sí, la Tarara no, la tarara niña de mi corazón´. A lo largo de los más de tres cuartos de hora de espectáculo fueron muchos los momentos en los que los componentes de la versión reducida de la Orquestra Àrab pidieron la ayuda del público. Se fueron sucediendo los temas: ´Avava inouba´, ´Las tres morillas´, ´Twichia´, a las que siguió una sucesión de fusiones rítmicas de percusiones para terminar con ´Abdel Kader´, un tema que fusiona la tradición y la modernidad de Marruecos. Al auditorio le faltó un punto de osadía para lanzarse a bailar en pie este tema, que lo pedía a gritos. A Soulimane y sus compañeros no les importó y agradecieron la buena acogida: «Somos el ejemplo de que con amor y respeto, moros y cristianos pueden crear una verdadera alianza de civilizaciones».