Memoria de la isla

Las sombras del padre Palau

El primer desencuentro del P. Palau lo tenemos en su exilio francés (1840-1850), cuando, habitando las grutas de Montauban, pone en pie de guerra a todos los párrocos del entorno a los que, sin tenerles en cuenta para nada, les roba feligresía

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Iglesia de es Cubells.
Iglesia de es Cubells.  BUIL MAYRAL

De los personajes significados me fastidian los discursos laudatorios que les dedicamos ´post-mortem´. Pueden haber sido vilipendiados y perseguidos en vida, pero cuando ya no están con nosotros les dedicamos, desvirtuando su recuerdo, elogios sin cuento. Precisamente por eso, una vez que en estos mismos papeles hemos descrito las luces y méritos del padre Palau, lo suyo es dedicar ahora unas líneas a los aspectos menos edificantes de su talante y de su vida que, no obstante, nos dan su cara más humana y familiar.

IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ Con ello sólo tratamos de desmitificar a un personaje que, por otra parte, se defiende solo y no precisa melifluos halagos. Lo hacemos a partir de seis fuentes principales: las referencias del Archiduque Luis Salvador y don Joan Marí Cardona, los propios escritos del padre Palau, los hechos que encuadran su vida, sus biografías y la memoria que nos dejó su estancia en Ibiza.

El primer desencuentro del padre Palau lo tenemos en su exilio francés (1840-1850), cuando, habitando las grutas de Montauban, pone en pie de guerra a todos los párrocos del entorno a los que, sin tenerles en cuenta para nada, les roba feligresía. Al padre Palau le pierde su celo, que pone por encima de todo, con la consecuencia de que acaban acusándole de insolidario, terco, extravagante, entrometido, embaucador y oscurantista. Y el resultado es que el padre Palau sale por pies hacia España donde también se busca enemigos. Las autoridades civiles le acusan de soliviantar a las masas trabajadoras a través del centro catequético para adultos que crea en Barcelona, la Escuela de la Virtud. Él lo niega categóricamente, pero es difícil creer que en una escuela que concentraba a más de 2.000 obreros no se hicieran reuniones, no se exigiera justicia social y no se criticara la explotación de los patronos. La sospecha de que tal cosa ocurría fue motivo sobrado para acusarle de ´obrerismo´ y de dar alas a las huelgas de 1854, hecho que provocó su confinamiento en Ibiza donde el bueno del padre Palau se sale de madre cuando rompe por dos veces su encierro –sabemos que se fue a Mallorca en marzo de 1856 y a Barcelona en diciembre del 57–, siendo todavía firme su sanción como prueba el mismo suplicatorio que dirige a Isabel II solicitando que se le levante el destierro. Por cierto, que la fuga acaba mal, porque cuando el capitán general de Cataluña conoce sus andanzas, confirma su confinamiento, y esta vez por tiempo indefinido.

Y no causan menos recelos algunos de sus comportamientos en Ibiza. El Archiduque habla de «un cura catalán que vende rosarios y estampas de santos, del que se cuentan algunas historias que no son precisamente ascéticas. Se ha traído de Cataluña a cinco campesinos que pasan por ermitaños (...) y no ha obtenido los resultados que cabía esperar de su celo por causa de su carácter excéntrico y sus modales, que no son atractivos ni suaves». Sorprendentemente, el mismo padre Palau reconoce su desinterés por las gentes de su entorno: «No puc afecionar-me a la gent d´aquest país, on no tenc cap amic ni cap enemic». Un desapego que explica el despropósito de algunos de sus comentarios: «Existeix en aquesta illa, des de temps immemorial, un costum pervers que mataria la moral pública sinó el poguéssim exterminar, i que és la causa de la seua ruina i desgràcia: les al·lotes que festegen reben per torn tots els jóvens que volen anar-hi, i els pares d´elles no poden impedir tals relacions amb aquells que no els convenen. Aquest tipus de festeig es converteix així en una mena de prostitució autoritzada per la presència dels pares, i en procedeixen baralles entre els jóvens, dividits en bàndols, armats de cap a peus, que des de petits han après a batre´s per les al·lotes que pretenen. També se n´originen els freqüents i horribles assassinats, de vegades entre el jóvens, i de vegades fins i tot les al·lotes o promeses resten víctimes de la lluita. La mateixa causa tenen els freqüents aborts, els expòsits i les morts dels infants». Las exageraciones y los errores son evidentes.

Y no es menos tajante E. Fajarnés que, siendo comedido y preciso en los adjetivos, califica a los ermitaños de es Cubells de cicateros, es decir, de mezquinos, tacaños y avariciosos. Una anécdota que recoge Marí Cardona lo demuestra. Era cosa conocida por los payeses de es Cubells que el padre Palau y sus compañeros, en vez de construir los tradicionales muros de piedra en su propiedad para evitar que entraran las ovejas y cabras de sus vecinos, que pastaban libremente tras las cosechas del verano según una vieja costumbre (bestiar solt), hacían acequias que tapaban con cañas y tierra para atrapar a los animales que en ellas caían y que después no devolvían con el chusco argumento de que estaba en su propiedad, les pertenecía. El padre Palau hace un comentario indicativo al respecto: «Tampoc no hi ha cap escrúpol a deixar els ramats damunt les propietats d´altri, i no existeix cap possible defensa de dites propietats més que la força bruta». Don Joan Marí Cardona, por su parte, comenta la mala relación que se dio entre el padre Palau y mossèn Pallarés, párroco de Sant Josep, que, en más de una ocasión, se queja al vicario capitular de las reiteradas interferencias del padre Palau que, repitiendo su experiencia francesa, le roba clientela, siendo que el oratorio de es Cubells tenía carácter exclusivamente privado y tenía un uso restringido a los ermitaños. Tan mosqueado estaba mossèn Pallarés que solicitó de varios obispos indulgencias y gracias para los parroquianos que visitaran la Virgen del Carmen de Sant Josep, y evitar así que se desplazaran al oratorio del padre Palau. Pero no es sólo eso, pues incluso en asuntos internos de la propia comunidad eremítica tenía el padre Palau sus particulares manías; una de ellas, conocida por todos, era que no dejaba que ningún ermitaño utilizara la cueva del Vedrà que utilizaba en sus retiros y que consideraba de su exclusivo uso. Y así podríamos seguir, pero son rasgos más que suficientes para demostrarnos que, por debajo del ´santo´ y, sin rascar mucho, siempre está el hombre.

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