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IBIZA | VICENTE VALERO
Primeros años en Galicia
«Mis padres se fueron a Santiago de Compostela y allí nací en 1929»
«Siendo hijo, nieto y biznieto de ibicencos, yo nací sin embargo en Santiago de Compostela. Mi padre, Mariano Ramón Lavilla, era practicante, seguramente el primero que hubo en Ibiza. Cuando terminó sus estudios y se estableció en la isla, se encontró con que ningún médico recetaba inyecciones... Ni siquiera sus dos tíos que eran médicos. Le decían que sí, que ya las recetarían, pero el caso era que no las recetaban y que aquí no podía ganarse la vida.
Decidió entonces buscar otro sitio. Se enteró de que había oposiciones para el Hospital General de Galicia en Santiago, se presentó y las aprobó. Así fue también como su suegro, el investigador y médico Enrique Fajarnés y Tur, aceptó que se casara con su hija, Purificación Fajarnés Ramón. Se fueron, pues, juntos a Santiago y allí nací yo el 20 de marzo de 1929.
Como ningún familiar ibicenco pudo venir a mi bautizo, tuve como padrino a un amigo de mis padres, Recassens Sitges, un profesor de universidad catalán que llegaría a ser director general en uno de los gobiernos de la República y que entonces vivía en Santiago con su madre. Ésta había entablado amistad con mi madre porque era con la única persona con la que podía hablar en catalán allí.
Mi madrina fue una mujer que trabajaba en nuestra casa y a la que mis padres querían mucho. Y en Santiago estuvimos tres o cuatro años, hasta que mi padre enfermó de tuberculosis».
Regreso a Ibiza
«Mi padre se recuperó y volvió a ejercer su profesión, pero esta vez en Ibiza»
«Regresamos a Ibiza en 1932 ó 1933, no lo sé exactamente, y mi abuelo Enrique Fajarnés, que vivía retirado en Santa Eulàlia, decidió, para evitar un posible contagio, que me fuera a vivir con él a su casa. Allí, en Santa Eulàlia, estuve ocho o nueve meses con mi abuelo, al cuidado de sus dos criadas, dos mujeres a las que recuerdo con cariño, Maria Vingut y Catalina. Hacía siempre la vida con ellas y a mi abuelo apenas lo veía, pues él estaba siempre encerrado en su estudio escribiendo, aunque yo recuerdo aquel cuarto como un lugar muy oscuro al que me daba miedo entrar. De vez en cuando, me mandaba llamar. Para mí, éste era un momento terrible. Las criadas me lavaban y me llevaban hasta él. Mi abuelo me daba un beso y me decía que me portara bien y luego a lo mejor pasaban días hasta que volvía a verlo, aunque vivíamos en la misma casa. Mi padre se recuperó y volvió a ejercer su profesión, pero esta vez ya en Ibiza.
Empecé entonces a ir a un colegio que se llamaba Cristo Rey, que estaba en la calle Castelar, muy próximo a nuestra casa, situada en la plaza de Sant Telmo, nº2.»
En la guerra civil
«Vinieron a casa y desde el balcón empezaron a tirar cosas a la calle»
«Tengo algunos recuerdos de la guerra civil española. En mi familia, el alzamiento, o como queramos llamarlo, provocó una cierta satisfacción, confirmada cuando, sin haber hecho nunca nada a nadie, mi padre y mi tío fueron hechos prisioneros. Vinieron a nuestra casa, lo recuerdo muy bien, y desde el balcón empezaron a tirar cosas a la calle, destruyendo todos los símbolos católicos que encontraron, mientras llamaban a la gente que pasaba por allí para que vieran las cosas que tiraban. Era un grupo de ibicencos y recuerdo muy bien sus gritos. Yo tenía siete años y me impresionó mucho todo aquello.
A mi padre, por ser practicante, en lugar de meterlo en la cárcel, lo llevaron al Colegio de la Consolación, que fue habilitado como hospital. Le tenían prohibido salir de allí. A mi tío, que era falangista, sí lo encerraron en el Castillo y recuerdo que mi madre y yo le llevábamos comida. Mi madre no quería entrar, así que entraba yo con la comida en la mano y se la entregaba yo mismo.
Un miliciano me puso un día un brazalete de no recuerdo bien qué, si de la FAI o de la CNT. Cuando llegué a mi casa, yo iba muy contento con aquel brazalete, pero mi abuelo paterno, Enrique Ramón, que era comerciante –tenía su tienda debajo de casa– y vivía con nosotros, que jamás me había castigado ni mucho menos pegado, me dio una bofetada que no se me ha olvidado nunca.
A mi padre lo salvó un ibicenco, un amigo suyo, conocido como Cucons. Siempre nos dijo que teníamos que estar agradecidos a este hombre porque realmente le salvó la vida. Después de la matanza del Castillo, de la que mi tío pudo escapar, mi padre fue embarcado en el mismo barco con el que huyeron los milicianos. Cucons lo sacó de allí con la excusa de que había otros compañeros heridos que atender y en cuanto pudo le dijo que huyera, mientras él regresaba al barco. Y así lo hizo.
Antes de volver a casa estuvo unos cuantos días –esos días en los que nadie sabía qué estaba pasando y era tierra de nadie, desde el 13 al 20 de septiembre– escondido por el campo, como mi tío. Durante ese tiempo, también nosotros, huyendo de los bombardeos de los italianos, nos refugiamos en casa de un pariente nuestro en Santa Gertrudis».
Camino de la universidad
«No sabía qué quería estudiar, ni siquiera cuando acabé el bachillerato»
«Durante los siguientes años de la guerra nos fuimos a vivir a una finca que era de mi padre, Can Burgos. Muy cerca de allí empecé a ir a clase con una señora ya de edad, de la que recuerdo su apellido, Ferragut, que daba clases particulares.
Poco después, empecé a ir a Sant Jordi, por las tardes, con el maestro Joanet des Sereno. Fue él realmente quien, durante dos años, me preparó para ingresar en el instituto. Era un buen maestro, severo, con la severidad de entonces, y sabía lo que tenía que exigir a cada uno y cómo hacerlo. Como sabía, por ejemplo, que a mí me daba miedo volver a casa de noche, porque vivíamos a unos dos kilómetros de distancia, si no me sabía la lección me obligaba a salir una hora más tarde... Así que me lo sabía todo muy bien y aprobé el examen de ingreso en junio.
Mi llegada al instituto coincidió con el final de la guerra, así que volvimos a nuestra casa de la plaza de Sant Telmo, cuya iglesia, claro, había sido destruida. Recuerdo bien su reconstrucción porque yo estudiaba en mi cuarto y veía a los obreros trabajando. En mi curso había chicos de diferentes edades, porque la guerra había provocado diferentes situaciones y retrasos, pero yo tuve la suerte de estar en la edad que me correspondía con el curso, es decir, tenía 10 años.
Hice un bachillerato con brillantez, muy buenas notas, matrículas de honor, etcétera. Tuve mucha suerte. Recuerdo con cariño a mis profesores y los quiero a todos. Yo no sabía qué quería estudiar, ni siquiera cuando acabé el bachillerato. Fui a examinarme a la Universidad de Barcelona para la reválida; recuerdo que de todos los que fuimos de aquí sólo aprobamos dos: Berta Costa y yo. Muchos no se presentaban, porque la reválida sólo se necesitaba para ir a la universidad.
Poder ir a la universidad en aquellos años era un privilegio. En Ibiza no había otras salidas que: ser hereu, el éjército, el seminario y la emigración. La posguerra ibicenca fue muy dura y el hambre y las privaciones eran reales.
Empecé Física en Barcelona, pero no me gustó y al año siguiente cambié a Derecho. Estaba en los teatinos de la calle Enrique Granados, con un régimen disciplinario fuerte, con rosario y misa diarios. Hablo del año 1948 y siguientes... Al tercer año de estar en Barcelona, mi padre me dijo que mi hermano tenía que estudiar también y que, por tanto, yo había tenido ya mi oportunidad y ahora tenía que seguir como estudiante libre. No podía permitirse tener a sus dos hijos estudiando fuera de la isla.
En Ibiza, mientras estudiaba, me surgió la oportunidad de trabajar en el Juzgado comarcal, gracias a Augusto Serra, oficial habilitado de este juzgado. Yo le suplía y al juez Santiago Llano le pareció bien y hasta me daba clases. Y además ganaba 300 pesetas cada mes. Así acabé la carrera de Derecho»
Años en el ejército
«Mientras estuve en el ejército, hasta el año 1961, siempre tuve casos penales para defender»
«Dejé de trabajar en el juzgado al acabar la carrera. Era alférez de milicias, lo que era muy normal entre los estudiantes. Había hecho mis seis meses de prácticas en el regimiento de infantería de Teruel y había conseguido la categoría de oficial de complemento. Justo entonces salieron seis plazas en Ibiza de oficial de complemento, presenté mi solicitud y me la concedieron. Pasé a ser álferez de complemento en el regimiento de Ibiza.
Al ser abogado, me encontré enseguida teniendo que ejercer de defensor en el éjercito, en pequeños casos penales, de robos o peleas normalmente. Mientras estuve en el ejército, hasta el año 1961, siempre tuve algún caso que defender. Ascendí a teniente y tengo recuerdos felices también de aquellos años, de mis compañeros. Entre los recuerdos felices de mi paso por el ejército está la isla de Cabrera. Aunque ahora parezca una barbaridad, el caso es que esta isla dependía entonces del regimiento de Ibiza, no de Palma. Estaba ocupada por militares porque era zona militar, aunque, como ya digo, dependiente de Ibiza. Pues bien, mis recuerdos divertidos de aquella época consisten en que fui ¡Comandante Militar de la isla de Cabrera durante seis meses! A veces pienso que lo más bonito que podrían decir de mí en mi esquela mortuoria es que llegué a ser Comandante de la isla de Cabrera. Ahí estuve.
Me encontraba a gusto en el ejército y cuando había posibilidad de promocionar a capitán, me surgió otra posibilidad civil: ser letrado de la Cámara de Comercio. Opté por esta última y abandoné el ejército. Me había casado ya, tres años antes, en 1958».
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