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HEMEROTECA » |
IBIZA | C. MARTÍN Siegfried Meir Bacharach tiene 75 años y hasta hace unos meses no había visto nunca una foto de su madre con él. Se emocionó al contemplar a una joven Jenny Bacharach con el niño rubio y gordito de ojos claros, de unos dos años, en sus brazos. Él no guarda recuerdos felices ni cariñosos de sus padres: «Es como si tuviera un velo que me impide recordar», asegura. La deportación de los tres desde Fráncfort al campo de concentración de Auschwitz cuando sólo tenía nueve años es la frontera de donde arranca su vida; los años anteriores se borraron de su memoria al igual que más tarde lo hizo su lengua materna, el alemán, que nunca más volvió a hablar después de salir de Mauthausen e iniciar en Toulouse una nueva vida junto a su protector y desde entonces padre, Saturnino Navazo, un preso republicano que era capo de uno de los barracones.
Ese pedazo de su infancia encerrado en un cartón le llegó por sorpresa, de la mano de la periodista Arancha Gorostola, que escuchó su testimonio en una charla que dio a chavales de un instituto madrileño y le dijo que quería conocer mejor su historia. Tanto, que se ha propuesto buscar respuestas, reconstruir también esos nueve años perdidos de Meir y, quizás, hasta reconciliarle con su pasado. Una paradoja, porque él nunca ha querido escarbar en aquello ni buscar familiares. Sólo intentó encontrar noticias de su medio hermano, Heinz, a través de la Cruz Roja, pero sin resultado. Heinz era hijo de su padre y su primera mujer y desapareció antes de la deportación de la familia. Ni siquiera ha regresado nunca a Alemania ni tiene ninguna referencia de su vida antes de los campos de concentración.
El más joven del convoy
La periodista quiso profundizar en la historia de ese niño que no entiende por qué de repente no puede jugar en la calle con sus amigos ni hacer cosas que hasta entonces eran cotidianas, como comprar en una tienda o ir a la escuela. Ese niño de nueve años que es arrancado de su hogar y sumergido en el infierno de Auschwitz, donde murieron sus padres y donde sobrevive contra todo pronóstico, por un capricho del destino que también le lleva a salir vivo de Mauthausen justo al día siguiente de cumplir once años, el 4 de mayo de 1945, cuando las tropas americanas liberaron el campo.
Gorostola leyó el libro que escribió Meir sobre su vida y que nunca ha querido publicar porque no está satisfecho con el resultado y decidió hacer suya la historia y arrojar luz sobre el vacío. Esta periodista ha puesto orden en los confusos recuerdos de Meir, que siempre pensó que les habían deportado en 1941: el número tatuado en el brazo de Meir, 117943, no se podía corresponder con esa fecha, así que Gorostola investigó y descubrió que fue el 19 de abril de 1943 cuando obligaron a Siegfried y a sus padres a montar en un tren que llegó el día 23 a Auschwitz.
Fueron de los últimos judíos en ser deportados de Fráncfort, según Gorostola, quizás a causa de la nacionalidad del padre, rumano: el convoy estaba integrado por sólo 17 personas, la mayoría rumanos y eslovacos. Él era el más joven. La periodista afirma que en esta ciudad los nazis deportaron a 9.415 judíos, la mayor parte en 1941 y 1942, según documentos alemanes.
Otro dato que no le cuadraba a Gorostola era el hecho de que un niño hubiera sobrevivido cuatro años en Auschwitz, un campo de exterminio: «era prácticamente imposible». «La media de supervivencia en el campo era de dos meses, que es lo que duró su madre; murió el 1 de julio a los 43 años de tifus», agrega. El caso del pequeño Siegfried es insólito, ya que permaneció allí un año y nueve meses, algo asombroso.
Más difícil es aclarar la fecha exacta en que se produjo el traslado del niño a Mauthausen. Meir afirma que fue cuando las tropas rusas estaban a punto de llegar al campo (lo liberaron el 27 de enero de 1945) y los nazis evacuaron a miles de presos en unas condiciones infrahumanas. Mauthausen, a 600 kilómetros de distancia, fue uno de los campos que recibió prisioneros, a los que trasladaron hacinados en vagones de tren sin techo donde comían nieve y arrojaban fuera a los cadáveres. Meir no recuerda el traslado; sólo sabe que se despertó en Mauthausen e ignora quién pudo ayudarle en aquel penoso viaje en el que los muertos se contaron por centenares.
Meir publicó un libro muy breve, ´Hijo de la niebla´, escrito junto a su amigo George Moustaki acerca de la suerte tan diferente que corrieron los dos niños judíos nacidos con un día de diferencia (uno en Fráncfort y el otro en Alejandría), pero se negó a editar el manuscrito que escribió empujado por su editor, que quería que ampliara su historia. Ahora, Gorostola tiene intención de escribir ese libro, basado en el rigor de su investigación.
La periodista encontró a un primo de Meir que vive en Israel, nieto de una hermana de su madre (una judía alemana), que ha permitido reconstruir el árbol genealógico de esta parte de la familia. No resultó difícil: Gorostola encontró en Internet un anuncio que un hombre había puesto hacía algunos años para buscar información sobre la familia Bacharach-Blumenthal, de Rhina, un pueblo cercano a Fráncfort. Él fue quien envió a Gorostola la foto que ha removido algo en el interior de Meir. También mandó otra imagen tomada el mismo día en la que aparece la familia: dos primos, los abuelos, Siegfried, su madre. Su primo quiere conocerle, pero él es reticente: «He perdido el sentido de la familia», admite. «No tengo recuerdos de antes de la deportación, de infancia, y ella intenta encontrar cosas que me ayuden a recordar», explica.
De los hermanos de Jenny, uno murió en la guerra de 1918, donde luchó en el ejército alemán; Leo Levi fue deportado a un campo con su esposa y tres de sus hijos, que fallecieron, al igual que Paula, su esposo y su hijo pequeño (los dos mayores se salvaron porque huyeron de Alemania antes de 1940). Hanna, Gerda y Else pudieron emigrar a EEUU con sus maridos antes del Holocausto. Una de ellas, que tiene más de noventa años, aún vive.
La rabia ha acompañado a Siegfried Meir toda la vida. Una rabia primitiva e infantil contra su padre, Moses, un judío muy religioso que quería convertir a su hijo pequeño en un hombre piadoso y temeroso de Dios. El padre que le inculcó que a ellos no les podía ocurrir nada porque eran el pueblo elegido. Siegfried le acusó toda la vida de haber sido un estúpido por no ver el peligro y no intentar escapar, como ya lo había hecho antes de los pogromos de su patria, Rumanía; por confiar en que su Dios acudiría en su ayuda y no poner a salvo a su familia.
Han tenido que pasar más de 60 años para que Meir se plantee que estaba equivocado, que su padre probablemente quiso huir y salvar a su mujer y a sus hijos, pero que no fue posible. La reflexión también ha llegado con las charlas con Gorostola, quien le explicó lo extremadamente difícil que era salir de Alemania a causa de las exigencias burocráticas y a la propia guerra. Uno de los papeles que se exigían era una autorización del país de acogida, pero la mayoría de países no recibían a los judíos o tenían cupos estrictos. De hecho, los abuelos del primo que vive en Israel habían pedido visados para ir a EEUU y a un país suramericano, pero los deportaron antes de que llegaran los papeles. «No puedes aventurar que no se fue porque no quería, le intenté explicar que quizás se sentía protegido por su nacionalidad rumana», reflexiona Gorostola.
Estas reflexiones han hecho tambalear las convicciones del niño Meir y han puesto al hombre maduro frente a su padre. «Ella consigue despertar otra visión de adulto que tiene que pensar y reaccionar a la realidad, no de niño furioso; es demasiado primitivo decir ´odio a mis padres porque se han equivocado´, no es adulto», reconoce.
«Sólo me queda un pequeño sueño antes de morir –confiesa–: actuar en una película». Cuando era joven, Meir estaba en una escuela de teatro e intentó hacer cine, pero su físico (era muy guapo) y su mirada triste y desconcertante de hombre mayor pese a tener sólo 18 años, traicionaron sus ilusiones de convertirse en actor. No obstante, no se da por vencido: «Soy optimista: la vida me ha hecho tantos regalos...».
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