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IBIZA | MARTA TORRES Marilina Marí Torres coloca alcachofas, patatas y naranjas en el puesto que comparte con su marido. Hace sólo dos años que el Mercat Vell es su día a día. Antes trabajaba en otra frutería. «Aquí el alquiler del puesto es más económico», comenta frotándose las manos. Lleva unos minutos parada y empieza a notar el aire y el frío de la mañana. «No viene mucha gente ahora en invierno», afirma. Cada día abre a las ocho de la mañana y cierra a mediodía. No vale la pena tener abierto. «En verano es diferente. Me levanto a las seis de la mañana para abrir pronto y podemos estar aquí hasta las once o las doce de la noche. Hay que aprovechar la temporada», señala saludando con un golpe de cabeza a Margarita Escandell, que vende también fruta y verdura en el puesto de al lado.
Llega empujando una carretilla con una caja llena de tomates. Marilina mira el reloj. Hace cinco minutos que debería haber ido a cambiar el ticket de la zona azul. Está a punto de irse pero llega una clienta, así que la atiende antes de coger dos euros y marcharse a la máquina temiendo encontrarse una multa.
Margarita Escandell lleva 35 años al frente de su puesto en el Mercat, pero esta plaza ha sido su casa desde bien pequeña. «Antes de estar yo era mi madre, Margarita Torres, la que vendía. Ya de pequeña la ayudaba, pero luego me casé, tuve cuatro hijos y no me hice cargo del puesto hasta los 25 ó 26 años», detalla. Margarita explica que puede tener abierto en invierno porque la mayoría de los productos que vende son de su propia finca. «Si tuviera que comprar las frutas y verduras no me saldría a cuenta», afirma. Igual que su compañera, explica que cuando acaba la temporada reduce el horario. Ahora tiene las tardes para ella. En verano ve amanecer y ponerse el sol a los pies del Rastrillo. Una joven que pasea a su perro le pide «cuatro plátanos». Margarita recuerda que cuando era una niña, al principio, sus padres no tenían un puesto en el mercado. Vendían los productos de su finca en la subida al Portal de ses Taules. «Les gustó tanto que pidieron un sitio», añade.
Casi 200 euros por aparcar
Marilina vuelve enfadada. Le han puesto una multa. «Esto pasa siempre», señala. Esta mañana, sólo en aparcamiento habrá tenido que pagar ocho euros, cinco euros por las cinco horas que estacionamiento más los tres de multa por haber llegado diez minutos tarde a cambiar el ticket. «Llevamos años pidiendo que nos den una tarjeta como la de los residentes para poder aparcar en zona azul», comentan casi a la vez las dos vendedoras. Ambas se quejan de que no tienen dónde dejar los coches y las furgonetas en las que traen la mercancía. Sólo pueden aparcar frente al mercado a primera hora de la mañana, para descargar, luego deben aparcar los vehículos donde puedan.
Generalmente lo dejan en zona de estacionamiento de pago, ya que el espacio más cercano de aparcamiento gratuito se encuentra en es Pratet, lo que les obligaría a dejar sus puestos sin vigilancia alguna el tiempo que tardaran en encontrar una plaza vacía y volver caminando. Así que sólo en aparcamiento gastan cerca de 200 euros mensuales, multas de la zona azul incluidas. «Además, en verano es muy complicado encontrar una plaza libre», apunta Margarita.
Marilina destaca que tampoco tienen un baño ni agua corriente. Para el agua recurren a la pequeña fuente que hay en la plaza, pero lo del baño es algo más complicado. A veces pueden entrar en el que hay en el edificio de Sa Peixateria, otras no tienen más remedio que ir al de algunos de los bares que hay en la plaza, donde confiesan que a veces les ponen mala cara. Además, cuando acaba la temporada turística sólo queda uno abierto. Reconocen que podrían seguir sin baño y sin agua, pero insisten en que poder aparcar como el resto de vecinos les facilitaría mucho el trabajo. «Si pasamos más horas aquí nosotras que muchos de los que tienen pisos en el barrio», insisten antes de que Consuelo, con su abrigo negro, interrumpa las quejas para hacer la compra diaria. «Llevo viniendo aquí a comprar toda la vida», explica.
Marilina y Margarita están convencidas de que el Mercat Vell tendría más vida si los clientes pudieran aparcar con facilidad y si además de fruta y verdura encontraran también carne y pescado. «En verano viene gente de los barcos a comprar y siempre preguntan si hay pescado. Estando tan cerca del puerto les extraña no encontrar», detalla Margarita, que saluda a Toni Palerm, que acaba de llegar, mientras despacha a Catalina Torres, que lleva «50 años» comprando casi cada día en el Mercat Vell.
Recuerdos de carros y bicicletas
Toni ha cerrado hace dos semanas el puesto de fruta y verdura que tiene en el Mercat Vell. «No vale la pena», lamenta. Ahora pasa cada día para atender a los clientes fijos, a los que no quiere dejar «sin servicio», pero no abre. Él lleva una veintena de años en este mercado, donde antes estuvo su padre y antes su abuelo. Aunque esté al frente del negocio hace dos décadas confiesa que lleva toda su vida en la plaza, ya que desde muy pequeño iba a ayudar a su padre y su abuelo. Igual que sus compañeras, pide al Ayuntamiento que les solucione el tema del aparcamiento, con el que aseguran que no hacen la vista gorda. Minutos después de que se haya marchado, un hombre aparca en el carga y descarga para acercarse a comprar fruta. Cojea bastante. Apenas ha recorrido una veintena de metros cuando dos policías locales que patrullan por la zona se acercan al todoterreno. El hombre da la vuelta, les explica que es sólo un momento, pero se sube al coche y desaparca sin llegar a comprar nada.
Margarita Puig compra alcachofas en el puesto de Margarita Escandell. Vive en Jesús, pero una vez a la semana se adentra en la Marina para hacer la compra. «Es una lástima lo que está pasando con este mercado, que haya tan pocos vendedores y que la gente venga tan poco a comprar», comenta. Le tiene cariño a este mercado. Cuando era niña su familia bajaba, primero en carro, luego en bicicleta o en motocarro, a vender. «Mi hermano era Joan de n´Ignasi», le dice Margarita clienta a Margarita vendedora, que con cara sorprendida le responde: «¡Yo te conozco! ¡Íbamos juntas a la escuela!».
El eco de su animada conversación alcanza el puesto de Ángeles Venegas, que se confiesa «feliz y sin ganas de jubilarse» a pesar de que ha cumplido ya los 65 años. Lleva más de la mitad de su vida (36 años) vendiendo sus famosos bocadillos de atún, anchoas y aceitunas y no se ha cansado ni del olor de los encurtidos ni del escaso metro y medio cuadrado de su caseta, desde la que tiene vistas al Rastrillo, el Portal de ses Taules y Dalt Vila. Explica que llegó de vacaciones con sus padres y les gustó tanto la isla y el Mercat Vell que le compraron el negocio a la antigua propietaria. Ella también lamenta que se esté «dejando morir» este espacio.
«Éste es el peor momento que yo le he conocido», afirma con pena recordando los años en que apenas se podía caminar por los pasillos debido a la gente —«hippies, vecinos y señoras vestidas de payesa»— que los abarrotaba, algo que ahora no pasa ni en verano. «El único momento del año en el que no damos abasto es durante el Mercado Medieval», confiesa esta mujer que se levanta cada día a las seis de la mañana para atender su negocio, del que asegura que no se irá hasta que ya no sea capaz de atenderlo. «A mí me gusta muchísimo estar aquí. No me aburro», afirma. «Los políticos tendrían que cuidar más la zona antigua, facilitar que la gente venga y no complicárselo más», insiste Ángeles, que detalla que Mari Trini, Massiel y Nicky Lauda han probado sus bocadillos. «Iñaki Urdangarín me compró un cuarto de guindillas», añade.
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