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IBIZA | MARTA TORRES Toda la información que pudieran necesitar aquellos turistas de faldas hasta los tobillos (ellas) y gorro y bastón (ellos) estaba en ´Ibiza: guía del turista´, de cuya publicación se cumplió el año pasado su centenario. «Hasta entonces sólo hay algunas descripciones de la isla en libros, pero ninguna guía turística con información útil para los viajeros», explica Anna Colomar, responsable del Arxiu Històric del Ayuntamiento de Ibiza, donde se pueden consultar tres ejemplares de esta guía. El propio autor explica en el prólogo que se decididó a escribir el exhaustivo documento, debido al cada vez mayor número de visitantes de la isla.
El arqueólogo y escritor propone a los viajeros de principios del siglo XX siete excursiones por los principales rincones de la isla. No escatima detalles e informaciones en sus explicaciones. Así, en la primera, que incluye la necrópolis, Sant Jordi y ses Salines, explica que hay que salir de Ibiza en carruaje a las ocho de la mañana para poder estar de vuelta a las doce del mediodía, justo a tiempo de comer algo y partir, en esta ocasión a pie, hacia Puig d´en Valls, Jesús, Talamanca y s´Illa Plana. El escritor recomiendal al viajero que admire el retablo de la iglesia de Jesús. Los madrugones estaban a la orden del día si se querían ver lugares alejados de Vila. Para ver Sant Rafel, donde recomienda pararse a ver la «bella perspectiva» de la isla, y Sant Antoni insiste en que debe cogerse el carro que sale a las siete de la mañana de Ibiza. «En la posada facilitarán el guía, que se gratificará con dos pesetas», indica el libro, en el que se puede comprobar que este era el precio estándar en las fondas de fuera de la ciudad de Ibiza en las que podían pasar la noche los turistas que se animaban a conocer a fondo la isla.
Una larga excursión
Pérez-Cabrero describe la excursión a Sant Joan como «la más larga y difícil» ya que los 60 kilómetros de ida y vuelta «han de recorrerse en un día sin descanso y por mal camino». Este itinerario incluía la cueva de es Culleram y una parada para almorzar en una playa cercana que bautiza como «Cala Mayans». «En este punto se puede encargar comida, pero será mejor que se vaya provisto de fiambres y vino para no perder el tiempo», insiste antes de recomendar que, de vuelta a Ibiza, se haga una parada «en el alegre pueblecito de Santa Eulària» y señala que se puede alquilar «un faluchito pescador» para ver la isla desde el mar. El autor advierte que el viajero «regresará ya de noche, muy cansado, pero seguro de haber hecho una gran excursión».
La guía ya describe, hace cien años, el islote de es Vedrà como «la mayor belleza natural que tiene Ibiza». Antes de llegar allí, aconseja parar en es Cubells para contemplar las vistas desde los acantilados y visitar la ermita «en la que se encuentra buen vino y fruta excelente». La última de las excursiones que propone Pérez-Cabrero es la de Formentera, para lo que hay que embarcarse en el «vaporcito» ´Constante´ los martes o los jueves preferiblemente «pues los domingos hace escala en los faros y se pierde todo el día en el viaje». El precio del billete entonces era de una peseta y media que debía pagarse a bordo.
La publicación de la guía fue todo un acontecimiento del que se hacía eco Diario de Ibiza el 9 de marzo de 1909. Ese martes, en la primera plana se podía leer un amplio comentario que calificaba el documento de Pérez-Cabrero de «inseparable vademécum para cuántos quieran relacionarse» con la gente de Ibiza y Formentera. El rotativo recuerda lo mal que han tratado a los isleños otros libros y destaca la labor que puede cumplir el libro para acabar con esta imagen: «concluirá por sanear la infecta atmósfera en que pretendieron asfixiarnos la mordaz leyenda y la grosera fábula, ignorando ó simulando ignorar pérfidamente, al pintarnos como banda de salvajes, que tenemos celebradas nupcias gloriosísimas con la civilización, la cultura… y la vergüenza».
Precisamente a las costumbres de Ibiza y Formentera dedica Pérez Cabrero un apartado que parace escrito para compensar las informaciones de viajeros que no dejaban en muy buen lugar a los pitiusos: «Con frecuencia se dice de Ibiza que es tierra de crímenes y venganzas, de miserias, de atraso moral y material, pero no es cierto; es leyenda intencionada. El ibicenco es noble, culto, laborioso, recto, hospitalario y caritativo. Los crímenes, que siempre fueron pasionales, han desaparecido del campo para no volver, pues en la población no se observaron más que raramente». También destaca que «no simpatizan con los mallorquines porque éstos inventan fábulas y exageran hechos para menospreciarles». Sin embargo, incluye una nota a pie de página en la que matiza: «Hablamos en general, haciendo excepción honrosa de las personas cultas de la isla de Mallorca, que hacen honor a Ibiza». También detalla el baile típico de las islas: «Bailan formando un círculo, las mujeres paseando con pasos menuditos, sin mover más que los pies, y los hombres (que a veces bailan con dos o más mujeres) dando grandes saltos y sonando enormes castañuelas. Es muy pintoresco y original este baile payés, que no tiene semejanza con ningún otro». Prácticamente al final del apartado ´Costumbres´ explica que los ibicencos «sienten pasión por el juego de azar y son sempiternos fumadores de tabaco que cultivan y llaman pota, por su mal olor».
Pocos eran los pitiusos que a principio del siglo XX hablaban algo más que el ibicenco, motivo por el que la guía incluye un diccionario de alrededor de 2.000 palabras traducidas al castellano entre las que incluye ucà «gritar de modo especial en el país y en Asturias», tiranguella; «sarta» y caramelles, «villancicos del país». «Este vocabulario ha sido formado a vuela pluma. No busquen en él los filólogos más que una variedad de voces dignas de estudio, y no extrañe que contenga muchas faltas», se disculpa.
Carruajes con horarios
El coste de enviar una carta a Marruecos (10 céntimos) o mandar un telegrama a Cabo Verde (2,36 pesetas) son sólo dos de las muchísimas informaciones sobre tarifas que pueden encontrarse en las 156 páginas que tiene la guía, en la que se especifica que el coste de desembarcar cada persona o bulto en es Botafoc es de media peseta aunque «después de las doce de la noche y antes del amanecer se pagará el doble por los servicios. Lo mismo si hay mal tiempo». También incluye los horarios de los carruajes que unían Ibiza con el resto de la isla y que efectuaban un trayecto de ida y uno de vuelta al día. Salían de Ibiza por la mañana y regresaban a la ciudad por la tarde.
Antes de llegar a la información turística, el autor ofrece una amplia descripción de Ibiza y Formentera. Habla de la arqueología de las islas, así como de los diferentes pueblos que las han ocupado desde su fundación y describe con detalle la ciudad antigua, los cinco municipios y algunos lugares de interés. Detalla que en el Castillo se pueden ver «las continuas transformaciones que su arquitectura ha sufrido», que no deben perderse las vistas desde la plaza de la Catedral y que en la iglesia del Convent existía un «notable lienzo del siglo XVI». También recomienda ir al teatro Pereyra: «Es cómodo y de buen aspecto. Está iluminado con gas acetileno y fluido eléctrico». En las descripciones de los pueblos se explaya especialmente con Sant Antoni que asegura que «tiene tendencia a expansionarse, debido a su buena situación, a sus bellas perspectivas, a la economía con que se fabrican los edificios y se vive, y al desarrollo de la industria pequeña». La guía la cierran cinco anuncios, uno de ellos, el de la popular Fonda la Marina, con dos fotografías. La obra de Pérez-Cabrero está salpicada de imágenes, mapas y fotografías, algo que no era muy usual en los libros de la primera década de 1900.
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