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HEMEROTECA » |
MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Pero que fuéramos niños no significa que fuésemos tontos, de manera que, durante un tiempo, por miedo a que se nos acabaran los regalos, disimulamos nuestro amargo descubrimiento y les devolvimos el favor a nuestros padres: si ellos se habían esforzado tanto en crear en nosotros la ilusión de los Reyes, ¿quiénes éramos nosotros para destruirla? Mantuvimos su ilusión y así siguieron lloviendo regalos.
Enero, en cambio, después de tanto trajín, era un mes apacible y reposado, un mes de lentitudes y silencios. Nuestro tono vital era bajo y costaba lo suyo recuperar el ritmo cotidiano, pero gozábamos de aquella extraña quietud. Cabe suponer que en nosotros pesaban las lunas y las encalmadas que en aquellos días nos visitaban, ses minves de gener. Y es que enero era un mes especial, particularmente en la bahía. El mar bajaba de nivel, se alisaba como una lámina de metal y los muelles quedaban en una somnolienta y extasiada quietud que sólo se interrumpía cuando una barca cruzaba ingrávida el espejo del agua o cuando una gaviota bajaba rasante, atrapaba un pez y dejaba en la lámina líquida una mínima estela. Enero en los muelles era un mes de transparencias y deslumbramientos. Febrero era más anodino y pasaba como de puntillas. Su mayor alegría estaba en los almendros que nos anticipaban la primavera. Por aquel entonces el almendral de Corona estaba en el fin del mundo y nos conformábamos con los almendros que encontrábamos en el llano de Jesús y en el entorno del cementerio. Don Ernesto, maestro que nos preparaba para el examen de ingreso en el Instituto, nos advertía del milagro: ¡Han florecido los almendros! Y era cosa de magia: en una noche aparecían aquellas delicadísimas flores sobre las ramas grises, desnudas y secas.
Marzo llegaba malcarado, ventoso y desapacible, pero venía con los Carnavales que, sin embargo, recuerdo descafeinados y no eran ya las fiestas transgresoras que nuestros mayores recordaban. En los años cincuenta, imperaba la observancia de la norma, el respeto y un contexto represor y mojigato en el que, por más que se invitara a la parodia, nadie sacaba la cabeza. El estamento religioso tenía la sartén por el mango y la autoridad civil mantenía la gravedad mostrenca y gris de la posguerra que convirtió el Carnaval en una fiesta infantil de poca bulla y disfraces inocentes. Pero, eso sí, a los niños nos alegraba. Abril, a renglón seguido, era un mes que nos fastidiaba por contradictorio. Los días venían crecidos y la naturaleza explosionaba carnal y lujuriosa –cosa que alteraba la sangre– y, precisamente entonces, llegaba la Semana Santa, con los Ejercicios Espirituales, los tremendos sermones en Santo Domingo, los actos de contrición y las gregarias procesiones con vírgenes transidas y cristos lacerados. Afortunadamente, los niños celebrábamos la Semana Santa por las vacaciones. Y porque aquel eclesiástico teatro de matracas y nazarenos –con perdón– era para nosotros como un segundo carnaval.
Mayo era un mes tontorrón y almibarado, el mes del «venid y vamos todos», de las comuniones y de las flores que asomaban en los tiestos de todos los balcones. Nuestro mejor mes era junio porque marcaba el comienzo de un largo y festivo verano. Y el mejor día del año era el de San Juan, con su mágica señal de las hogueras que quemaban los muebles viejos y los malos humores. El verano se nos ofrecía interminable y era la resurrección, la plenitud y la inocencia. El verano era el Paraíso. Los días eran largos, espléndidos los soles y nada nos producía más alegría que cambiar los gabanes, los jerséis y las katiuskas por las sandalias y las mangas cortas. Y los calzoncillos por los taparrabos, pues el verano era el mar y los chapuzones en el Muro. Pero pasado julio y agosto, entrábamos con prevención en septiembre, un apéndice del verano que se nos iba como un soplo. ¡Qué rabia nos daba que el final de agosto se pareciera tanto a septiembre! Decrecía la luz, refrescaba y las primeras turbonadas despertaban en nosotros tormentas interiores. Las golondrinas desaparecían, caía un chaparrón y la lluvia nos llenaba de tristeza.
Era como pasar de vivir en color a vivir en blanco y negro. Teníamos que comprar los libros en Casa Verdera para el nuevo curso y ver cómo estaban las batas. Y al llegar octubre, pintaban bastos. Nuestro único consuelo, ya en noviembre, estaba en la fiesta de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Por los moniatos, las castañas asadas, los rojos rubíes de las granadas que, con muchísimo azúcar, nos zampábamos a cucharadas. Y también por la carne de membrillo. ¡Qué olor tenían los membrillos! Nuestra madre los dejaba unos días en los armarios y la ropa quedaba perfumada. Por lo demás, noviembre era un mes decadente, de árboles desnudos y atardeceres amarillos. Y con diciembre llegaba otra vez la Navidad, el frío y el Belén que montábamos con musgo, cartón y papel de plata. Y cantábamos aquella cancioncilla que, no sé por qué, a los mayores les gustaba tanto: «La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va, / y nosotros nos iremos / y no volveremos más». Visto hoy a vuelapluma, aquel ciclo anual de nuestra infancia es como un sueño porque en nada se parece al actual. Ahora vemos que lo que añoramos del pasado no es ´el pasado´ –que es tan bueno o tan malo como pueden serlo el presente o el mismo futuro–, lo que de verdad añoramos es nuestra niñez.
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