IBIZA | MARIA LENA / MATEU PRATS
Como en esos otros testimonios, la payesa aquí representada difiere esencialmente de la gonella negra que ha llegado a nuestros días por ir muy ceñida hasta la cintura y según la fórmula antigua sin mantón, quedando notoriamente marcadas sus formas femeninas. Podría ir, pues, como una de las labradoras que se resistían a acatar, a la hora de entrar en los templos, las repetidas y estrictas disposiciones eclesiásticas de entonces, por las cuales se recriminaba a todas las que no quisieran servirse de pañuelo, mantilla o ´cualquier otra especie de cubierta´ para tapar sus pechos. Y que incluso llegaban a abultarlos artificiosamente, según se alegaba con el «fin precisamente diabólico de cautivar y hacer caer a los incautos…» (C. Llocer,1801).
Apreciación anecdótica que en modo alguno contradice el modelo cultural imperante, de bones dones, y claramente patente por la honesta toca de cambuix2, vinculada a las que han quedado fosilizadas en contexto monjil. Tipo de toca, en cuestión, que tanto documentos anteriores como posteriores constatan relacionadas con el sombrero, independientemente de la evolución tipológica que afecta a éste.
Con sombrero y toca ya vemos a las payesas ibicencas en las pinturas de los púlpitos de las iglesias de San José(1763) y de San Antonio (1769), además de en el grabado de Juan de la Cruz (1777). Grabado que por su parte constituye el primer testimonio conocido del davantal de mostra, y donde éste figura, al igual que aquí, de diferente color al del faldar, quizá como recurso gráfico para destacarlo. Documentos, todos ellos, que a su vez comparten como constante el uso de mangas llevadisses o quitadizas, heredadas también por la actual y fosilizada gonella negra.
En lo que respecta a la joyería, cuando se realizaron estos grabados hacía relativamente poco tiempo que González de Posada (1791) había escrito que todas las mujeres lucían (dejando ahora aparte el clauer) ´muchas joyas alrededor del cuello´ y ´sartas de corales cubriendo el pecho´, tal como, en este último caso, muestra una de las campesinas representadas en las pinturas de Sant Miquel, análogas a la que aquí se trata. En este grabado, y según corrobora Antonio Cea, lleva un collar, que entendemos de abellotas de coral a la moda forenca o del campo, así como, ceñido al cuello,´un Santo Cristo de oro con su Águila´, de los que por ejemplo tenemos constancia en inventarios de bienes de labradores, para el año de 1803. A lo que además añade otra cruz, pendiente de una cadena –que sería el tercer collar reconocido por Malte Brun–3, literalmente en conformidad con el texto del Archiduque Luis Salvador.
Asimismo, de forma parecida a como se calza el campesino ibicenco en la ilustración del Archiduque, tanto la mujer como el hombre recogidos por Cambessèdes muestran unas curiosas espardenyes de puntera notoriamente arqueada hacia arriba. Alpargatas que dicho botánico dijo eran de junco y que, por su referido arqueamiento comparó con los zuecos de Lozère. Esto es, de manera similar a como haría el Archiduque con las opankas del sur de Eslavia, en función de esta misma característica.
En lo tocante al traje del ibicenco, y según comentó el propio Cambessèdes, difería del de los habitantes de Mallorca y Menorca: «En lugar de un calzón ancho a lo griego, llevan unos calzones estrechos que descienden hasta media pierna», y el gran sombrero de los primeros «es reemplazado por un gorro de lana roja». Dejando ahora aparte la constatación –al menos ocasionalmente y para tiempos anteriores– de los calçons a la grega en la payesía ibicenca, lo importante es destacar la aludida longitud de estos otros sólo hasta media pierna, de acuerdo con las diversas fuentes de estudio.
En definitiva, podemos decir que estos magníficos grabados, generosamente aportados por Martin Davies, son dos nuevas y fundamentales teselas en la reconstrucción del mosaico documental relativo a la evolución de la indumentaria y joyería en Ibiza. Un mosaico sólido por sus fundamentos científicos, pero que, lamentablemente, en alguna que otra ocasión puede romperse o desfigurarse, ante los ojos de quien lo contempla, por manipulaciones erróneas.
Por más que pueda estar arraigado (lógicamente sobre todo a nivel popular) el sentimiento de que en Ibiza la indumentaria tradicional se ha mantenido inalterable con el transcurso del tiempo, la misma complementariedad de las diferentes ´realidades parciales´ nos demuestra todo lo contrario. Y el negar los hechos del pasado lejano exclusivamente en función de la información oral –como de forma surrealista llega a hacerse–, rebasa, ya en principio, los lógicos topes temporales de la memoria histórica.
Como bien advertía Ortega y Gasset, la gracia del traje popular «no estaría en su efectiva antigüedad, sino precisamente en la portentosa ilusión de vetustez, más aún de sin-edad, que el pueblo da a cuenta adopta, aunque sea de ayer». «Esta es peculiar y genial ironía. Mientras las clases superiores acentúan la novedad de cuanto usan y hacen […] el pueblo parece complacerse en lo contrario y da a su traje y a su canto y a su vocablo pátina de milenio y resonancias inmemoriales».
1 En El Pitiús, en prensa.
2 ´Guimpe´ o ´rebozillo´, en una curiosa descripción (Géographie universelle de Malte Brun).
3 ´trois coilliers de différentes grandeaurs, dont deux supporten une croix´ (ibidem).