IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Pienso hoy que, muy posiblemente, aquella atracción era la que los niños más pequeños preferíamos, de manera que aquel nombre quedó fijado desde los primeros años y pasó a ser el nombre genérico de todos los feriantes.
A nosotros, entonces, nos daba mucha envidia aquella gente que viajaba cargada de juguetes y golosinas, rodeada de música y diversiones. Se nos iban los ojos en aquella caseta que ofrecía gigantescos pirulís, bastones, martillos y manzanas de caramelo y, sobre todo, aquel algodón rosa y azucarado – «¡manjar de querubines!», «el huso de Blancanieves!», cantaba el feriante– que nos dejaba dulcísimos los morros y nos pringaba las narices, las manos y la ropa.
Si ahora tuviera que decir qué nos gustaba más, sería difícil. Entre las atracciones que más éxito tenían estaban, con diferencia, las barracas de tiro al blanco en las que, con una escopeta de perdigones, se trataba de demostrar la puntería contra unos patos que pasaban en el frontis de la caseta, a dos metros del tirador o, en su caso, sobre unas bolas que estaban colocadas en una guisa de candelabros.
Por encima de aquellos blancos, en unos estantes, estaban los premios, grandes osos de peluche, muñecas o juegos que tocaban según los puntos que el tirador consiguiera con sus disparos. Los más pequeños tenían un juego similar en el estanque de los patos en el que nadaban gansos, cisnes, algunos peces y ocas –todos ellos de corcho repintado–, que en su lomo tenían un anillo, de manera que se trataba de pescarlos con una caña que en el extremo de su aparejo llevaban un anzuelo para ensartar el aro.
Y el funcionamiento era el mismo: a tal pato, tal premio. Aunque, si no recuerdo mal, el truco estaba en que sólo algunos patos llevaban premio, de manera que en el juego importaba no sólo el buen tino, sino también el azar.
La noria casi nunca llegaba porque su enormidad dificultaba su transporte en barco, pero, una vez que vino, descargaron hasta cuatro camiones con piezas de todas las formas y tamaños. Solamente las ´barcas´ en las que luego subía el personal –creo que había doce– ocupaban un camión. Curiosamente, lo mejor de la noria no era dar vueltas en ella –a mí me daba vértigo la altura–, sino su montaje, que me recordaba un mecano metálico que yo tenía, pero a lo grande. Los operarios se movían como disciplinadas hormigas y, según iban sacando las piezas del camión, las iban colocando ordenadamente por familias afines: por un lado las ruedas, por otro los engranajes, bien separados los ejes y en un montón aparte la tornillería. Después, todo encajaba milimétricamente hasta alcanzar los veinte metros de altura. Y no era menos exitosa la pista de auto-choques que solía instalarse en la explanada del Portal Nou, donde, en ocasiones, también se montaba el circo.
No estaba tan concurrido el tren de la bruja, un túnel circular por el que circulaba una pequeña locomotora que arrastraba cinco vagonetas en las que se acomodaba el personal. A mí me divertía enormemente y, al mismo tiempo, me daba miedo, pues se trataba de circular en la más absoluta oscuridad, esperando el susto que, entre relámpagos y gritos, solía dar alguna bruja malcarada o un fosforescente esqueleto que estaba fuera de programa y arreaba zurriagazos sin contemplaciones. Aquellos malditos seres hacían tan concienzudamente su trabajo que más de un padre se quejó al feriante de aquella vehemencia de sus operarios. Lo cierto es que los pequeños salían despeinados del viaje, nunca se sabía si por los mandobles o porque, por el miedo que pasaban, el pelo se les erizaba.
La máquina del forzudo
Y los adolescentes que se las daban de caballeretes optaban por la máquina del forzudo, un botón, al pie de la columna, al que había que arrearle tan fuerte como uno pudiera con un martillo: una señal subía más o menos según fuera el golpe y la verdad es que en aquella prueba todos quedaban retratados porque nunca vi que la columna iluminara más la mitad de su recorrido. Excuso decir que si los chicos iban con chicas, aquello suponía un ridículo irremediable. Como consuelo, siempre estaban las tómbolas que armaban una babel infernal con sus cantinelas, las fritangas de patatas y churros y las barracas de los turroneros. Lo cierto es que aquel mundo de los feriantes me fascinó mientras fui niño.
Después, según fui creciendo, la fiesta se desmoronó. Las casetas empezaron a olerme de manera extraña, las músicas me fastidiaban los oídos y me incomodaba no sólo el desaliño de aquellas gentes en sus barracones, sino el espectáculo de los payasos y, sobretodo, la mujer barbuda y los enanos que trataban de resultar graciosos sin ningún entusiasmo.
Y ya no quise ser feriante. Preferí ser aviador, navegante o, como mínimo, bombero.