IBIZA | MARTA TORRES
Los compañeros de Iván salen disparados hacia la caprina embarazada. Susi, la secretaria del centro, se interpone en su camino. «De uno en uno, que si no se pone nerviosa», les pide a los niños, que se colocan en una organizada hilera para esperar su turno. Raquel Muñoz, la directora del centro, no pierde detalle. Lo graba todo con la cámara de vídeo. Desde las manos pasando por la piel de Dolly, a la que sujetan los pastores Inés y José, hasta los besos que los niños le dan al niño Jesús. En realidad el bebé, que interpreta con una asombrosa calma su papel, se llama Valentino. Como en el portal original, lo sostiene en brazos su madre, que no se llama María sino Sandra, que le cambia los pañales, lo arrulla y le da el pecho cuando hace falta. A su lado está Esteban, un San José búlgaro que ha creado con sus manos y un poco de papel de periódico y cola blanca el buey y la mula. En un canasto frente a San José descansa el cuarto animal del grupo, un camello de peluche que los responsables del centro han tomado prestado de la decoración de la clase de los tuaregs.
«Todos los padres se han esforzado mucho. Se han hecho los trajes y han venido por las tardes para preparar el nacimiento», detalla la directora señalando al portal, en el que Ray luce las alas y rizos dorados que corresponden a un ángel. Rosa, pintada con barba, simula a la perfección un pastor con zamarra y bastón. Susi explica al grupo de niños que acaba de entrar algunas curiosidades sobre el belén, aunque algunos tienen más despierta la nariz que los oídos. El olor del chocolate caliente que los padres han preparado hace unas horas en la cocina del centro llena la sala. En las mesas, algunos niños del grupo anterior todavía saborean las galletas bañadas en el cacao.
Más de uno de los pequeños que corren por el pasillo del centro sonríen entre churretes de chocolate. No han pasado por el baño. En algunos apenas se notan las manchas, que se confunden con las pinturas que adornan sus caras. Hay gatos, mariposas, princesas y maoríes. Muchos maoríes con las caras tatuadas en negro en el taller de maquillaje. «Es que como era el año internacional de las culturas, hemos bautizado las clases con nombres diferentes de los habituales de animales. Les dimos cerca de quince para escoger y ellos eligieron esquimales, chinos, tuaregs, maoríes e hindús», detalla la directora.
Danza maorí
Los niños no tienen ni un segundo de descanso en la jornada prenavideña. Pasan de un taller a otro durante buena parte de la mañana. Pegan figuras de papel que ellos mismos han hecho en un mural que acabará siendo un belén no viviente. En la puerta del ´rincón de los arquitectos´ se agolpan niños con las manos llenas de cartulinas pintadas y recortadas. No se puede ni entrar ni salir. Maya, con la cara pintada de rosa chicle y llena de purpurina, sale disparada hacia el fondo del pasillo, donde un par de profesoras animan a los niños a elaborar tarjetas de Navidad en inglés. Los pequeños escriben ´Merry Christmas´ en las cartulinas. Las docentes les hablan en inglés, un idioma en el que están trabajando mucho este año, según explica la directora, que se dirige a la clase de al lado.
En ella pintan y recortan elementos de decoración que se podrán llevar a casa o colgar de alguno de los pocos centímetros de techo que todavía no están decorados. Uno de los pequeños se escapa de la clase rumbo a la gran sala en la que desde primera hora de la mañana se ha montado el belén viviente. «Tú ya has estado allí, se ha acabado el tiempo y ahora te toca el taller de decoración», le recuerda Raquel Muñoz, obligándolo a entrar de nuevo en el aula de la que acaba de fugarse.
Emma y otras profesoras y madres no dan abasto para pintar las caras de todos los niños en el taller de maquillaje. Aunque algunos piden cosas sencillas (bigotes de gato, un árbol de Navidad en la mejilla…) otros exigen más que Paris Hilton en una visita a la esteticien. Pero todo es ponerse y, una vez sentados ante el estuche de pinturas la exigencia les dura lo que la paciencia. Un suspiro. Quieren acabar cuanto antes para salir a jugar o colarse en la sala en penumbra en la que los profesores proyectan un corto de dibujos animados relacionado con la Navidad. Los pasos de los niños en el pasillo tiran algunas de las figuras del belén tradicional que hay en la entrada, como Gulliver entrando en Liliput.
Las carreras por el centro se acaban pasado el mediodía, cuando desmontan el belén humano y todos se reúnen en el salón de actos para las actuaciones. Los maoríes se frotan las manos nerviosos. Ha llegado el momento de enseñar el baile de los aborígenes neozelandeses que han aprendido viendo una y otra vez un vídeo que han encontrado en google.