IBIZA | VICENTE VALERO
Cinco parroquias rurales
«He aprendido mucho en los lugares donde he estado, siempre he encontrado a personas con una vida que contar »
«Mi primer destino como sacerdote fue en Sant Vicent, en 1951, allí estuve durante un mes, de sustituto. No estuve solo, porque el obispo decidió venir también conmigo. Antes de venir me dijo que preguntara si hacía falta alguna cosa en el pueblo. Yo pregunté y le escribí lo que me dijeron: que trajera queso y aceite. Y lo trajo. Pasó un mes de vacaciones en Sant Vicent, en la casa del cura, mientras yo daba mis primeras misas y vivía en la fonda. Después de esta sustitución fui destinado a Sant Francesc, bajo la tutela del cura de Sant Jordi, pues se consideraba que yo era demasiado joven. Allí estuve siete años, al cabo de los cuales me llevaron a Jesús, pero para un corto periodo de tiempo, menos de un año.
En 1958 fui a Sant Carles y allí me quedé durante 17 años. La gente de Sant Carles era muy franca, muy directa, te decían siempre lo que pensaban, lo bueno y lo malo, pero a mí me gustaba esta manera de ser. Aquí aprendí muchísimo, aunque recuerdo también Sant Francesc como un lugar donde aprendí muchas cosas, hablando con la gente, con los salineros, durante las comidas en el bar...
Había un payés que había vivido en Cuba y recordaba haber conocido a Macià y a Ventura Gassols, en el Club Català, al que había sido invitado por ser ibicenco. Gassols se había dirigido a los presentes y les había recomendado que, en cuanto pudieran, regresaran «a la mesa materna». Era un hombre muy curioso, todavía seguía trabajando cuando lo conocí y me contaba estas cosas.
Bueno, en realidad he aprendido en todos los lugares donde he estado, siempre he encontrado a personas con una historia, con una vida que contar.
Y, finalmente, después de Sant Carles, me destinaron a mi pueblo, a Sant Rafel, donde he estado 32 años. Éste es un pueblo que está entre Sant Antoni y Vila en todos los aspectos, no sólo en el puramente geográfico. Incluso en el hablar. En la parte de arriba se habla como en Sant Antoni y en la de abajo, donde está mi casa, como en Vila».
Los ibicencos
«El ibicenco está hecho de una pasta especial para captar las cosas nuevas»
«En general, el ibicenco es una persona a la que le gusta seguir las tradiciones, aunque también los hay con ideas innovadoras, tal vez porque han viajado, han estado en Cuba o en otros lugares trabajando mucho y, cuando regresaban, traían un mensaje de cambio.
El ibicenco está hecho de una pasta especial para captar las cosas nuevas, esto se ha visto sobre todo en los que han regresado después de haber estado muchos años lejos de la isla. Recuerdo a otro payés de Sant Carles, que había estado en los Estados Unidos muchos años, creo que había llegado hasta allí de polizón y acabó creando una fábrica de hielo. Era un hombre que deslumbraba a todos, con su simpatía y generosidad, siempre estaba en el bar hablando con la gente y era el centro de atracción. Conocí a personas como él –ahora recuerdo a otro que había estado en Bélgica–, que mostraban cómo los ibicencos se adaptaban muy bien a los cambios en cualquier parte del mundo, gracias a su curiosidad innata y su manera de ser. Cuando el ibicenco rompe la barrera sabe aprovechar muy bien lo que encuentra.
La mayoría de personas con la que yo trataba no había salido nunca de la isla, pero eran personas también de gran curiosidad y muy trabajadoras, y que por supuesto se hubieran adaptado muy bien en otras circunstancias diferentes y en otros países. En general eran bastante religiosos. Y sus preocupaciones tenían que ver sobre todo con tener algo de dinero, ya que era lo que menos abundaba, así que aprovechaban algún trabajo que lo generara. Durante mi estancia en Sant Francesc me sorprendió ver la cantidad de gente que venía, desde todas partes de la isla, para trabajar en las salinas. Y muchos otros partieron para Alemania y otros países de Europa central.. Dos sobrinos míos, por ejemplo.
Con el turismo todo cambió, los jóvenes se volcaron en la nueva industria. Los ibicencos se apañaron muy bien, sobre todo con la construcción. Había mucha gente de fuera, pero muchos ibicencos eran encargados de obras, sabían trabajar muy bien. Los ibicencos siempre han sabido hacer una cosa perfecta –la que fuera: labrador, constructor de casas, pastor...– Y este oficio bien hecho los universalizaba, de manera que no se espantaban por nada si tenían que empezar a trabajar en otra cosa nueva, en algo que nunca habían visto, porque quien sabe hacer algo perfecto ya está preparado para trabajar en cualquier otra cosa.
No todos los ibicencos eran así, estoy generalizando. También he conocido a otros que tenían ideas muy torcidas. Esto se vio muy bien desgraciadamente durante la guerra y después. Y por otra parte, en el campo siempre ha habido problemas relacionados con caminos o fites, y otras cuestiones no siempre fáciles de resolver...
En los últimos 50 años los cambios de la sociedad ibicenca han sido enormes. Es asombroso. Todo ha progresado muchísimo. Mujeres que no sabían leer y que apenas podían hablar en castellano han tenido hijas que hoy se desenvuelven en varios idiomas perfectamente.
Ahora, cuando voy por las calles de Vila oigo hablar en muchos idiomas, aunque la verdad es que apenas oigo ya hablar ibicenco. De todas formas, en este aspecto, sé también que se ha evolucionado mucho, sobre todo en las escuelas y en la educación en general».
¿El cura de los ´hippies´?
«Fui criticado porque permití que algunos músicos hippies cantaran y tocaran en la iglesia»
«Los periódicos ingleses llamaron ´La batalla de Santa Eulària´ a una especie de pelea multitudinaria que hubo en este pueblo, debido a unos problemas que hubo con una casa donde habitaban hippies, por lo visto demasiados para vivir en una sola casa, y habían sido denunciados. Los hippies fueron al pueblo para hacer una protesta. Parece que entonces la reacción de la guardia civil fue desmesurada, asustada tal vez por el número de manifestantes. Hubo detenciones.
Fui al cuartel de la guardia civil de Vila, donde había un conocido mío, para preguntar, ya que algunos hippies de Sant Carles me habían dicho, muy preocupados, que en ese cuartel estaban detenidos algunos amigos suyos. El caso es que la guardia civil ya había decidido enviar a los detenidos a Mallorca, pero allí no supieron qué hacer con ellos y los devolvieron a Ibiza. Y una vez en Ibiza, volvieron a sus casas y se acabó la historia.
No puede decirse que hubiera muchos problemas con los hippies en el campo, aunque es verdad que a los ibicencos no les gustaban. No les gustaba sobre todo la libertad que tenían, porque era una libertad de la que ellos carecían. Era una novedad absoluta, pero ¿quién podía atreverse a ser libre de aquella manera?
Los ibicencos tienen, sin embargo, fama de tolerantes y los aceptaron, como aceptaron a otros muchos. La tolerancia de los ibicencos no era en el fondo otra cosa que curiosidad innata por lo que desconocían. Los ibicencos son sobre todo muy curiosos, tienen una gran curiosidad por conocer otras cosas y a otra gente, saber cómo son otros lugares, otros vientos..., tienen una larga vista.
Conocí a muchos de aquellos hippies en Sant Carles. También sentía curiosidad por ellos. Había de todo, por supuesto. Recuerdo a uno, un abogado americano, que venía cada día a la iglesia y leía la Biblia. Otros estaban un poco locos, desde luego, no sé si por las drogas o por qué.
Siempre me parecieron personas bohemias y poco más, aunque, claro está, también había algunos que se aprovechaban. También sé que en algunas ocasiones fui muy criticado porque permití que algunos músicos hippies cantaran y tocaran en la iglesia.
Recuerdo sobre todo a una cantante extraordinaria, que interpretó un repertorio clásico, una francesa que vivía como hippy en una casa de campo. Tenía una gran voz, ya lo creo. Yo siempre estaba presente en estos conciertos. Y alguna vez apareció la guardia civil: me preguntaban si les había dado permiso, les decía que sí y se marchaban...»
Comunicar la vida interior
«He tenido la gran suerte de conocer a gente creyente, incluso a gente más creyente que yo»
«Desde que ya no estoy en la parroquia de Sant Rafel, es decir, desde el pasado mes de abril, leo mucho, digo la misa en la Catedral todas las mañanas, me doy una vuelta por Can Negre, la casa de mi infancia, donde tengo muchas de mis cosas, libros, etc. Vivo en la residencia Reina Sofía, aunque voy a comer cada día a casa de mi hermana.
Escribo poesía, que espero publicar pronto. Tengo casi cien poemas terminados, en el ordenador de las monjas. Desde que me invitaron en Sa Nostra a leer poemas, en aquel ciclo de lecturas, allá por los años 80, que me sirvió para reunir los poemas que había escrito hasta entonces, mis escritos se han incrementado. Desde entonces empecé a escribir mucho más. No solamente poesía: escribí por ejemplo la narración ´Viatge insólit´, que cuenta de algún modo la transformación de la isla en las últimas décadas.
Después de tantos años de sacerdocio, casi 60, podríamos preguntarnos qué es lo más importante. Para un sacerdote lo más importante, creo yo, es tener vida interior y saber comunicarla. Es decir, tener fe, pero una fe viva.
En mi caso, mi vida interior se ha formado sobre todo con lo mucho que he recibido de la gente. He tenido la gran suerte de conocer a gente creyente. Incluso a gente más creyente que yo, lo cual ha sido muy importante para mí, me ha ayudado muchísimo.
No hace mucho fui a dar la extremaunción a una vecina de Corona. Era una mujer de mucha fe, a la que yo conocía. Se puso muy enferma y me mandaron llamar. Pero yo estaba en es Cubells, en unas jornadas espirituales que duraban unos días. Cuando regresé a la parroquia, me avisaron y rápidamente me fui a visitar a esta mujer que, efectivamente, estaba moribunda y ya ni hablaba. Le pregunté si podía tomar la comunión y me respondió afirmativamente con la cabeza. Juntó sus manos en actitud devota y recibió la comunión. E inmediatamente murió. Todavía me emociona recordarlo. Sólo pudo ser su fe lo que la impulsó a esperar varios días hasta poder recibir el sacramento antes de morir. Son cosas fantásticas, pero que ocurren y nos ayudan a pensar, al menos a mí me han ayudado siempre mucho... Tal vez por eso no tengo miedo a la muerte. Confío en que Dios me acogerá».