SANTA EULÀRIA | MARTA TORRES
A pesar de la temperatura, Franchesca Kirby, la presidenta de Aaple, lleva con gracia una boina verde, cuello alto y un pañuelo estampado alrededor del cuello que no hace juego con las telas de sus belenes textiles por un par de tonos. «Esto me recuerda a los inviernos en California, aunque allí el sol es diferente, más suave», comenta esta mujer que tiene muchos años de mercadillo a sus espaldas y una sonrisa para todos los que le preguntan por sus delantales, gorros y guantes de cocina que parecen salidos de una casa payesa moderna. A pesar de la crisis, el paseo está lleno de gente que curiosea en los puestos. Y compra. La cercanía de las fiestas de Navidad parece romper el hielo que durante los últimos meses ha atenazado carteras y bolsillos.
En el ´Mercat de Productes Locals´, como lo ha bautizado la asociación, participan 24 artesanos y fabricantes que tienen como materia prima productos de la isla. Mantones con lana de las ovejas de la casa del vecino, jabones con hierbas del jardín, cosméticos de aloe de plantaciones ibicencas, incensarios de barro de la tierra, cestos bordados a mano, joyeros de piel trabajados durante horas, payesas de cerámica con mantones y faldas en relieve, joyas tradicionales modernizadas… «Aquí no hay nada de India o Tailandia, nada comprado allí para vender aquí, es la única condición», afirma Franchesca mientras Miguel Ángel Guillén, secretario, asiente con la cabeza a unos metros de las meninas y payesas que él mismo ha modelado. Todos, los 24, están encantados con este mercadillo de Navidad que se organiza por primera vez y que visitará varios pueblos del municipio de Santa Eulària (Jesús este domingo, Santa Gertrudis el día 19 y Puig d´en Valls el 20) hasta llegar al recinto ferial, donde estarán entre el 28 de diciembre yel 4 de enero.
«Me gusta mucho la fruta y verdura ecológica, pero no es fácil de encontrar», comenta una clienta a Angy, que atiende vestida de payesa su exuberante puesto que no necesita más adorno que los volantes de lechuga que sobresalen de las cestas. A su lado, pocos se resisten a la modesta tentación de mojar un pellizco de miga de pan en el aceite ibicenco que brilla en un plato, junto a unas aceitunas. La comida atrae a los paseantes. Es la hora del aperitivo y más de uno mira con ojos golositos las pizzas, pasteles de limón, bombones y pan de semillas que llenan las mesas de Javier y Leonel. África despacha botes de miel. Algunos para los golosos. Otros para los que confían en el oro apícola como barrera y remedio para las gripes y constipados. Estos se llevan también alguna botellita de propóleo. Frente al puesto de David Gibert un grupo de mujeres duda en voz alta. Tocan las joyas del joven orfebre preguntándose qué le gustará más a la futura nuera de una de ellas, que se casa en breve. Una delicada pulsera parece ser la candidata más firme, aunque el resto de joyas tradicionales ibicencas (algunas en versión moderna) se lo ponen difícil.
«¿Alguien quiere buñuelos?», gritan unas alumnas del colegio Sant Carles, que recaudan dinero para el viaje de estudios, caminando hacia el final del paseo. Allí debería estar Joan Marí rodeado de cestos, pero su puesto está vacío. El sábado acabó de vender todo el producto, así que se ha tomado el día libre. Sus vecinos confían en que hoy regrese al passeig con algunos capazos más.