IBIZA | MARTA TORRES
Con su sombrero de copa y sus movimientos parece el sombrerero loco escapado de Alicia y reconvertido a la causa medioambiental. Los niños que celebran bajo la carpa el Día Mundial de la Infancia le aplauden mientras se dirige al escenario para descubrir que los hombres se han quedado sin fuego y sin sol, en cuya búsqueda parte Yurú. Primero pregunta a una gaviota si lo ha visto y ésta le envía a un viejo búho sabio que le remite a su vez a un elefante de gran memoria. Ninguno sabe dónde puede haberse escondido el fuego, así que los animales miran en todos los rincones del planeta, sin éxito.
Yurú decide entonces consultar a la familia del fuego a ver si lo han visto: el agua, el viento y la tierra. «¡Al agua no, que lo apaga!», le grita una niña desde el público provocando las risas de los adultos que la rodean. Sabe de lo que habla, porque lleva un rato sufriendo las goteras de la carpa instalada en Vara de Rey. La respiración de las más de cien personas que asisten al espectáculo se condensa al tocar el techo y cae sobre el público en forma de lluvia.
A pesar de los comentarios de la pequeña, Yurú continúa su búsqueda hablando con un mar de acento argentino que «huele mal», que está lleno de petróleo y de latas de cerveza y que le envía al viento, con quien vio «jugando» al fuego hace tiempo. El viento, experto en danza bollywood que canta constantemente el ´Twist and shout´ de los Beatles y que tiene sus pulmones hechos polvo por la contaminación, tampoco sabe nada, lo mismo que la tierra, que se queja porque con tanta construcción se siente un poco «pesada».
Mientras los cuatro salen a buscar al fuego éste se pasea por el escenario cual Caperucita new age huyendo del lobo. «No le digáis a nadie que me habéis visto», pide a los niños que, como era de esperar, tardan dos nanosegundos en chivarse al grupo agua-viento-tierra-hombre. Ni disfrazándose de turista con gafas de sol y concentrado en un diario consigue el fuego escaparse de los que le buscan, que sólo consiguen convencerle de que vuelva a llenar de vida el planeta con una fiesta sobre el escenario, en el que todos acaban bailando mientras la cuentacuentos Encarna de las Heras se prepara para su actuación y los clowns salen de la carpa para llenar la pausa de risas.
Los niños saltan de las sillas para arremolinarse junto a la estatua, donde los integrantes de Clownidoscopio comienzan de nuevo su singular espectáculo. Uno intenta comerse las pompas de jabón que vuelan por el aire, la colegiala escucha con unos cascos la música que sale de un radiocasete rescatado de principios de los ochenta, la señorona de los falsos visones rojos vuelve a pasear y una joven de pretentida estética guiri baila pagès mirando concentrada su bolso de flores chillón y sin separar apenas sus entaconados pies cubiertos con calcetines de rayas.