MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
La Peixateria quedó así en un discreto segundo plano, de manera que si el Mercado que abastecían los payeses era el corazón de la ciudad, el que los pescadores proveían era, más modestamente, sólo su vientre. En otras palabras: el Mercado de frutas y verduras te lo encontrabas casi sin querer en una plaza, al final de una calle principal, la de ´las farmacias´, mientras que a la Peixateria había que ir.
Pero la Peixateria tenía también su particular atractivo. De planta octogonal, forma que resultaba extravagante y aparentemente caprichosa, su interior disponía, en el mismo centro de su techado, de un gran ojo a cielo abierto, una guisa de lucerna o claraboya por la que, sorprendentemente, transitaban las nubes. En los años setenta del siglo pasado, aquel tragaluz se cubriría, pero por aquel entonces, como digo, quedaba felizmente a cielo raso. El caso es que en aquel patio central hubo en tiempos un pequeño jardín. Y luego un pozo. Y más tarde unos bancos de piedra en los que nunca vi que se sentara nadie. Entre el muro perimetral del octógono y su abertura cenital discurría, para los clientes, un amplio pasillo circular y cubierto que tenía, según se entraba en el edificio, a uno y otro lado, encarados, los puestos de carne a la izquierda y los de pescado a la derecha. Estos últimos, que mayoritariamente daban la espalda al lucernario, en el lado interior del pasillo, gozaban de cierta ventaja, pues por el suelo discurría, excavado en el mismo pavimento, un desagüe para escurrir las escamas, espinas y tripas de las piezas desventradas.
Otra peculiaridad del edificio estaba en su techado de teja árabe que, con cobertura cóncava, en vez de verter las aguas de lluvia hacia fuera, hacia las calles del entorno, lo hacía hacia el lucernario interior. La intención del constructor pudo ser conseguir una buena ventilación– verdadera obsesión en los mercados isabelinos– y aprovechar el agua de lluvia que, al bajar por los canalones interiores, en su arrastre, podía llevarse los despojos y mantener limpio el ensolado. El problema estaba en que sólo llovía de uvas a peras. Aquella particularidad del desagüe, sin embargo, creaba un insólito efecto en las raras ocasiones en que diluviaba y la trabajada escorreduría no tragaba las aguas del chaparrón que caín en una fina cortina, poligonal como el lucernario, desde el tejado al suelo, por detrás de las paradas del pescado. Aquel fenómeno se daba poquísimas veces, pero resultaba sorprendente.
La Peixateria olía a quillas y a puerto, a redes y a mar, a salitre y algas. Y el pescado era tan fresco que coleaba. Pocas horas antes, aquellos pescados eran todavía peces y esto explica que sus agallas fueran rojas como la sangre, vivos sus ojos, plateadas sus escamas y tersos sus lomos. Los pulpos llegaban vivos. Como las langostas, las anguilas y los cangrejos. Y también llegaban vivas las tortugas que entonces eran comunes y no estaban protegidas. Algunos ejemplares eran magníficos, con un formidable caparazón verdoso como el peto de un guerrero y una testa poderosa de reptil que generalmente mantenían retraída en su coraza, pero que en ocasiones asomaba con su pico de acero. Un mordisco podía arrancarte limpiamente un dedo de la mano y, tal vez por eso, en ocasiones, para que no dieran sustos, se les lazaba la cabeza como se hacía también con las pinzas de las langostas y de los grandes cangrejos. Aun así, más de un arañazo vi en los brazos de los pecadores por culpa de las palas de aquellas tortugas que braceaban buscando un agua que no tenían. Aquellos quelonios no se pescaban expresamente, pero no era raro que alguno de ellos, nadando entre dos aguas, quedara atrapado en las redes. La Peixateria era una fiesta visual por las formas y colores de los peces. Los había abisales y con la cabeza acorazada (gallineta, rafel, oriola), longilíneos como cilíndricos y estilizados torpedos (espet, agulla i cinta), aplanados, asimétricos y de una sola cara, como si los hubieran pasado por una prensa (bruixa, pelaia, pedaç, llenguado i peluda), feos a rabiar (rabosa, bon jesús, banyut, gallet, papagall, xoric, escórpora i cap-roig), venenosos en sus aguijones (rata, raya i aranya), cabezones (anfós, i rap), alados (orenol i xoric), atléticos (tonyina, emperador, negret, quissona i tintorera), y también serpentiformes (congre, anguila i morena). Y, por si fuera poco, los había de todos los colores: azules (castanyola), verdes metalizados (llampuga), verdes azulados (aladroc), verdes agrisados (serviola), plateados (esparrall, palomida i sardina), rojos (cinta, moll i forcadell), marrones (xerna, moixina i gató), rayados (vaca, músic i serrà). Y así podríamos seguir con un interminable y prodigioso bodegón. Al recordarlo ahora, no me extraña que los sábados, cuando no tenía que ir al colegio de las Agustinas y mi madre se marchaba a la Plaza, mi pregunta fuese siempre la misma: ¿vas a la Pescadería? Y de su respuesta dependía que la acompañara.