IBIZA | VICENTE VALERO
Por si no tuviéramos bastante con recordar dónde estábamos la noche del 23-F, estas últimas semanas se ha puesto de moda acordarnos de lo que hicimos el día que cayó el muro de Berlín. De eso hace ya 20 años, como de casi todo –si hacemos caso de un poema de Jaime Gil de Biedma. En un programa de radio, aquel día alguien dijo –un filósofo español–, con toda solemnidad, que «podrán caer muchos muros como el de Berlín, pero nunca el muro de la Razón». Qué quería decir exactamente no lo sabemos (ni si estaba a favor o en contra), pero lo verdaderamente misterioso se encuentra en saber si realmente aquel otro «muro de la Razón» supuestamente tan poderoso sigue o no en pie.
De aquellos países comunistas se decía siempre, como agarrándose a un clavo ardiendo, que la educación y la sanidad eran excelentes. Todavía se dice esto de Cuba, por ejemplo. Es como si, mientras se hunde la nave, la tripulación, el armador y los constructores insistieran en convencernos de que aquello continúa funcionando de alguna manera. Por otra parte, quizás no fuera por casualidad que se predicara tanto y en voz tan alta sobre las bondades comunistas de la educación y la sanidad, pues estamos hablando de dos derechos fundamentales, dos estamentos básicos para el progreso de la humanidad y, en definitiva, dos deseos profundos del ser humano. El mensaje agónico que nos transmitían era que «lo mejor» estaba todavía flotando, y flotando bien.
No podemos sentir nostalgia por lo que no conocemos, pero sí desear una sociedad más comprometida con el conocimiento y la salud. Esta misma semana han visitado Ibiza los consellers del Govern balear de Educación y Salud Bartomeu Llinàs y Vicenç Thomàs, y nos han dejado algunas fotos interesantes. Si atendemos a los acontecimientos producidos recientemente en uno y otro ámbito en nuestra isla, podríamos afirmar, como mínimo, que las cosas no van demasiado bien. Llinàs ha venido, entre otras cosas, a reunirse con los directores de colegios e institutos, tal vez sólo para presentarse, pues es nuevo en su cargo, pero tal vez también para intentar apagar algunos fuegos recientes. Respecto a los fuegos sanitarios, es difícil saber ya si Thomàs se ocupa de intentar sofocarlos de algún modo.
Si el bienestar y el progreso se miden por los niveles de educación y sanidad podríamos decir también que Ibiza se encuentra en un lugar bastante bajo. Muchos equipamientos educativos en colegios e institutos se encuentran en un estado precario, por no hablar de la existencia de barracones, que siempre representan ante nuestros ojos un paso hacia atrás considerable. Y algo parecido ocurre con la sanidad, con su falta de médicos, con sus problemas estructurales.
Profesores y médicos se han quejado repetidamente y sus quejas han llegado hasta la prensa, que parece ser ya el único modo de queja «real», siempre para enfado de los políticos, que prefieren que lo que pasa en el vestuario no salga del vestuario, por utilizar la jerga de los futbolistas. Pacientes y alumnos son hoy, en Ibiza, dos amplios sectores de la población afectados por una especie de virus de la desidia. Cunde el desánimo. Y es lógico: el desánimo que produce comprobar día a día esta divergencia brutal que existe entre la Ibiza cosmopolita y vanguardista del verano (o su imagen turística al menos) y esta otra Ibiza atrasada y torpe, que siempre camina varios pasos atrás, que va perdiendo trenes continuamente.
La lectura, en la prensa, de cartas de agradecimiento a tal o cual médico o profesor, nos sugiere que, en parte, el sistema se aguanta sobre todo gracias a la generosidad personal, al impulso de los profesionales, que parece que continúan trabajando a pesar de todos los obstáculos, de todos los muros impuestos por la administración.
Sólo desde estas circunstancias se comprende que una noticia, en principio inocente, como la de que los consellers de Salud y Educación, Vicenç Thomàs y Bartomeu Llinàs, han inaugurado juntos el pasado miércoles en el Hospital Can Misses un puestecito con libros de escritores baleares en lengua catalana para entretenimiento de los pacientes, haya sido recibida por parte de la población con tanta perplejidad, animadversión y hasta sarcasmo.
Cuando ocurre una cosa así es que los muros de la desconfianza están ya muy altos.