IBIZA | ALBERTO FERRER
Maribel cree que el cuidado del panteón familiar sirve para mantener el recuerdo de los que ya no están. Acude cada sábado para limpiar y cambiar las flores, aunque esta semana hace su visita también en el domingo de Todos los Santos. Dentro del panteón, en el Cementeri Vell de Vila, lucen crisantemos, pensamientos y muchos gladiolos de un lustroso naranja. Sobre el altar de la capilla, los retratos de varios familiares fallecidos y el de su difunto esposo, que cruza con ella la mirada y la emociona. «Es Terrassa, el escultor que hizo el marino de la entrada del puerto, la payesa...».
Junto al retrato está la urna con las cenizas de Guillermo Terrassa Pol «y seguro que mucha gente no sabe que parte de ellas se depositaron en la estatua del marino, con su obra». La muerte no los ha separado. Si el retrato ríe, es que esa semana ella se ha portado «bien». Seguro que él siempre sonríe.
Ella y miles de ibicencos más llenaron ayer los cementerios para mantener viva la llama del recuerdo a sus difuntos. Algunos sólo van al camposanto ese único día al año. Maribel sigue su rutina semanal con devoción, aunque cree que está bien que exista una fecha del calendario que obligue a acordarse de los que ya no están y a visitarlos. Ella coloca flores frescas, Antoine pone otras secas, que aguanten hasta que vuelva al pequeño cementerio del Puig de Missa de Santa Eulària, dentro de un año.
Allí están enterrados sus padres, sin apellidos ni fecha. Antoine Pierre, su padre, se mudó a la isla en 1954 y falleció en accidente de tráfico hace unos años. El día en que eso sucedió es demasiado duro para recordarlo en una lápida, comenta él. Así, Sophie y Antoine Pierre yacen en una tumba humilde pero llena de cariño, con una lápida dedicada a la madre –con su nombre de pila– y una pequeña escultura fúnebre a sus pies, que recuerda al mar y al padre. El pequeño parterre que conforma la última morada de sus restos está sembrada de plantas, para que nunca se marchiten.
Antoine es católico, aunque no practicante, y adecenta la tumba retirando algunas hojas muertas. Pone varios nardos desecados en un pequeño jarrón y medita sobre la ausencia de sus padres. Volverá cada año. Rosa cambia mientras los ramos de sus cuatro abuelos, en calles distintas del mismo camposanto. El sábado no le dio tiempo a adecentar la tumba y aprovecha para limpiar también el cristal que resguarda las lápidas de la intemperie.
Cerca, un grupo de seis jóvenes acude a ver a la tía de alguna de las chicas del grupo, que relata al resto por qué están allí y la relación de parentesco que las unía. Su hermana se distrae mirando a los que recorren el pasillo de altos muros, con nichos empotrados a cada lado.
En el cementerio nuevo de Santa Eulària, donde las calles de nichos se denominan por parroquias, aún hay muchos huecos sin inquilino. Hace poco que entró en servicio aunque ya hay quejas. Los enterradores del municipio dejaron encalado y listo para recibir a los visitantes el cementerio viejo del pueblo pero el nuevo presenta algunas grietas y Manuel se queja de algún desconchado. Su tía, de visita, comenta que junto a su casa hay un cementerio mucho mejor cuidado que éste.
Un hombre desgrana cerca su agenda para los próximos días. Ayer tarde debía asistir a una misa en recuerdo de un pariente. Después tenía que hacer las maletas para volver a la Península esta mañana. Tan justo iba de tiempo que se conformó con pasear por el cementerio, ubicado en un denso bosque, como todo entretenimiento.
En el Cementeri Vell de Vila, varios gitanos miran a una joven, encaramada al nicho, y otra se acerca a Maribel y una amiga para preguntarles dónde puede coger agua para las flores que traen. La amiga se complica con indicaciones algo difíciles de seguir. Maribel, que es experta, sentencia: «Es mucho más fácil que eso». Le explica que, volviendo a la entrada, donde se tiran las plantas y flores secas –algunas desde hace casi un año– hay un rincón en el que se encuentra un grifo. La joven morena da unas sentidas gracias a la viuda y se marcha.