Memoria de la isla

La calle de las Farmacias

A Marià Serra, Pere Vilàs y Joan Josep Guasch, entrañables amigos de mi quinta que, con mejor memoria que la mía, me han ayudado a recordar las tiendas de la calle

 
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Plaça de la Font, en la calle de las Farmacias.
Plaça de la Font, en la calle de las Farmacias.  ARXIU RAYMAR

El habla cotidiana es pragmática y no ha necesitado nunca consultar el ´callejero´, de manera que las calles Anníbal y Antoni Palau, en los tiempos de que hablamos, fueron para todos una única vía, la calle de las Farmacias. Con toda lógica, porque en los doscientos metros que suman las dos únicas manzanas que separa la plaça de la Font, había cuatro apotecarios, Marí, Villangómez, Puget y Solalles. Lo sorprendente es que el Archiduque Luis Salvador ya hablaba hace siglo y medio de cuatro ´oficinas de farmacia´ que no sé si son la mismas, pero la coincidencia resulta sorprendente.

IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ Como sorprende que, a pesar de tan exagerada concentración de boticas, el personal de la ciudad se repartiera ecuánime y equitativamente a la hora de comprar sus prescripciones facultativas, mejunjes, ungüentos y fórmulas magistrales, sin que ello creara entre los referidos establecimientos ninguna rivalidad ni desavenencia. Pero dejemos las farmacias y volvamos a la calle que arranca por poniente en Comte del Rosselló y desemboca por levante en la plaça de la Constitució que para nosotros, familiarmente, fue el Mercat Vell, la plaça del Mercat o, más sencillamente, la Plaça. Conviene advertir que, a pesar del aire apagado que ahora tiene la calle por la deshabitación que hoy sufre la Marina, no cabe ninguna duda de que entonces fue una calle importante, la más animada de la ciudad. Y la razón de su ajetreo estaba, principalmente, en el Mercado de frutas y verduras; y también en el hecho de tener, en su lado sur, la teatral rampa del Rastrillo que franquea el paso a Dalt Vila por la Puerta del Mar, su entrada noble y principal. El Portal Nou, que es la otra puerta, era un acceso lateral y secundario porque quedaba, en el poniente de la ciudadela y relativamente lejos del centro urbano, razón de que la calle de las farmacias fuera un tránsito obligado para quienes subían desde la Marina a Dalt Vila o, al revés, para quienes desde Dalt Vila bajaban a la Marina.
Y la calle era también importante porque concentraba el mayor número de comercios de la ciudad. Para empezar, hubo hasta cinco tiendas textiles, can Xinxó, can Groc, más conocida como can Burgos, que estaba en los bajos del antiguo edificio de la Telefónica, can Serreta, can Busquets y can Mayans, que fue también, según me dicen, administración de lotería. Y luego estaban las pastelerías que en algún caso también eran hornos y panaderías, a saber, can Paco Riera (Xiquet Rotes) que se convirtió en Bon Bons, can Lluís de na Tura o Ca na Tura, can Sans y can Vedell, en donde todavía encontramos flaones, ensaimadas, cocas y cocarois. Y cuatro nombrados cafetines con una volcánica absenta que alegraba el alma, el Rubió, en la esquina del carrer del Mar, el Metropol, el bar Español y can Pep Coll, bar que después fue la sastrería de Anselmo Olmo. Joyerías y relojerías hubo dos, can Viñets y can Toni Xim, más conocida como Pomar, que, muy remozada y en nuevo emplazamiento, sigue al pie del cañón. Y recuerdo también el establecimiento de can Matà, bazar que fue también juguetería y antigua bodega Ribas. Y dos ferreterías, can Manyà (can Mariano des Correuer) y can Paco Lleig, tienda que cuando era niño me infundía un gran respeto, posiblemente por el material que colgaba de las paredes, martillos, hachas, picos, sierras y demás herramientas de corte y percusión. De las farmacias únicamente añadiré que tenían un aire provecto y patriarcal, con armarios oscuros y puertas acristaladas que mostraban una meritoria colección de tarros de porcelana con sus correspondientes latinajos que anunciaban el críptico nombre de derivados, que, generalmente, provenían del reino vegetal. Barberías hubo dos en la calle d´Antoni Palau, can Vicent de sa Plaça (es Barberillo) y can Toni de sa Mallorquina. Y también dos zapateros, el conocido como Modesto y Paco des Marió, en los antiguos urinarios del Rastrillo. Mercerías hubo tres, can Clapés o can Sergent, que también vendió perfumes, El Globo y can Fèlix, en la esquina del Rastrillo y que expendía también algo de ropa. Otras tiendas fueron cas Capeller, que, además de objetos de regalo, fabricaba y vendía gorras, sombreros, tejas, bonetes, chichoneras para niños y, por encargo, también tricornios de la Benemérita; la Artesanía Balear, en las que nuestras madres encontraban delicados bordados y que después sería Calzados Vitela; la tienda de Rafel Marí, donde comprábamos interruptores, fusibles, cable, cinta aislante, portalámparas, bombillas y cualquier componente que tuviera que ver con la electricidad. Sin olvidar can Feliets, can Periquet de ses Olles, que servía toda clase de tiestos, platos y rústica alfarería, ca na Salvadora en la plaça de la Font, que después fue una tienda de forja con los hermanos Ripio y, finalmente, can Pep Fèlix, ya junto al Rastrillo. La calle era también importante porque tenía, en la plaza que la separaba en dos tramos, la única fuente de la ciudad, razón de que el lugar se conociera como la plaça de la Font. En aquellos años, la fuente aún creaba cierto movimiento, pero como casi todas las casas ya tenían agua corriente, el lugar ya no tenía el ajetreo de los aguadores que, tiempo atrás, iban y venían con la cargas que repartían a domicilio. Otra razón del movimiento que tenía la calle lo provocaba no sólo, como hemos dicho, el mercado de verduras, sino también la pescadería octogonal que se construyó en la plaça del Carbó. Y el trajín que decimos no era únicamente por las amas de casa que iban y venían con sus cestos, sino por los payeses que todas las mañanas llegaban con sus carros cargados de lechugas, tomates, patatas, conejos y volatería. Y en las vísperas de algunas fechas especiales, particularmente cuando se acercaba la Navidad, el mercado se extendía a las aceras y lo mismo encontrábamos payesas vendiendo largas ristras de setas como otras que llegaban con enormes pavos que glugluteaban desafiantes y que a mí, por su tamaño –y posiblemente por el mío, que entonces era un niño–, me parecían avestruces.

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