POR VICENTE VALERO
Cuando Adrián Rosa llegó a Valencia en 1951, dispuesto a iniciar sus estudios de Bellas Artes, tuvo un maestro inesperado. Se trataba de Ricardo Verde, antiguo discípulo de Sorolla, conocido sobre todo por sus magníficos retratos. A sus 75 años, Verde ya no daba clase de pintura a nadie ni en ningún lugar. Estaba algo enfermo, parece que como consecuencia sobre todo de una vida en la que el arte y la bohemia nocturna siempre habían ido de la mano. Pero hasta su casa llegó, desde , un jovencísimo Adrián, por mediación de Francisco Carreño, profesor de dibujo del Instituto Santa María y también pintor. «Carreño era un gran profesor y muy buen pintor –recuerda el artista ibicenco–. Cuando se enteró de que iba a Valencia a estudiar, me recomendó que visitara a quien había sido su maestro, Ricardo Verde. Y así lo hice. Durante bastante tiempo lo visité y aprendí muchas cosas de él. Puede decirse que se convirtió también en un maestro para mí».
Por esta razón, mientras observamos en su estudio obras de otros pintores, sobre todo las de los amigos (Vicent Calbet, Portmany, Agudo Clará...), los dibujos que Ricardo Verde le regaló por aquel tiempo adquieren una especial consideración, llena de afecto y de nostalgia también. «Era un dibujante clásico, perfecto».
En el estudio o en la casa de un pintor encontramos sobre todo obras propias, a menudo de diferentes épocas, como un mosaico de la trayectoria personal. En ocasiones, sin embargo, es fácil reconocer el cuadro de algún pintor amigo. El intercambio de cuadros ha sido siempre frecuente entre pintores y continúa siéndolo. Se trata, sin duda, de una buena manera de formar una colección de arte, con obras recientes y absolutamente contemporáneas, de artistas casi siempre muy próximos, en estilo e incluso en amistad.
Rafael Tur Costa ha sido siempre muy solicitado y a él le ha gustado también intercambiar obras con otros artistas, casi siempre buenos amigos: Marca-Relli, Irriguible, Kunkel, Bechtold, Herreyns... No quiere olvidarse de ninguno, pero aquí no podemos citarlos a todos. No olvidaremos sin embargo a Mompó, el gran pintor y escultor valenciano que vivió en en los años 60, al amparo de una época artística irrepetible.
«Fuimos buenos amigos. Llegó invitado por el Grupo Ibiza 59 para hacer una exposición en El Corsario. Poco después ya vino para quedarse. Al principio vivió en una casa de Dalt Vila, más tarde en un casa payesa cerca de Cala Llonga. Era un hombre muy inquieto, agradable y a mí me gustaba mucho lo que hacía. Estábamos en una línea parecida, una línea un poco mironiana. Lo conocí en el 61 ó 62, no recuerdo bien la fecha. Expuso algunas veces en la galería Ivan Spence».
Rafael Tur Costa no recuerda cómo era el cuadro que intercambió con Mompó. El de éste no hace falta recordarlo, ocupa un lugar de privilegio en su casa, como recuerdo de un buen amigo al que siempre admiró.
Pedro Asensio, que por primera vez acaba de intercambiar cuadro con Tur Costa, conserva, entre las obras de los otros –«no muchas, nunca he sido muy aficionado a los intercambios»–, un recuerdo muy especial: una escultura de su hermano Juan Asensio, uno de los escultores españoles actuales de mayor prestigio y reconocimiento. Se trata de una mano tallada con madera de sabina.
«Yo le regalé las gubias con las que la talló –dice Pedro Asensio–. Recuerdo que, en 1972, las compré en Madrid, en el Rastro. Eran una gubias pequeñísimas, casi de juguete. Pero con ellas, mi hermano se puso a tallar hasta conseguir una obra delicadísima, maravillosa, a la que le tengo mucho cariño. Además, Juan no ha vuelto a hacer escultura figurativa».
¿Y los artistas más jóvenes? ¿Intercambian también sus obras? «Tengo pendiente –nos dice Bonet Vallribera– un intercambio con Josep Rosales. Hace tiempo que hemos hablado sobre ello, pero el otro día, durante la inauguración de mi exposición en Via2, decidimos no dejar pasar más tiempo». Mientras llega el momento, Bonet Vallribera muestra algunas obras que tiene en el estudio y que no ha pintado él.
Son obras familiares. Una de ellas es de su tío, el pintor Josep Vallribera –de quien hemos podido ver una muy buena exposición hace pocas semanas, también en Via2–. La otra, de una hija de éste, Bárbara Vallribera: en este caso se trata de una fotografía. «Mi tío ha sido mi mayor influencia como pintor. Mi prima hace unas fotografías llenas de dramatismo, oscuras, que me gustan mucho».
Preguntamos también a Josep Rosales, a punto de intercambiar una obra suya con otra de Bonet Vallribera. «De momento, en mi estudio sólo hay un cuadro que no he pintado yo. Es una obra de Josep Marí, un precioso paisaje del puerto, de 1973. En realidad, era de mi madre; probablemente se lo regaló mi tío (el galerista Antoni Torres Font). Pero a mí siempre me ha gustado mucho y siempre que podía se lo decía: «este cuadro me gusta mucho», etc. Así que, de tanto insistir, al final me lo regaló. A Pep Marí se lo he dicho muchas veces, pero él no se acuerda del cuadro. Siempre me dice que tiene que venir a verlo».
Josep Marí, que se encuentra estos días en Francia, no recuerda, efectivamente, el cuadro que Josep Rosales guarda como un tesoro en su estudio. «Tengo que ir a verlo un día de estos –nos dice por teléfono, mientras pasea por las salas del Centro Pompidou de París–». El pintor y escritor ibicenco nos dice también que siempre ha comprado más que intercambiado. De todas formas, entre sus intercambios cita obras de Vicent Calbet, Toni Pomar, Enric Riera...
Entre las obras que ha ido comprando, se encuentran una pintura de Laureano Barrau y un grabado de Joan Miró, pero aquella por la que muestra más cariño es una de Narcís Puget Viñas, «una procesión con mucho color y mucho movimiento».