IBIZA | MARTA TORRES
—Diez años al frente del Fons Pitiús de Cooperació. ¿Pensaba que estaría tanto tiempo?
—La verdad es que no. Pensaba que habría más movilidad. Con los cambios de legislatura realmente no sabía lo que pasaría así que sí siento alegría de haber llegado hasta aquí.
—¿Qué expectativas tenía cuando comenzó este proyecto?
—En realidad yo no estaba al constituirse. Eso fue en octubre de 1999 y yo empecé en enero de 2000. Era un reto porque un Fons de Cooperació era una entidad novedosa. Una organización diferente que implicaba el desafío de la unificación de municipios y ONG en un mismo espacio siendo todos socios de pleno derecho. Era un reto saber por dónde empezar, las líneas de actuación y los criterios, pero también hemos tenido la ayuda del Fons Mallorquín y el Fons Menorquín. Desde un principio han estado ahí.
—¿Cuál es el secreto para que, a diferencia de otras asociaciones y entidades, no se haya politizado?
—Creo que la respuesta la encontramos en la base del Fons. La voluntad de todos los que forman parte es trabajar en cooperación de manera coordinada. Creo que todos han visto que en cooperación no cabían disputas y que la única manera de trabajar era juntarse y que ninguno quisiera más protagonismo que otros. Además, la manera de funcionar es el consenso, no se ha votado nunca en las asambleas. Siempre se ha discutido, ha habido debate, pero siempre se ha llegado a un acuerdo.
—Quizás esto no sería así si se trataran temas de la isla.
—No te digo que no. Como trabajamos con personas de otra parte del mundo quizás la gente no se siente tan implicada. Los socios aportan una cantidad económica importante al Fons y no tienen el protagonismo que tendrían si sólo lo aportase uno. Además, el Fons es una entidad sin ánimo de lucro pero privada, es decir, que no depende de ninguna de las instituciones socias. Pero a la vez depende de todas ellas porque sin presupuesto no hacemos nada. A partir de la puesta en marcha del Fons se inició también el trabajo en cooperación de una manera seria, estable, continuada y coherente. Una política de cooperación.
—¿Cómo ve el futuro del Fons?
—Si miro para atrás, evidentemente veo que hemos aprendido mucho. Hemos iniciado muchas líneas de trabajo, sentado las bases de los proyectos y marcado una línea bastante clara de actuación. Al principio esto no existía. Si presentaban un proyecto aquí, pues aquí. Si era allá, pues allá. Ahora ya no es así. De cara al futuro tenemos que ser críticos con nosotros mismos. No podemos conformarnos con que se hagan los proyectos. Tenemos que conseguir que realmente sean útiles. No todas las cooperaciones lo son. No basta con enviar dinero y que alguien haga una escuela. Está muy bien pero luego hay que comprobar que la escuela se mantiene, que hay un gobierno que se preocupa, que aporta maestros y que los niños tienen la posibilidad de ir al colegio. Si no, no sirve. Tenemos que poner énfasis en evaluar los proyectos, comprobar que a largo plazo siguen funcionando y que dan fruto. Es una asignatura pendiente dar a conocer el Fons, que la gente de la calle nos conozca. Esto es importante porque el presupuesto del Fons sale de los impuestos de los ciudadanos a los ayuntamientos, el Consell y el Govern. Es obligado explicar qué se hace con el presupuesto y eso es algo que nos cuesta. Poco a poco.
—¿Y en sensibilización?
—Es tanto o más importante que los proyectos. Éstos dan apoyo a comunidades al satisfacer necesidades que en ese momento no tienen cubiertas, pero sólo con cooperación no acabaremos con las desigualdades. Tenemos que transmitir a la gente que para acabar con ellas hace falta la participación de todos. La solidaridad debe ser colectiva e individual. Debemos participar. No sólo colaborando con una ONG o como voluntarios, sino en los hábitos diarios: con consumo responsable, denunciando situaciones de injusticia, presionando a los gobiernos para que actúen de manera coherente y no discriminando a los países del sur. Toda esta parte de sensibilización hay que reforzarla muchísimo. La gente está inmunizada, recibimos tanta información que nos cerramos y hay que hallar la fórmula para llegar a la gente.
—¿Qué es lo que más ha cambiado en esta década?
—Hemos puesto en práctica el área de educación para el desarrollo en las escuelas. Al principio ya se planteó pero sólo había una persona trabajando y era difícil. Con la llegada de Rita Riera empezamos ese trabajo. Es un área fundamental. Los niños están creciendo y es importante que conozcan la realidad de estos países. Hacerles entender que no son pobres porque han tenido mala suerte y que nuestra realidad y la de ellos se tocan. A veces lo que les llega es que con una cuota mensual ya cumplimos. Y no es así. Está bien que lo sepan y es lo que estamos haciendo en las escuelas. Creo que es en el lugar en el que más nos conocen. Sabemos que los niños les dicen a sus padres que no pueden usar bolsas de plástico, que tal marca es mala… Realmente cala el mensaje pero no sólo por los talleres sino porque los profesores trabajan todo el curso sobre esa temática. Ahora necesitábamos implicar más a las escuelas y tenemos a cinco que han introducido en las clases la educación para el desarrollo, tienen un interlocutor con el Fons que se encarga de cooperación, nos hacen una aportación económica, les asesoramos y, además de los talleres que son para todas escuelas, hacemos actividades extraordinarias.
—¿Y en cooperación, qué ha cambiado?
—Antes era inconexa, geográficamente dispersa y sin un criterio bien definido. Ahora es todo lo contrario. Hemos fijado unos criterios geográficos a la hora de financiar proyectos y objetivos muy claros como la lucha por los derechos humanos, el respeto por el medio ambiente, la no discriminación…
—¿Ha visto algún cambio en la sociedad pitiusa en este tiempo?
—La evaluación es muy difícil. Podemos decir la gente que va a una exposición o a la fiesta del Fons, pero es imposible saber el número de personas que han decidido cambiar sus hábitos de consumo por una conferencia o exposición a la que hayan asistido. Es más fácil con las escuelas, donde ves que los niños se acuerdan de lo que les dijiste el año pasado. A veces es difícil hacer una evaluación. Insisto en el hecho de que se está transmitiendo un mensaje de que con la ayuda económica está todo solucionado. Nos falta vernos como corresponsables de lo que está pasando. Es una asignatura pendiente de los que trabajamos en cooperación. Por ejemplo, con la venta de armas. Cooperamos en países a los que España está vendiendo armas, y vamos a apoyar a la misma gente, indígenas, que las transnacionales están echando de sus territorios, empujándolos a la pobreza absoluta. Hay cosas contradictorias en cooperación. debemos plantearnos de dónde salen las cosas que gastamos. Una cosa tan sencilla como el consumo responsable puede ayudar a cambiar las cosas.
—Cada vez se centran más en proyectos en América. ¿La colaboración en África tiene los días contados?
—No. Nuestro criterio geográfico es trabajar en países en los que ONG pitiusas tengan proyectos. Es decir, que en Mozambique, a no ser que desapareciera Dignidad, o en India, donde está la Fundación Vicente Ferrer, se seguirán financiando proyectos. También un ayuntamiento podría pedir un proyecto en un país concreto. La cooperación en Centroamérica y Suramérica era prioritaria por una razón histórica. Comenzamos a trabajar en 2000 por la relación con otros Fons de Cooperació. Una parte muy importante es la continuidad. Si vamos cambiando de lugar de actuación, no lo conoceríamos y no podríamos evaluar el trabajo que estamos haciendo allí. Trabajamos en Centroamérica por este motivo. En el futuro, a largo plazo, tenemos previsto el codesarrollo, que es empezar a trabajar con asociaciones de inmigrantes que haya aquí de un país para ver si podemos trabajar en zonas concretas tomando como base la gente de aquí. Esto no se hace por falta de capacidad. Realmente trabajamos poco en África. Sólo en Mozambique y Sáhara Occidental. Esporádicamente hemos trabajado en Burkina Faso y Mali, pero eran proyectos de cooperación directa y no teníamos mucho presupuesto, así que dejamos la parte de África y continuamos con América. Trabajamos poco en África, pero es que no hay muchas ONG que trabajen allí y la cooperación directa es complicada. Realmente es el continente olvidado. Y obligado.
—¿Recuerda el primer proyecto que se llevó a cabo en el Fons? ¿Sigue en marcha todavía?
—Sí, recuerdo que en 2000 estábamos empezando y nos llegaban proyectos de reconstrucción de zonas afectadas por el huracán Mitch. Comenzamos en Nicaragua, en una zona que estaba muy afectada, y hemos progresado mucho. Ellos mismos crearon una ONG y ahora trabajamos directamente con una mancomunidad de cuatro municipios. Esto implica que los ayuntamientos han cogido las riendas de la cooperación, se han responsabilizado del bienestar de sus ciudadanos en lugar de cargarlo sobre las ONG. Han pensado que acceder a una sanidad digna, tener una casa y recibir una educación es su responsabilidad. Ahora, los proyectos van a los comités de desarrollo municipal (entidades de las que forman parte todas las ONG que están en el municipio, las organizaciones religiosas, un representante de cada área municipal, del centro de salud, de la escuela). Ellos deciden cuáles son las necesidades prioritarias para su municipio y las piden. Así nos aseguramos de que realmente cubrimos prioridades básicas de la población. No lo que pide el alcalde o una persona, sino la población. Es algo muy importante. Un paso adelante en la calidad y mejora de la cooperación.
—¿Hay algún proyecto que no se haya podido hacer y que se le haya quedado como algo pendiente?
—Sí. Uno en Burkina Faso. Era precioso y lo llevamos durante tres años. Era un centro de alfabetización para mujeres. Se construyó, funcionó tres años y se dejó de financiar por falta de presupuesto y la necesidad de centralizar más la cooperación, no dispersarla. Me dio mucha pena porque era un proyecto muy importante, en África, dirigido a mujeres y que realmente creo que estaba cumpliendo su función. Sé que no se ha parado, que sigue adelante, aunque con más deficiencias. También hay que tener claro que no podemos financiar un proyecto para siempre. Deben ser sostenibles por ellos mismos. Es básico. Podemos dar apoyo durante unos años, pero al final deben hacerse cargo ellos, si no estamos creando una dependencia que hace más mal que bien. De todas maneras, creo que podríamos haberles dado apoyo un par de años más. Es una lástima que no hayamos podido continuar con ello.
—Una pregunta típica: ¿cuál es el problema más grave ahora mismo?
—¡Uf! Una cosa básica. En pleno siglo XXI hay 1.040 millones de personas que pasan hambre. Ése es el principal problema. Sin duda. Es consecuencia de guerras, de movimientos por cuestiones de vulnerabilidad ambiental, desplazamientos por grandes plantaciones… Cuestiones en las que los países occidentales estamos directamente implicados. Organismos como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional dan cobertura a las multinacionales para seguir manteniendo situaciones de conflicto y de comercio injusto. Los payeses del Sur no se puedan autoabastecer con sus propias cosechas. Y no hablo de vender, sino de alimentarse.
—Tengo la sensación que lamentablemente lleva diez años repitiendo estas mismas palabras.
—Sí. El otro día recordaba que este año hay cinco millones de personas más que el año pasado que pasan hambre. No se ven mejoras porque las soluciones pasan por lo que comentábamos antes, porque los payeses se puedan autoabastecer y que incluso tengan la posibilidad de vender sus productos en los mercados locales. Tiene que haber unas reglas comerciales justas para todos, los países occidentales no pueden obligar a los otros a dejar de vender sus productos. Las grandes extensiones que hacen que nadie tenga sus propias tierras y la producción de transgénicos dificultan que pueden autoabastecerse. Estas soluciones las tienen los países y también nosotros. A nivel global no se ve mejora pero a nivel local hay comunidades que han mejorado. Antes vivían en barracas, con bichos que provocaban el mal de chagas. Ahora tienen una casa digna, con condiciones higiénicas buenas, han podido crear algún negocio porque tienen un microcrédito y sus hijos van al colegio. Esto es a lo que ayuda la cooperación, a ver cambios a pequeños niveles. Pero estos datos no trascienden a nivel global.
—A pesar de todo, ¿tiene esperanza en que esto cambie? ¿O se ve dentro de diez años diciendo lo mismo?
—Me gustaría decir que no. Me gustaría pensar que en un momento dado los gobiernos cambiarán. En el año 2000 firmaron los objetivos del milenio. La voluntad estaba pero nos hacen falta líderes a nivel mundial y organismos más democráticos. No sé si podemos decir que Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio son muy democráticos porque hay países que vetan a otros. Muchas organizaciones piden que haya organismos que sean mucho más democráticos. También necesitamos que haya personas y gobiernos con la valentía de enfrentarse a los grandes poderes, a las trasnacionales, porque hay algunas que tienen más poder que gobiernos enteros.
—La noto más pesimista que en otras ocasiones.
—No, no es eso. Es que creo más en las personas, en la gente de la calle, en la sociedad civil, que en las instituciones. En la presión que pueden hacer. Por eso digo que somos muy importantes cada uno de nosotros. Los gobiernos están porque estamos nosotros y debemos saber presionar. Hay que recordar que las minas antipersona en España y otros países se han dejado de fabricar por la presión de las ONG. Es verdad que se siguen vendiendo armas a países en guerra, en conflicto, que sabemos que violarán los derechos humanos. Son pequeños pasos de un proceso largo pero hay decisiones que se han adoptado gracias a la presión popular.
Todos tenemos alguna cosa que decir y yo confío en esto, en la gente, en que seremos capaces de gritar lo suficiente para que al final nos oigan.