MEMORIA DE LA ISLA / MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Tal vez es que asoma diciembre y el final del año nos deja agotados, como si al acabar un carrera nos faltara fuelle. No lo sé. El caso es que las festividades que inauguran el mes, Todos los Santos y los Fieles Difuntos, no son, precisamente, para animar al personal. Aunque, eso sí, en Ibiza son días que siempre se han vivido, paradójicamente, con festiva tristeza. Imagino que, impotentes ante el insondable misterio de la Parca, buscamos una buena armadura para defendernos. Tal vez lo explique mejor un pequeño detalle: en estas fechas, todos vamos a los cementerios, pero lo hacemos sin cargar las tintas, con el buen ánimo que da, un año más, el sentirse todavía vivos. Recuerdo que, cuando era niño y me aterraba ir al camposanto, mi padre me decía por lo bajo lo de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo», y me daba un enorme cucurucho con castañas asadas que aliviaba la luctuosa visita. Los mayores no comían castañas y se conformaban con endomingarse, llevar flores a sus allegados y dejar las tumbas relucientes.
En Ibiza mantenemos el debido respeto por los idos en estas fúnebres celebraciones de noviembre, pero, eso sí, solemos animarlas con las tertulias y la mesa, no en vano es el tiempo de las castañas, los moniatos asados y las buenas melazas. También llegan las granadas, los gloriosos membrillos y los dulcísimos caquis. Hoy se está perdiendo la costumbre, pero, en tiempos, ninguna casa dejaba de hacer buenas compotas, confituras y melazas. El objetivo estaba claro: endulzarse la vida y conseguir que entrara en calor el alma. Por eso se acompañaba este yantar almibarado con licores de cierta graduación y amable paladar, caso de las hierbas ibicencas. Y entre los productos del tiempo que contribuían a levantarnos el tono estaba sobre todo el membrillo. Ver su maduración en el árbol según pasaban los días y perseguir la prodigiosa luz que, todavía en las ramas, la fruta en sazón recogía, y ver, en fin, el contraste de sus dorados amarillos con el verde oscuro de sus hojas era ya una fiesta. «Es una fruta –me dice un pintor–, más para verla y olerla que para comerla: un cuenco azul o verde lleno de perfumados membrillos puede ser el mejor y más alegre bodegón». Y es verdad. Pero conviene reconocer que el membrillo no deja de ser un fruto raro, pues, por muy maduro que lo cojamos, puede más su aspereza que su leve dulzor. Su mismo nombre en ibicenco, codony, ya nos impone cierta prevención que se diluye, eso sí, cuando decimos codonyat. Y es que una cosa es morder un membrillo crudo –seco, acre y con un punto de acidez–, y otra muy distinta comer la carne de membrillo que se transforma en pura miel. Como cuando se transmuta misteriosamente en confituras, melazas o jaleas. El secreto, en todo caso, –nuestras madres tenían bien aprendida la lección–, estaba en que su dulzor no resultara nunca empalagoso.
Para acabar, hay que advertir que, en esto de las mermeladas, hay tantas recetas como casas. Joan Castelló Guasch recoge la confitura de codonys, albercocs, taronges, tomàquets, prunes y peres. Pero pueden hacerse con casi todas las frutas, incluso con moniatos y castañas. Unos buenos amigos de Cubells nos sorprendieron un día, a mi mujer y mí, con una extraordinaria confitura de cortezas de sandía. Como de aquello hace años y todavía me chupo los dedos, les he pedido la receta que comparto con ustedes: «capolarem l´esclova de xíndria petiteta, la posarem al foc amb un poc d´aigua i, a la mitja hora de coure, hi afegirem el llimó, el sucre i la canyella. Ho deixarem coure amb poc foc uns tres quarts d´hora i ja tenim la confitura». I para acabar, no me resisto a dejarles la fórmula de la confitura de moniato que recoge Joan Castelló y que tiene un resultado prodigioso: «es bullen dos quilos de moniatos blancs i grossos; s´escorren, es deixen refredar, es pelen i s´aixafen amb una forquilla en una greixonera o cassola plana de terrissa; s´hi agrega la ratlladura d´un llimó, canyella en pols, sucre a gust i una tasseta o dues d´aigua; es posa una altra vegada al foc, es deixa bullir i es remena amb freqüència, fins que arriba al punt; en acabar, es posa en recipients de vidre». Como puede verse y como al principio les decía, hemos acabado dándole la vuelta a los malos humores del otoño. Es cierto que se acorta el día y que refresca por las noches, pero nos salvan, todavía hoy –y conviene que así sigamos muchos años–, las tertulias con los amigos y la mesa.