IBIZA | MARTA TORRES
«Generalmente, en calle, el porcentaje de positivos es más bajo que en las sedes», comentaba Rodrigo Montserrat, coordinador de ALAS en Balears, todavía con un buen número de personas frente a las dos habitaciones cerradas con lienzos en las que Silvia Vega y Beatriz Andrade efectuaban las pruebas. Durante todo el día hubo gente en la cola. Un buen síntoma porque se ha perdido el miedo. Un mal síntoma porque todos ellos creen que pueden estar infectados. Han descuidado la protección. «Precisamente el hecho de que haya tratamientos que han convertido el sida en una enfermedad crónica ha hecho que la gente le pierda el miedo», lamentaba el coordinador.
Frente a la mesa, gente de todo tipo y edad: señoras cerca de los 60, parejas treinteañeras que acudían juntas y algunos apenas cumplida la mayoría de edad. Eso sí, la mayoría de los que ayer aguantaron la respiración los diez minutos que tardaron en conocer el resultado eran hombres. «Siempre hay más varones, no sé por qué», reflexionaba Rodrigo Montserrat.
A los que recibían la buena noticia de no ser seropositivos Silvia y Beatriz les recordaban (no porque no lo supieran) la importancia de usar siempre el preservativo en las relaciones sexuales. Tener que comunicar un positivo no es fácil, pero la manera es siempre la misma: insistir en que la prueba del virus del sida tiene un 99 por ciento de fiabilidad, de manera que hay que acudir al médico para que la realice de nuevo, recordar que ser seropositivo no es una sentencia de muerte como hace unos años y que los fármacos han avanzado mucho. «Normalmente, la gente a la que le dices que el resultado es positivo ya se lo espera. Vienen aquí con esa posibilidad», afirma el coordinador de la asociación en Balears. «Además, es muy importante detectarlo cuanto antes mejor porque con un diagnóstico precoz los medicamentos funcionan mucho mejor», apuntaba ya un poco nervioso por la cola que se estaba formando frente a la carpa.
Antes del mal trago de aguardar a la reacción de la sangre en las tiras, los asistentes debían rellenar un formulario. Anónimo. «No pedimos el nombre de nadie», repetía Montserrat. En él debían especificar el tipo de práctica de riesgo que les llevaba a someterse a la prueba además de si usan preservativo en sus relaciones ocasionales, si tienen pareja estable y si es o no la primera vez que se realizan la prueba del VIH. «Es para poder elaborar la estadística», apuntaba. Después, un pinchazo en el dedo en la más absoluta intimidad y diez minutos de espera que la mayoría confesaba que le habían parecido como media hora. Casi todos confiaban en la suerte. El «sólo una vez», «no pensé» o «en ese momento…» eran las frases que esgrimían contra la aterradora posibilidad de un sí. Al final, el resultado. Negativo. Positivo. A los primeros, un consejo mil veces oído y alguna vez ignorado: «acuérdate del preservativo». A los segundos, una visita al médico.