IBIZA | MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
La Enciclopèdia d´Eivissa i Formentera, con muy buen criterio, recoge la palabra andana –«sèrie de vaixells col·locats paral·lelament, l´un al costat de l´altre, a fi d´ocupar més poc moll»–, pero no el castellanismo andenes que hoy está en retroceso pero que en los años cincuenta del siglo pasado era común en el habla cotidiana de la ciudad. Lejos de reivindicar tan improcedente apelativo que deseamos pase a mejor vida, sólo queremos recordar algunas vivencias de aquellos años relacionadas con el puerto. Con referencia a la citada palabreja, cabe decir que tuvo siempre cierta ambigüedad, pues aunque al mentar los Andenes sabíamos de qué lugar estábamos hablando, nos referíamos a un espacio que no quedaba suficientemente acotado. Porque ¿qué ámbito exacto correspondía a los Andenes? Según el diccionario de la RAE, andenes son las plataformas de carga y descarga de una estación o puerto y, por extensión, de embarque y desembarque de pasajeros, de manera que es igualmente correcto hablar de andén ferroviario y andén portuario. Pero dicho esto, hay que advertir que, en nuestra ciudad, los Andenes del puerto eran, sobre todo, uno de los dos paseos que tenía la ciudad: la palabra Andenes no se refería, por tanto, sólo a los muelles, sino también al vial o paseo que atraviesa el puerto de cabo a rabo, desde la carretera de Sant Joan a la plaça de sa Riba. Y más aún, los Andenes incluían toda la fachada marítima de casas. Esto quiere decir que en los Andenes estaban el bar Pou, el antiguo Hotel Noray, la fonda Formentera, el Pitiuso, los Caracoles, la fonda Comercio, Can Garroves, el Ribereño y la barriada de la Bomba, amén del monumento a los corsarios, la caseta de madera de los carabineros y las desaparecidas Barracas. Todo aquel mundo configuraba, de manera amplia, lo que para nosotros fueron los Andenes.
Y es que los Andenes conformaban un espacio múltiple y heterogéneo, y en ellos cabía todo lo que uno encontraba entre los muelles y la primera línea de casas. Abarcaba, por supuesto, el codo de la bahía y el puerto interior, donde se amontonaba la carga de los veleros, y la otra zona del Martillo y las Barracas que los pescadores utilizaban como secadero de redes. Pero era también el ámbito que ocupaban los cafetines y las cantinas que olían a pota y anís, tal vez por la absenta con la que entonaban el cuerpo –y también el alma– ganapanes y marineros. Los Andenes eran, en fin, las puertas de la ciudad, la línea de sutura de la isla con el mundo y una resumida ribera continental, que decía Fajarnés. Y el tajo de jornaleros, faquines, costaleros, braceros, mozos de cuerda, maleteros, bastajes y esportilleros que se buscaban la vida en el trajín de los muelles. Y en los Andenes tenían plaza propia los pescadores. Y las mujeres de los pescadores, asentadoras de la Plaza que con las primeras luces recogían en las barcas los frutos del mar, cargaban sus carretones y los empujaban por el carrer d´Enmig y Manel Sorà, camino de la Peixateria. En el mediodía, los Andenes eran también un improvisado secadero de redes que recomponían, zurciendo rotos, algunos hombres acuclillados. Y eran, sobre todo, el paseo obligado del estiaje, una cita ineludible para los vecinos que en las atardecidas transitaban desde el Marisol al Muro y desde el Muro al Marisol, tal como desde un cafetín describió Camus, los chicos con los chicos, y las chicas con las chicas. Aunque nunca faltaban los mayores, el canónigo solitario y los atortolados ancianos que paseaban, arriba y abajo, todos los días, por prescripción facultativa, por aquello de oxigenarse, hacer acopio de yodo marino y estirar las piernas.
En cuanto a la pragmática alternancia peripatética del vecindario, lo de pasear los muelles en verano y la Alameda en invierno era cosa que tenía su correspondencia en el feliz esparcimiento que proporcionaba la banda de don Victorino que iba, según fuera invierno o verano, de monumento a monumento: cuando llegaba el frío, soplaban airosos vientos a los pies del héroe de Caney y mientras duraba la bonanza en el puerto, al pie del Obelisco. El atractivo que tenían para todos nosotros los Andenes es fácilmente explicable porque en verano nos llamaba el mar: los muelles perdían la fastidiosa humedad del invierno y resultaba sumamente agradable la brisa marina. Los niños y los viejos se acercaban a los muelles con sus cañas para pescar y los demás nos entreteníamos con la actividad portuaria que no cesaba. Al despuntar el día y al anochecer, llegaban los barcos de la Trasmediterránea y el personal se arremolinaba junto a las barreras de la doméstica aduana, una mesa gris que montaban en un tris-tras dos circunspectos carabineros a pocos pasos de la pasarela que, no sé por qué, llamábamos ´plancha´. Se trataba de ver qué pasaje llegaba y cómo superaba el viajero la escrupulosa fiscalía de bultos y maletas de la Benemérita que, con las manos enguantadas, fisgaba los equipajes y marcaba las valijas con una tiza y un críptico garabato como doméstico visado. Y como si las arribadas no fueran espectáculo suficiente, el personal acudía también en los anocheceres a despedir el ´correo´. La sirena daba uno, dos y tres graves bocinazos, de manera que, al primer aviso, sabíamos que sólo quedaba media hora para que el barco soltara amarras: era una llamada no sólo para viajeros, sino también para los vecinos, que nos apresurábamos para despedir a los pasajeros como si los conociéramos de toda la vida. Entre aquellas arribadas matinales y vespertinas partidas, durante el resto del día, los Andenes ofrecían el movimiento de los veleros y motoveleros que cargaban y descargaban sus mercaderías. Excuso decir que en aquel éxito de los Andenes jugaba sobremanera la belleza que entonces tenía la marina. El agua extasiada. El arco amplísimo de la bahía. Los reflejos del agua. El vuelo de las gaviotas. El ir y venir de las pequeñas barcas. Incluso los sonidos sordos y lejanos que llegaban del astillero.