MEMORIA DE LA ISLA / MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
«El tiempo esconde amenazas y siempre es posible derruir nuestra Ciudadela y utilizar sus sillares para glorificar a otros dioses.
Poco importa. La nueva ciudad no será mejor ni peor, pues la Verdad no está inscrita en sus piedras,sino en el corazón de los hombres».
´Ciudadela´. A. de Saint-Exupéry.
Antes de entrar en materia, permítanme una pequeña apreciación terminológica. El espacio de Dalt Vila al que aquí nos referimos no tiene nombre oficial, de manera que unos y otros lo nombramos al dictado del sentido común que es muy poco común, pues son distintos los nombres que utilizamos. Los turistas lo bautizan Mirador de Levante. Los ciudadanos estrictos y fieles al ´callejero´ optan por llamarlo Mirador de la Plaza España, pues esa es su precisa ubicación. Y los vecinos y residentes lo conocen con el nombre más pragmático, cotidiano y familiar, de Mirador del Ayuntamiento. Pues bien, para acabar de liar el asunto diré que me parecen apelativos inadecuados. Recurrir a los puntos cardinales está justificado, pero no dice nada propio del lugar que define desde fuera, por su orientación. Y darle el nombre de ´España´ que tiene la plaza me parece un recurso patriótico y reminiscente, posiblemente relacionado con la Cruz de los Caídos que estaba muy cerca del Mirador y que un buen día se eliminó. Pero tampoco parece una buena idea calificar el Mirador echando mano del Ayuntamiento, que hoy está aquí y mañana allí, algo que ya está sucediendo con el traslado a Can Botino del edil. Llegados aquí, me parece –y es sólo una opinión– que convendría bautizarlo de manera formal, con todos los honores, categóricamente y con placa incluida –posiblemente aprovechando la consolidación anunciada del precario farallón– como Mirador des Revellí. Por una simple razón. El Mirador nace del acantilado que hizo innecesario fortificar el precipitado vacío que queda entre los baluartes de Santa Lucía y Santa Tecla. Es evidente que, para el constructor de la muralla, el formidable talud sobre el que está la balconada completaba de manera natural, por su tremenda caída, la estructura defensiva de la ciudadela por el este: el cerramiento quedaba garantizado por el inexpugnable precipicio, de manera que la balconada pasó a ser, por derecho propio, parte integrante de la fortificación y una continuación natural del Revellín o Medio Caballero de Santa Tecla.
Dicho esto, ya podemos entrar en evocaciones divagatorias y sentimentales, pues el espacio de la plaza y el Mirador es, para muchos de nosotros, inseparable del antiguo Instituto de Santa María que en tiempos ocupó el ala este del antiguo Convento de Santo Domingo. De tal manera que casi todas las aulas quedaban, en la ronda Fratín, con sus ventanas colgadas sobre el mar, el antepuerto y el faro de Botafoc. No era de extrañar que aquel fantástico diorama nos diera algún disgusto, pues a los alumnos se nos iban a la marina los ojos (y también la cabeza), mientras doña Catalina Pellicer se despachaba con una sesuda disertación sobre las fanerógamas o don José María Prats desarrollaba una complicada ecuación en la pizarra. Lo que quiero decir es que aquellas ´ausencias´ nuestras eran del todo inevitables porque era como si el paisaje entrara dentro del aula. Tanto era así que, durante un tiempo, un correctivo habitual consistía en sacarnos del pupitre que quedaba junto a la ventana y colocarnos en el otro extremo del aula. La plaza, por otra parte, era el espacio de recreo, un universo que no estaba exento de aventura y en el que, si optábamos por hacer salera (saltarnos alguna clase), teníamos hasta tres puntos de escape: podíamos ir hacia el Polvorín y el baluarte de Santa Lucía, o salir al roquedal del Soto y al mar por el túnel que atravesaba la muralla, o intentar peligrosas incursiones con apuestas de canicas y tebeos que se llevaba quien avanzaba más por la precaria cornisa que reseguía el cantil, a treinta metros sobre el mar, justo por debajo de los balcones del Mirador. Este último juego era el más arriesgado –al margen de que nos podíamos romper la crisma– por dos principales motivos: en aquel estrecho voladizo había ratas como conejos y, por otra parte, nuestra excursión provocaba cierta expectación en nuestros compañeros que miraban desde el Mirador, situación fácilmente detectable por los profesores y que suponía un severo castigo.
Cuando aún existía la Cruz de los Caídos («por Dios y por España», nos decían), aquel era el punto al que, en la conmemoración correspondiente que podía ser el 18 de julio, día del Alzamiento, los ´flechas´ de Falange subíamos uniformados y marcando el paso desde la Marina y, después de cantar el ´Cara al Sol´, depositábamos al pie de la cruz una corona de flores. Y fue también en la plaza del Mirador donde nació la tuna del Instituto. Allí se nos bendijo el estandarte –lo sé porque ejercí de abanderado y vocalista–, hicieron los correspondientes parlamentos el director del Instituto, el excelentísimo señor Alcalde y Don Antonio Tormo García, profesor de literatura, que fue el promotor del invento. Pero el Mirador no sólo nos fue familiar en los años del Instituto. Mucho antes, ya subíamos a la plaza cuando teníamos la escuela preparatoria del bachiller en el aula de don Juan, que estaba debajo de las arcadas que luego se eliminaron y que daban a la esquina de Pere Tur y General Balanzat. Aquella plaza, por todo lo dicho, fue nuestro mundo y ha sido luego un espacio de recuerdos y vivencias mitificado y casi sacralizado. Vimos plantar los pinos que hoy son árboles crecidos, vimos cambiar cien veces la estructura del jardincillo en el que tiene Montgrí su sueño de piedra, y vimos pasar los días entre carreras y gritos de una felicísima inconsciencia. Aquella plaza, a pesar de la referencia escolar, fue un verdadero paraíso. Es muy posible que el lugar, precisamente por su prodigiosa balconada sobre el mar, aunque entonces no nos diéramos cuenta, nos compensara de los sinsabores y los malos tragos de las aulas. He subido al Mirador, después, cientos de veces, para regresar aquellos tiempos y aquella felicidad de nuestra infancia. ¿Nostalgia? No lo sé. Sólo sé que, cuando piso la plaza, me alegro de pensar que «nosotros crecimos aquí». Y que se me ensancha el pecho cuando me asomo al Mirador. Lo dejamos y sabemos que, mientras podamos, inevitablemente volveremos.