MARTA TORRES | IBIZA
Cloc-cloc-cloc-cloc… Como pisar constantemente una baldosa hueca. Los padres analizaban cada milímetro de las nuevas instalaciones. Algunos de ellos se habían puesto un tanto nerviosos la tarde del jueves al ver, durante la reunión de padres, que los electricistas seguían trabajando, según explicaba la delegada de la conselleria balear de Educación, Margalida Marí, que comprobó in situ la puesta en marcha del centro prefabricado después de dejar a su niña en el colegio. No había electricistas y las luces se encendían. O la conselleria había hecho un pacto con el diablo o los operarios se quedaron hasta bien entrada la noche.
Dos de los primeros en llegar fueron la directora insular de la Administración del Estado, Sofía Hernanz, y su marido, el ex conseller Santi Ferrer, que no han tenido ningún problema en escolarizar a su hija en un colegio que comienza siendo un Lego gigante compuesto únicamente por piezas blancas. La directora del colegio Es Pratet (ése es, de momento y si el consell escolar del centro no lo cambia, su nombre oficial, ya que iba a estar emplazado junto a la antigua plaza de toros), Rosa Thomàs, no paraba quieta un solo segundo. Saludar a los padres, hablar con los niños, indicarles el aula, buscar material, atender a la prensa, ayudar a las profesoras… «Falta que la gente lo haga suyo», comentaba la delegada, que con lo de ´hacerlo suyo´ debía referirse a llenar las todavía impolutas paredes con manualidades de papel, tijera y ceras.
Por eso no debe sufrir. Ayer mismo, apenas unos minutos después de aterrizar en el colegio, los 46 niños de tres años que ocuparán este curso las prefabricadas ya sonreían mostrando a sus padres amenazantes dedos embadurnados de pintura con los que estaban decorando sus tazas y preparándose para marcar su territorio en el perchero.
A partir del lunes, deberán colocar sus materiales en sus tazas y dejar la merienda colgada en el gancho en el que vean su foto. A pesar de que ayer iban sólo un rato, tenían mucho trabajo por delante. Sus profesoras (dos, de momento, aunque la responsable del centro ya ha solicitado otra de apoyo) les tenían preparadas más tareas: dibujar sus casas y su familia. Apenas veinte minutos después de haber aterrizado en sus aulas, los niños ya se sentían como en casa. «¡Elena! ¡Elena!», gritaban casi todos a una de las docentes para que se fijara en cómo les estaban quedando las tazas. Al salir de clase no se sabía quiénes estaban más cansados. ¿Los niños? ¿Los padres? ¿Los profesores? Una pista: no eran los que medían menos de un metro.
La mayoría de los padres explicaban que entre las prefabricadas o llevar a sus hijos a colegios alejados del centro de la ciudad habían optado por lo primero. «Hubiéramos preferido un colegio con paredes de verdad, pero esto no está tan mal», comentaba una de las madres intentando hacerse oír por encima de los gritos del futuro barítono que dejaba constancia de que hubiera preferido quedarse con su abuela, como había hecho hasta ahora. Por suerte para los oídos de todos, los 45 restantes jugaban ya tirados sobre el suelo de las aulas.
El patio del colegio de las paredes de mentira tiene, de momento, árboles imaginarios. Hasta que el Ayuntamiento de Ibiza no haga una visita al centro no tendrán ramas de madera y hojas verdes que den sombra real a los niños cuando salgan al patio. Lo mismo ocurre con los columpios, los 41 metros de caucho que evitarán los chichones y rasguños reales que puedan hacerse los niños durante sus juegos de recreo, las pérgolas y los arbustos que aislarán (visual y acústicamente) el nuevo colegio del tráfico constante del primer cinturón de ronda.