MEMORIA DE LA ISLA / MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
Podríamos incluso decir que, en este caso, el paisaje ha mejorado sensiblemente en las últimas centurias gracias a la explotación salinera que, si por una parte se ha cuidado de mantener los cordones dunares litorales y los bosques de sabinas y pinos que fijan las arenas y conforman una barrera que protege los estanques, por otra, al mantener en éstos un flujo continuo de aguas, ha conseguido en ellas una mayor oxigenación, eliminando la insalubridad que antiguamente caracterizó estos espacios lagunares de aguas muertas, salobrales y marismas. El adjetivo Pudent que todavía identifica l´ Estany de Formentera recuerda las fiebres que en otros tiempos provocaban las aguas estancadas. Y otro tanto sucedía en Ibiza cuando, como recuerda en Archiduque Luís Salvador, en 1886, más de 600 obreros de las salinas se vieron atacados de paludismo. La sorprendente conclusión a la que llegamos es que ha sido una industria, la explotación salinera, la que, lejos de alterar el equilibrio natural de la zona, ha contribuido a su conservación y ha hecho posible que hoy sea un privilegiado paraíso catalogado por la UE como Zona de Especial protección para las aves (ZEPA), Área Natural de Especial interés (ANEI), zona RAMSAR que incluye los principales humedales del planeta, Reserva de la Biosfera, Parque Natural y, por sus aguas posidónicas, Patrimonio de la Humanidad.
Guerau d´Arellano ha explicado con sumo detalle el carácter geomorfológico del espacio salinero que en Ibiza conforma un extensa llanura aluvial con predominio de limos rojos procedentes de la erosión de los montes del entorno, (Puig Palau, Puig d´es Damians, Serra de Trontoll, Serra Grossa y Puig d´en Palleu). Esta planicie desciende en su parte meridional a nivel del mar que, al inundar las zonas más deprimidas, crea los humedales que han dado lugar a las salinas. En Formentera, a su vez, todo el norte de la isla está formado también por tierras bajas de limos, costras calcáreas y marès, creando una plataforma litoral en la que encontramos l´Estany del Peix, l´Estany Pudent y las salinas Ferrer y Marroig. En uno y otro caso, los primitivos humedales se fueron cerrando con cordones litorales de dunas que en Ibiza podemos ver en las playas d´en Bossa, es Cavallet, Mitjorn o es Codolar, y en Formentera en la lengua de arena que desde Cala Savina se prolonga hasta es Cavall d´en Borràs, cerrando l´Estany Pudent, mientras que, por levante, los arenales, que van desde es Racó des ses Ampolles hasta la platja des ses Canyes y sa Pedrera d´en Coix, protegen las salinas Marroig.
La riqueza del lugar está, por tanto, en la frágil y equilibrada combinación de humedales y dunas que, a pesar de su condición salobre y de la sequedad del entorno sometido a una fuerte insolación, conforman un ecosistema lleno de vida. Por lo que se refiere a la flora, al margen de los bosques de savinas y pinos que crecen en las mismas arenas, encontramos infinidad de plantas, entre ellas, mata, joncs, aubada, mançanella o viveta, romaní, carritx, cepell, cepelló, esteperol, frígola borda, herba de Sant Ponç, gram marí, botja, corretjola, escart, lletera, herba blanca, card, porrassa, seba marina, lliri de platja etc. Y luego está la fauna: lagartijas, ratones, insectos y, sobretodo, infinidad de aves que pueden ser migratorias o sedentarias. Además de los espectaculares flamencos que llegan desde la Camarga, abundan las gaviotas, las garzas y utilizando los nombres que les damos en las islas, el martinet, el coll verd, la júia, el siulador, el sorçó, el cap vermell, el xerraire, l´àguila peixetera, l´agró, l´àneda cabussonera, el bitxac, el falcó reial, el corriol, la llambritja, el cullerot, el cegall, l´arner, el ganyet roig, la xivitona, la butxaqueta, la titina, el coer, el martinet, el moretó, l´esmerla, l´esparver, la bosqueta y así podríamos seguir con una lista interminable. En una de las obras ya citadas, ´L´Estany Pudent, un món d´ocells´, Premi de la Nit de Sant Joan de l´Institut d´Estudis Eivissencs, 1986, Santiago Costa Juan nos ha dejado una muestra impagable de las aves que viven o pasan largos periodos en los estanques y que nos permiten comprender la importancia ornitológica de nuestras salinas. Estamos, por tanto, en un entorno que, por sus componentes naturales –topografía, características del suelo, vegetación, fauna, clima, luminosidad y calidad de sus aguas–, así como por la positiva incidencia de la actividad salinera que crea asimismo paisaje con su cuadrícula de espejos, conos de sal, pantalanes, caminos, compuertas, canales, antiguas norias y molinos, conforman una unidad geográfica definida de excepcional calidad medioambiental y, en resumidas cuentas, un ecosistema equilibrado de extraordinaria belleza.