IBIZA | MARTA TORRES
No se trata de una versión subida de tono de ´La máscara de la muerte roja´ de Poe, sino de las tres clases intensivas de contact improvisación que se imparten hasta mañana en el polideportivo de sa Pedrera, en Sant Antoni. Entre las tres salas hay más de 150 personas descalzas practicando esta singular danza. Deslizan los pies sobre la madera, miran a los ojos del compañero. Entre los dos pactan los movimientos sin susurrar una palabra. Cástor y Pólux bailando antes de separarse. «No se trata sólo de descansar el peso en el otro, sino de usarlo y dirigirlo», comenta el profesor. Todas las parejas han parado y le escuchan. Todas excepto una, que está tan metida en su mundo que sigue bailando este místico e intimista ´cachete con cachete´. Sólo se detienen al escuchar a Sebas, el profesor, traduciendo sus explicaciones al inglés, lengua oficial de la semana de contact. Entre los matriculados hay gente de Israel, Alemania, Italia, Francia, Finlandia, Suecia, Rusia, Polonia, Canadá, Estados Unidos y Reino Unido, además de aficionados de toda España y de las Pitiusas.
«Hay que saber escuchar lo que te dice el compañero», susurra Mónica Gallardo, miembro de la asociación Inspiral que desde hace dos años organiza esta semana de contact improvisación. «También decimos siempre ´decir que no da importancia al sí´, que es una manera de explicar que esta danza sólo llega hasta donde el cuerpo alcanza, no más», añade mirando la clase desde detrás de las espalderas, donde se amontonan zapatos, cestos payeses y hasta un monociclo digno de la arena de un circo. «Otro de los lemas que usamos es menos es más», añade Mónica, al tiempo que dos chicas salen bailando rumbo al baño. «Esta danza puede ser acrobática y grande, pero también crear un mundo diminuto con movimientos en los que una pareja une las yemas de uno de uno de sus dedos y empieza a bailar desde este punto», comenta adelantando su mano en una clara inivitación al baile.
En las clases hay niños. Hijos de los alumnos que disfrutan con este contacto extremo de pieles que sería la pesadilla de aquellos a los que la sola idea de rozar a un desconocido les produce vértigo. «Vivimos en una sociedad en la que no estamos acostumbrados al contacto físico», lamenta Mónica señalando a las salas de clase, en las que destaca que hay «gente de todo tipo». Y es cierto. Al mismo tiempo se tocan y bailan personas de más de 60 años y jóvenes que no han cumplido los 20. Hombres altísimos. Mujeres bajitas. Con la delgadez de Siddharta. Con las curvas de Budha. «No hace falta tener un físico o una edad para esto porque cada uno hace exactamente hasta dónde puede», concluye.
Los que sientan curiosidad podrán probar qué es la danza contact el sábado a partir de las ocho de la tarde. Los más de 150 alumnos partirán desde el polideportivo de Sa Pedrera en una marcha de cuerpos entrelazados que llegará al Passeig de ses Fonts 37 minutos más tarde. Ni uno más. Ni uno menos. «Es un homenaje a los 37 años que hace que se inventó esta danza en Estados Unidos», comenta, sonriente y relajada, antes de regresar a una de las clases.