IBIZA | J. M. L. ROMERO
El habilidoso Vicente Colomar, que tanto sabe instalar un sistema de goteo como extraer aceite de una almazara o manejar un tractor, tiene, según afirma, un don: el de los zahoríes, quienes con una rama en forma de horquilla o, como en su caso, con un péndulo averiguan por dónde discurre una corriente de agua subterránea. En su caso, utiliza un péndulo dorado (comprado en Barcelona) con forma de bellota –al que mete unas gotas de agua–, que lleva en la guantera de su todoterreno. No cobra, recalca, como radiestesista. Si un amigo se lo pide, le hace el favor. Y si descubre la corriente, se conforma con que le invite a comer.
No sólo es capaz, dice, de hallar el pozo, sino también de averiguar su caudal y profundidad. Las dos últimas ocasiones en que usó el péndulo casi dio en el clavo: un manantial que decía que se encontraba a 36 metros, estaba a 33; otro que detectó a 125 lo hallaron a 112 metros. «Y están tan contentos. Yo no cobro nada, sólo lo hago para los amigos», insiste.
Descubrió su habilidad hace 40 años, mientras paseaba por el campo con una varilla metálica en la mano. Los giros que da el péndulo, en principio sin que intervenga la fuerza humana, le indican la profundidad del agua. Y sólo detecta corrientes, nunca aguas estancadas, indica.
Además de las concentraciones dinámicas del líquido elemento, un péndulo en sus manos le permite escudriñar dentro de los huevos y determinar, asegura, si serán pollos o gallinas, e incluso si las cerdas de su granja «están preñadas».
El pozo de 496 metros, el más hondo de la isla, que hay en su finca de Can Aucala, cuya bomba está colocada a 160 metros de la superficie (a nivel del mar), es un ejemplo de esa rara habilidad. Ese manantial que riega sus 5.000 naranjos surgió cuando su péndulo empezó a girar descontroladamente.