IBIZA | J. M. L. ROMERO
El ambiente dentro del invernadero es irrespirable: hay una humedad que abruma y sofoca y una temperatura de 48 grados. En comparación, la del exterior, 39 grados el pasado jueves a las 13 horas, es un alivio. Bajo los plásticos hay una extensa superficie de terreno de la que hace apenas dos semanas fueron arrancadas todas las matas de tomateras. No queda ni un tomate sano.
Dentro de ese horno plastificado quedan aún unas cuantas hileras de tomateras que pronto serán también eliminadas pues ya han sido atacadas por la plaga de la Tuta absoluta. Colomar coge un tallo y explica de manera didáctica los síntomas que evidencian que la planta está enferma y, lo peor, que ya no tiene remedio, pues esa plaga es inexorable: las hojas, resecas, como calcinadas pero de color pardo, se desmenuzan al contacto con los dedos; en los tomates que aún quedan hay unas pequeñas manchas negras que indican por dónde se han introducido las pequeñas orugas, verdes e inquietas, para barrenar el fruto, inservible ya para el consumo. En total, la polilla ha destrozado 6.000 plantas dentro del invernadero de Can Durban, cerca de Cala Llonga.
12.000 tomateras arrancadas
En el exterior, Colomar se ha visto obligado a arrancar otro cultivo entero de tomates, otras 6.000 plantas. Aunque tiene la esperanza de que un pequeño sector sobreviva, el aspecto de las hojas indica que tiene pocas posibilidades: están cubiertas por una característica telilla que, según Colomar, «ahoga» la planta hasta secarla. En total, las pérdidas de su finca ascienden a cerca de 200 toneladas de tomate, que son las que tenía previsto recolectar este año, a razón de unos 15 kilos por planta.
Las tomateras arrancadas recientemente se acumulan cerca del invernadero a la espera de volver a ser quemadas. Ya intentó incinerarlas una vez, pero cuando el fuego era más intenso, el reloj dio las 10 y tuvo que apagarlo, según mandan las ordenanzas, que estipulan que esos incendios controlados sólo se pueden iniciar, como pronto, a las 7 de la madrugada. Tres horas después hay que sofocarlos. Y como para apagarlo tuvo que emplear agua, ahora debe esperar a que los matojos se sequen para prenderlos de nuevo.
Nube de polillas
Mientras, las orugas de la Tuta absoluta se han metamorfoseado y convertido en enanas polillas, que en masa sobrevuelan, pequeñas pero letales para los tomates, los tallos a medio quemar. Hace dos semanas, según cuenta Colomar, era «imposible» entrar en el invernadero, pues la cantidad de mariposillas de Tuta que había, y no sólo el sofocante calor y la humedad, convertía el ambiente en irrespirable. El terreno infestado, tras labrarlo, estará listo de nuevo en enero para ser cultivado.
En su colmado de Can Durban, junto a la finca, Colomar vende todo tipo de frutas y hortalizas ibicencas, casi todas de su productiva huerta, excepto tomates, que proceden, debido a la plaga, de fuera. Los suyos y los de numerosos agricultores ibicencos están picados por la polilla o, ante la enorme producción y bajos precios del mercado, tienen una complicada salida comercial.
Sin sulfatar
Más suerte han corrido los 5.000 naranjos de su finca de Can Aucala, situada a escasos metros de la escuela unitaria de Sant Mateu, donde estudió durante dos años en su niñez. Tiene la teoría de que la mosca de la fruta, la Ceratitis capitata, ha respetado sus cítricos porque este año evitó sulfatar esa parte del campo. Cada uno de sus árboles da entre 50 y 100 kilos de naranjas.
La mayoría, tras las heladas sufridas en los pasados inviernos, producirá al máximo en dos años, según calcula. Mientras, respira tranquilo porque en las trampas colocadas por la conselleria insular de Política Patrimonial y Agrícola (unos botes de color amarillo en cuyo interior hay un sobre con feromonas para atraer a la Ceratitis) no hay ni una sola mosca de la fruta, de momento. «Hace un par de años era una barbaridad las que había», asegura mientras coge orgulloso una verdosa navelate, que no será naranja ni jugosa hasta las próximas navidades, cuando podrá ser recogida. Ya en septiembre se verá obligado, asegura, a sulfatar el terreno para hacer frente a la mosca de la fruta, pues es en esa época cuando llega a su apogeo la proliferación de este dañino insecto. Incluso en su finca de Can Durban, en Cala Llonga, este año ha tenido, de momento, suerte porque el único naranjo que hay allí plantado está limpio de Ceratitis: «Hace unos días, mi mujer me pidió que recogiera las naranjas de ese árbol. Aún estaban en las ramas, cuando hace un año cubrían ya el suelo a causa de la mosca».
El precio de «hace diez años»
«Cuanto menos sulfatas –insiste– mejor. Es como en los humanos: cuantos más antibióticos, menos defensas tienes». Confía en sacar este año de esos naranjos alrededor de 500 toneladas de fruta, de la valencialate (más dulce) y de la navelate.
Mecánico, navegante (recientemente ha surcado las aguas de Mallorca y de Melilla) y agricultor (sus hermanos, Juan y José, ex presidente del PP y ex presidente de Cruz Roja, respectivamente, le llaman con cariño el pagès), considera que «el campo, en Ibiza, nunca es un negocio del que se pueda sacar mucho dinero». Sus huertas, recalca, sólo dan para pagar los servicios de dos matrimonios, uno en cada finca, y de una quinta persona que trabajan para él. La agricultura es para él, sencillamente, su afición. «El precio de las naranjas y de los tomates es muy barato, el mismo que hace diez años», se queja, aunque gracias a sus «muchos amigos» y a su propio negocio, coloca fácilmente su mercancía, especialmente a los mayoristas.
Y con lo que le sobra da de comer a sus gallos y cerdos (que no prueban el pienso), protagonistas, luego, de sus matanzas en es Sitró, que es como bautizó el político Pere Palau una caseta de Can Aucala que hace las veces de rincón gastronómico pagès y en donde Colomar invita a sus amigos a reuniones pantagruélicas. De esa finca, donde crece un pino que tiene sus mismos años, 67, no se le escapa ni un detalle, pues cada motor o sistema de distribución del abono y de goteo, lo ha instalado con sus manos. Él mismo arregla por el camino cada desperfecto, ora un tubo que desprende agua, ora unas ramas que arranca porque perjudican el crecimiento de uno de los naranjos de las 11 hectáreas de Can Aucala, la misma superficie de Can Durban, aunque cada zona ha corrido este año distinta suerte.