IBIZA | MARTA TORRES
Desde ayer, todo esto son sólo recuerdos. Can Rafal abrió por última vez. Vicent y Maria echaron el cierre a los 48 metros cuadrados en los que han pasado muchas más horas que en su casa. «Es nuestra vida», comentan mirando a su alrededor sentados en una de las mesas cercanas a la barra, la misma que encontró Vicent cuando, a los once años, entró a trabajar en el que ya entonces era el Can Rafal. «Llevo 54 años viniendo aquí cada día», señala. Antes de eso, Vicent recorría las calles de Vila repartiendo ensaimadas y cruasanes por la mañana y cocas por la tarde. «Un día el dueño de Can Rafal me preguntó si me interesaba trabajar aquí y le dije que sí. Y desde entonces. Trabajé con él hasta que se retiró y luego seguí yo con mi familia», apunta mientras su hija menor, Teresa, le sirve una caña.
Maria llegó a Can Rafal hace 33 años «un 3 de mayo». Lo recuerda perfectamente. Ella siempre ha estado en la cocina. «La misma comida que preparaba para nosotros, la preparaba para el bar», comenta. Antes de llegar al menú, sin embargo, pasó la época de las tapas. «No estábamos autorizados, pero preparábamos alguna cosa para los amigos y la gente de las tiendas de la zona», confiesa Vicent, que recuerda que las primeras tapas que sirvieron fueron de frito de pulpo, asadura y frito de cerdo. «Las servíamos a una peseta y media. Y los bocadillos los vendíamos a 50 ó 60 céntimos», añade. Como platos, los primeros que desfilaron por las mesas del bar fueron sopas, algún arroz a la marinera y garbanzos. «Lo que la gente siempre me ha dicho que le gustaba más era el arroz de matanzas. Aunque la verdad es que a los que vienen les gusta todo lo que preparo, dicen que es como si comieran en casa. No me paso con el aceite ni con el picante», reconoce Maria, que confiesa que desde que han dejado de servir comidas se enfrenta a un gran dilema cada día: qué preparar para comer.
Pasar por el bar a mediodía era encontrarse casi siempre con las mismas caras. Gente de la Marina. Algunos llevan comiendo allí más de la mitad de sus vidas. «Vicentet de Can Verdera ha comido aquí durante 34 años, creo que es nuestro cliente más antiguo», comenta Vicent, que confiesa que los habituales del bar son como su familia. «Aquí venías a comer y te sentabas donde hubiera sitio. Compartías la mesa con gente que quizás no conocías», dice Vicent, que estos días no hace más que repetir una y otra vez a los clientes que cierra el bar. «Algunos son turistas a los que vemos de verano en verano. Hoy se lo he dicho a unos y se han quedado muy tristes», comenta sin poder esconder las pocas ganas que tiene de abandonar el local en el que lleva desde que era un niño.
Vicent y Maria no dejan el Can Rafal por gusto. Ellos seguirían. Al menos dos años más, los que le faltan a Maria para poder jubilarse. Pero se les ha acabado el contrato y la dueña no se lo ha renovado, así que los dos próximos días los pasarán descolgando de las paredes los recuerdos que han ido acumulando. El bastón con el que amenazan a quien no quiera pagar, las fotos en blanco y negro de futbolistas famosos, la camiseta firmada del Madrid —«soy merengue a matar», confiesa Vicent—, el espejo, la bufanda del Bayern de Múnich... «Además, ahora es cuando empezábamos a hacer algún duro, con peatonalización, la terraza, las noches...», reconoce Vicent.
Arriba y abajo
Maria recuerda que comenzó en el bar cuando su hijo mayor, Vicent, tenía «tres años y medio» y el pequeño, Juan Antonio, «sólo ocho meses». Teresa todavía no había llegado a la familia. «Vivíamos en el piso que hay encima del bar, así que estábamos siempre subiendo y bajando. Por la mañana me levantaba, bajaba, limpiaba el bar, subía, les ponía la leche con colacao, los llevaba a la guardería Ditets y volvía», recuerda María. Entonces todavía iban en moto: «Es que no me saqué el carnet hasta los 35 años».
En aquel entonces había días que el bar no cerraba en todo el día. Bueno, las puertas sí, por la noche. Pero sólo las puertas. Dentro, Vicent y algunos clientes jugaban a las cartas hasta bien entrada la madrugada. «Hubo una temporada que abríamos a las cinco para servir desayunos a los trabajadores del puerto, entonces había muchos, no tantas máquinas como ahora, y cuando yo llegaba a las cuatro y media para fregar me los encontraba aquí con las cartas y el coñac», explica Maria. Los dos reconocen que el Can Rafal les ha llevado «locos» y «con la lengua fuera». «Ahora estamos cansados y nos cuesta más», afirman a la par.
Para los dos, el peor momento que han vivido en el bar es el que están pasando ahora. Los mejores: «las fiestas familiares, cumpleaños, bautizos, que hemos celebrado aquí con paellas, torrada de gambas y guisats de peix para toda la familia y amigos».
Maria y Vicent no guardan muchas fotografías de su vida en Can Rafal. «Es trabajo», justifican. Conservan algunas de las partidas de cartas en las que se ve a Vicent con unos amigos y alguna con turistas. «Gente que venía cada año, se hacía las fotos y luego nos las enviaba. De repente, un año dejaban de venir y te preguntabas qué habría pasado con ellos», señala Maria. Ella asegura que lo que más echará de menos es a la gente.
El barrio, una familia
«La gente de las tiendas de por aquí al lado viene a pedirnos cambio, nos encargan el desayuno mientras abren y, si vemos que se les enfría se lo llevamos», señala Vicent. «A veces nos dejan las llaves para que alguien pase a recogerlas y algunos vecinos que se han mudado temporalmente por obras han pedido que les dejen aquí la correspondencia. Hemos funcionado siempre como una consigna», le interrumpe Maria. «Son como familia para nosotros. En invierno a veces vienen y hablamos de hacer ganchillo o puntillas», añade.
En los 54 años que Vicent lleva en Can Rafal sólo han hecho tres cambios: tirar el tabique que separaba el espacio en el que se celebraban las partidas «fuertes» que estaban prohibidas, convertir el cuarto de baño que había en dos y habilitar un almacén, los dos armarios que ahora quedan a la izquierda del bar.
Maria recuerda con nostalgia los años en los que lejos de ser una excepción en el barrio eran uno más de los muchos bares que había en la zona. «Sin ir muy lejos había unos siete: El Dorado, Can Domingo, el Mig Terç, el Fondo, el Portinatx, el Victoria...», enumeran. «Y todos estaban llenos. Es que la competencia es muy buena, porque llama a la gente. Es entonces cuando abríamos a las cinco de la mañana. En invierno había más movimiento por el barrio», comenta Maria. Ahora, apenas quedan un par de tiendas abiertas en los meses de frío. En aquellos años, cuando el Carnaval pasaba por la Marina, Vicent se disfrazaba para atender a los clientes, algo que muchos recuerdan con cariño.
La canción de Gary
Vicent y Maria guardan con cariño las fotos que se han hecho con algunos de los famosos que han pasado por el bar. Unas pocas, con futbolistas, cuelgan de las paredes. La mayoría las tienen en casa. Sergi, Xavi, Zidane, Vicente del Bosque, Michel, Gallego o Camacho son sólo algunos de los que han probado el café de Can Rafal. «Zidane era un gran cliente», afirma Vicent. «A mí, Vicente del Bosque me pareció muy simpático», apunta su mujer, que recuerda también a Loles León o Tita Cervera sentadas en la terraza del bar. Detrás de la barra, junto a las fotos de los nietos, tienen una foto de Teresa, de 17 años, muy sonriente, con Gary Dourdan, el actor de CSI. «Lo vimos y la llamamos corriendo porque sabemos que le gusta», recuerda Maria con una sonrisa que se convierte en carcajada cuando su marido le recuerda que el norteamericano, un día cuando la vio entrar, se puso a cantarle el ´Maria´ de West Side Story. «Cuando venía apoyaba los brazos en la barra y le daba un beso», comenta Vicent, lo que le sirve a Maria para puntualizar que ella, detrás de la barra, apenas lleva unos años.
«Pero dicen que hago mejor el café que él. Mis hijos me piden que se lo haga yo y hasta él [señala a Vicent] también prefiere el mío», dice. Vicent hace el amago de contestar, pero ella le frena: «¿Es porque lo hago más bueno o es por gandulería?». Vicent calla. Y ríe.
De momento, Maria y Vicent seguirán haciendo cafés. Se mudan al bar de Can Botino, donde completarán los dos años que le faltan a Maria para jubilarse. No están preocupados por si les irá bien, lo que les tiene en un sinvivir es si allí la gente será como la que llevan décadas viendo en Can Rafal, parte de su familia. Aunque miran con cierta pena las paredes de la que se ha sido su casa, donde han crecido sus hijos y comenzaban a ver crecer a sus nietos, no dejan de mostrar la inquietud de dos adolescentes ante el nuevo proyecto que afrontan pasados los 60 años: Hay que poner algo bajo las escaleras del Ayuntamiento para que la gente sepa que hay un bar, abrir por las tardes durante el verano para los turistas, pensar en los uniformes, quizás una neverita de helados, dónde colocar la foto de los nietos...