IBIZA | ALBERTO FERRER
Zorayda sólo tiene una clienta, una señora mayor que sólo puede darle trabajo dos horas semanales porque sólo tiene su pensión para pagarla. De todos modos, la señora necesita que alguien esté más horas por ella y esta enfermera cubana no trabaja con taxímetro, así que si hace falta se queda un poco más para hacerle compañía y contarse sus cosas. Alguna vez se han hecho favores.
Su relación laboral comenzó bajo la mediación de Cáritas, que recoge las demandas de empleo para el servicio doméstico y las cubre con alguna de las integrantes de la bolsa de trabajo que han creado para este sector laboral. En su papel de mediadora, la organización exige unos mínimos requisitos tanto a la candidata a recibir ofertas de empleo como al empleador, unas condiciones que son más difíciles conseguir en tiempos de crisis.
El servicio doméstico está resintiéndose especialmente en la coyuntura actual: «Las familias siguen necesitando de apoyo en casa, pero de lo primero que se prescinde es de la señora que limpia en casa», comenta la coordinadora de la bolsa de empleo de Cáritas, Olga Meza, que trabaja junto con Claudio Reccia, mediador con los empleadores.
La misión de ambos es la de dignificar las condiciones laborales en las que trabajan las empleadas del servicio doméstico y concienciar a los ofertantes de la necesidad de satisfacer unos mínimos: «Todos los acuerdos que se cierran deben formalizarse en un contrato», aunque este puede ser verbal en un sector «atípico». Cáritas vela por que en estos acuerdos se reflejen y respeten «descansos y días libres», además de las condiciones económicas.
Esto choca a veces con la propia concepción de los empleadores, que valoran poco el trabajo que prestan estas profesionales e intentan regatear a menudo: «No es extraño que pregunten si se puede descontar el alojamiento, en caso de contratar a una persona interna, o lo que gasta en comida durante la jornada», comenta Reccia.
Medio millar de candidatas
«Es un colectivo muy vulnerable», comenta Reccia, como precisamente se está viendo ahora, cuando muchas empleadas del hogar están quedando en la calle. Sus servicios se entendían como un lujo prescindible, incluso cuando se requerían sus servicios para el cuidado de las personas dependientes. En los hogares en los que alguno de sus miembros ha perdido su trabajo, se ocupa ahora de esa misión.
Actualmente, la bolsa de empleo doméstico de la organización eclesiástica cuenta con entre 400 y 500 personas inscritas. Son, sobre todo, mujeres y entre ellas son mayoritarias las inmigrantes. Reccia comenta que las inscripciones aumentan constantemente: «Sólo esta semana hemos hecho 14 nuevas inscripciones. En los últimos meses, también por la crisis, se ha producido un cambio importante en el perfil de las candidatas. El colectivo de magrebíes ha pasado a ser el principal, superando al de las mujeres latinoamericanas.
Esto implica un «cambio total» de situación en las familias recién llegadas. Lo que ha sucedido es que, por su cultura, estas mujeres se quedaban en casa para ocuparse de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos mientras sólo los varones salían al mercado laboral, la mayoría para trabajar en la construcción. La debacle del sector ha dejado a muchos en la calle y sin posibilidad de encontrar un trabajo a corto plazo. Esto ha forzado a sus mujeres a salir de casa para buscar los ingresos que ya no garantizan sus maridos. Meza comenta que ellas tienen más complicado encontrar un trabajo porque muchas no conocen el idioma, por lo que también se imparten clases de alfabetización para prepararlas «para entenderse con su empleador».
Reccia añade que no ha encontrado casos de racismo a la hora de elegir a la candidata, aunque sí cierta desconfianza porque se trata de elegir a la persona «que estará dentro de su casa y le cambiará la ropa sucia a su pariente», añade Zorayda. A menudo sucede que la relación profesional pasa a ser personal, y eso sucede en un plazo muy corto, porque el contacto no es sólo por negocios, «es íntimo». Las ofertas llegan sobre todo del medio rural de la isla, donde el apego a la tierra hace que los mayores y sus familias «aguanten mucho más antes de abandonar su casa para ir a una residencia o a casa de los hijos».
Ella asegura que nunca se ha sentido perjudicada por tener algo más que una relación profesional con sus usuarios, al contrario, sólo le ha reportado beneficios: «Una señora se ofreció a hacerme contrato, a pesar de que trabajaba muy poco para ella», lo que equivale a poder trabajar legalmente e, incluso, acceder a otros sectores de empleo. Además, cada mes cotizado cuenta para mantener el permiso de trabajo. Por ello Reccia y Meza pronostican muchos problemas para bastantes trabajadoras, ya que las demandas han bajado mucho. «Muchas volverán a estar sin papeles este invierno», aseguran. «El trabajo nunca es constante», apunta Zorayda, que también lamenta lo poco que se valora la labor que realiza gente como ella: «Cuidamos y limpiamos a sus mayores, he llegado a soportar los insultos de una persona que se volvió demente, pero eso no se reconoce» a nueve euros a la hora.
Cáritas ha recibido tradicionalmente ofertas de empleo en el ámbito del hogar y sólo recientemente se ha organizado como una bolsa de trabajo para establecer unos mínimos de calidad para las dos partes. Recibir la consulta de alguien que busca «una persona de confianza» para el trabajo doméstico siempre ha sido habitual, debido al carácter de la entidad eclesiástica, con usuarios que pertenecen «al colectivo más vulnerable de la sociedad, personas en riesgo de exclusión social y mujeres inmigrantes en distintos estadios de regularización», comenta Meza.
En definitiva, el servicio doméstico venía siendo, en los últimos años, un yacimiento de empleo ideal para las personas que llegan a la isla con un bajo nivel de formación. También ha sido la vía por la que tradicionalmente se han podido regularizar sobre todo las mujeres procedentes de otros países.
Lo que ha cambiado es que, ante la reducción de demandas que se reciben, el tiempo que pasan las candidatas esperando una oferta se ha incrementado mucho: «Tratamos de tener actualizada la bolsa y alguna inscrita puede pasar meses sin una oferta», asegura Meza. También es cierto que muchas encuentran algún trabajo por su cuenta. Muchas han pasado a otros sectores como la hostelería a la mínima oportunidad, aunque Zorayda prefiere seguir en el servicio doméstico, a pesar de la desprotección que hay.
En Ibiza, según datos de abril de este año, hay 1.175 mujeres dadas de alta como empleadas del hogar, que cotizan 160 euros mensuales a la Seguridad Social sin contraprestaciones como cobertura de desempleo. En caso de baja médica deben satisfacer el primer mes de cotización y sólo a partir del segundo se les bonifica algo de la cuota. Reccia comenta que el marco legal es «nefasto, casi esclavista» y varias entidades negocian con el Gobierno para cambiarlo, aún a día de hoy está vigente «el pago en especies» y se aceptan los contratos orales. A pesar de ello, como mediadores proponen que se pague al menos el salario mínimo (624 euros mensuales) para 40 horas semanales. Reccia graba los contratos verbales, para hacerlos respetar en caso de conflicto.