IBIZA | JOAN LLUÍS FERRER
La antigua Comandancia Militar de Puig des Molins será algún día un rutilante centro académico repleto de estudiantes de Turismo y otras carreras afines, pero hoy es un auténtico basurero de tres pantas de altura.
Exteriormente, parece un simple edificio abandonado –muy abandonado–, repleto de pintadas, con las puertas y ventanas desvencijadas, las persianas colgando y los cables eléctricos caídos sobre una fachada decrépita. Escombros de obra aparecen dispersos por los alrededores y todo está sumido en una desolación absoluta, como si hiciera décadas que el último vestigio humano hubiera huido de aquí. El silencio es total.
Y, sin embargo, el interior de ese caserón está repleto de gente. A día de hoy viven allí 32 personas, pero que pueden llegar a ser casi 50 en momentos concretos, según informa Ana María, una ´sin techo´ de edad indeterminada y aspecto enfermizo que ha aparecido de uno de los lúgubres pasillos del interior del inmueble y va mostrando a los periodistas la existencia de todo un mundo inesperado. Va recorriendo el pasillo esquivando los montones de basura que desde hace meses se acumulan en el suelo: «Aquí están unos alcohólicos, pero ahora se han ido; en esta otra habitación había dos que estaban metidos en la droga y ahora están escondidos porque los busca la policía; en esta otra hay unos jóvenes polacos...». Va abriendo alguna de las ´habitaciones´ para mostrar su interior y en una hay un colchón mugriento en el suelo por todo mobiliario, en otra directamente no se puede entrar porque la pestilencia que despide la basura es tan intensa que amenaza con un contundente mareo al que no está acostumbrado.
Sigue enseñando cuartos en medio de la oscuridad mientras alguna silueta desgarbada va asomando curiosa desde sus cuchitriles para ver qué pasa. «Aquí estaba un italiano que se dedicaba a robar bicicletas», afirma Ana María, señalando una habitación con dos o tres bicicletas desmontadas. «Como lo vea la Policía, tendremos problemas todos», explica con preocupación esta mujer que asegura que trabaja limpiando «algunas casas» de forma ocasional.
El imperio de Noki
El hedor es insoportable se vaya por donde se vaya, aunque en ocasiones Ana María muestra con orgullo alguna dependencia sin basura, como si fuera un oasis en medio de un desierto: «Lo hemos dejado muy limpio, ha costado mucho trabajo», afirma con satisfacción. De hecho, los residentes en esta especie de hotel de la marginalidad han recogido en las últimas semanas «montones de basura» que ahora se acumulan en el exterior dentro de docenas de grandes bolsas.
Otra de las inquilinas de este edificio es Noki, una mujer thailandesa que ha logrado, sin duda a base de mucho esfuerzo, crear lo más parecido a un hogar que hay en este inmenso inmueble. La puerta de lo que se puede considerar su casa está asegurada mediante una cadena de espectacular grosor que pasa a través de un orificio practicado en la pared y otro en la puerta. Hay varias habitaciones decoradas con dignidad, camas hechas y limpias y algún armario del que cuelga ropa ordenada. En una cocina bastante recogida está en marcha un guiso de olor indefinible. Un lavabo –sin agua, pues no hay agua en todo el complejo, como tampoco hay luz– y otras dependencias demuestran que aquí hay un orden totalmente distinto al caos que invade toda la Comandancia. Noki vive aquí con otras tres personas, a las que ella cede las habitaciones. La comida se la proporcionan en un restaurante de forma desinteresada, pues ahora no trabaja y no tiene medios para pagar nada.
«Tengo miedo de que me echen de aquí», afirma esta diminuta thailandesa. «Más que por mí es por mis ocho gatitos», afirma mientras abre la puerta de un armario repleto de ropa sobre la que aparecen las ocho pequeñas criaturas. «¿Dónde los llevaré?», se pregunta angustiada en un mediocre castellano. Hace un año que está aquí y asegura no pasar miedo al vivir rodeada de un vecindario tan peculiar.
Ya fuera de las posesiones de Noki, de vuelta otra vez a un submundo de suciedad e insalubridad, aparece un hombre semioculto detrás de la puerta entreabierta de su habitación. Con rostro asustado, afirma llamarse Hassan y es marroquí. «No tengo nada», afirma. «Lo único que pido a las autoridades es que nos den más plazo, más tiempo. No quiero oír la palabra ´fuera´», indica antes de volver al interior de su particular gruta.
Del fondo de otro pasillo se recorta la figura semidesnuda –sólo lleva una especie de bañador– de un joven italiano llamado Alessandro que apenas habla español. Su habitación consiste en dos colchones en el suelo, en el que duermen él y su novia, que no quiere que aparezca su nombre, así como su perro. Un sillón y una mesita completan los enseres de esta pareja que llegó a Ibiza hace un mes y medio en barco buscando un trabajo que todavía no han encontrado.
«En Italia yo hago pizzas, si usted sabe de algún restaurante que me quiera emplear, dígamelo», implora Alessandro, quien admite que no tiene medios para pagar nada. «Si no, no estaríamos aquí», asegura. «¿Miedo a vivir aquí? A lo que tengo miedo es a la mierda que hay por todas partes en este edificio, al resto no le tengo miedo», añade.
Otro de los okupas instalados en la Comandancia es José Luis López, un valenciano que ejerce de portavoz de la Asociación de Okupas (Asoka) del edifico de la antigua Comandancia. Muestra con orgullo la «sala de reuniones», que es como llaman a una sala limpia de residuos, aunque admite que no ha tenido mucho éxito la convocatoria hecha para ayer por la tarde de limpieza general en el edificio. En realidad, no se ha presentado nadie, aunque prefiere referirse a «cuestiones de logística humana». Volverá a intentarse mañana miércoles.
«Estamos esperando que el Consell Insular nos diga algo», explica cuando se le pregunta por la orden de desalojo que figura colgada en un enorme tablón en la fachada, con el logotipo del Consell. «Hemos hablado con ellos y nos han dicho que están estudiando alternativas», añade. También el Ayuntamiento de Ibiza, a través de la concejalía de Bienestar Social, está estudiando la situación.
Hace sólo unos días había también alojados en ese ambiente infecto una madre con su bebé de sólo dos meses. Según aseguran los okupas que ahora quedan allí, ambos «se fueron al barrio de ses Figueretes y no se sabe nada más de ellos».
Mientras llega el desenlace desde las instituciones oficiales, el hotel de los ´sin techo´ es de los pocos de la isla que presentan un elevado nivel de ocupación.