EIVISSA | R. SÁNCHEZ
Para conseguir su diploma, las tres nuevas matronas han tenido que asistir un mínimo de 60 partos durante los dos años que ha durado su formación. Sesenta partos dan para mucho: para hacerse una idea de lo que puede dar de sí un trabajo así, para descubrir la proximidad entre la vida y la muerte y para vivir numerosas anécdotas.
A diferencia de sus compañeras, Zara no tenía experiencia profesional previa y no había entrado en un paritorio nunca antes de su llegada a Eivissa. Recuerda el primer parto que asistió en Can Misses en su primer año como residente como «muy emocionante». «Todo fue muy fluido. Había mucha complicidad entre los padres. En ese instante dije: no me he equivocado. Es lo que intento recordar en los malos momentos».
«A mí me han tocado partos muy bonitos. De esos en los que puedes pasar toda la dilatación con una mamá, te ganas su confianza y ella acaba pidiendo que seas tú quien la acompañe en todo momento. Es muy gratificante. Recuerdo un parto que fue exactamente como la madre quería y lloré por haber asistido a algo tan bello», cuenta la burgalesa.
Asegura que «sacar a un niño» es un momento «muy íntimo», en el que a las matronas se les dispara la adrenalina. «Intentas explicarlo, pero hay que vivirlo. Se te pone el corazón a cien, pero el resultado es muy bonito», apunta Cristina. Y al parecer esa emoción no desaparece con la rutina: «Yo he visto a matronas con 40 años de experiencia emocionarse con un parto», asegura Zara, la más joven.
El primer nacimiento que atendió Cristina fue excepcional: una tercípara que dilató muy rápido y el niño nació en la habitación. «Dijo que necesitaba ir al baño y el niño nació allí mismo, de pie, lo cogí al vuelo», rememora. En otras ocasiones se han enfrentado con ataques de pánico de las parturientas en el último momento. «Cada madre es diferente y cada parto también. Desde luego no es un trabajo rutinario», sentencian.