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Luis Racionero, escritor: «Me hubiera gustado ser trovador y alquimista, como Ramon Llull»

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El escritor Luis Racionero estuvo ayer en Eivissa para presentar el documental realizado por su hijo Alexis
El escritor Luis Racionero estuvo ayer en Eivissa para presentar el documental realizado por su hijo Alexis Moisés Copa
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Luis Racionero estuvo ayer en el Club Diario de Ibiza presentando un documental que ha realizado su hijo Alexis. Experto en la cultura del Mediterráneo, en contraculturas y otras utopías, es autor de numerosos e interesantes ensayos que forman ya parte de la biblioteca imprescindible de las últimas cuatro décadas. Acaba de publicar un nuevo ensayo que, entre el desengaño y el buen humor, nos habla del amor y del matrimonio.

EIVISSA | VICENTE VALERO La primera vez que Luis Racionero (La Seu d´Urgell, 1940) visitó Eivissa fue en el célebre Congreso Internacional de Diseño, que tuvo lugar en 1971 en el Port de Sant Miquel y en el que tuvo una participación muy activa. Luego ha seguido visitando la isla con cierta frecuencia y, como experto en Mediterráneo y contraculturas, supongo que ha venido observándola con alguna curiosidad. Es autor de numerosos ensayos sobre cultura y sociedad, así como novelista y articulista de prestigio. Ha sido director de la Biblioteca Nacional y director del Colegio de España en París. En Berkeley (California) se doctoró en Urbanismo y vivió los espectaculares inicios del movimiento hippie. Ha sido profesor de Economía en la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar un extraño libro titulado ´Sobrevivir a un gran amor, seis veces´, en el que hace repaso de su trayectoria sentimental y de lo que –desde el desengaño y el humor– ha aprendido de ella. Conversamos en una terraza con vistas al mar y a la isla de la Conillera, en casa del también escritor Jorge Montojo. Ambos presentaron ayer por la noche en el Club Diario de Ibiza un documental sobre la ruta hippie a la India, realizado por Alexis Racionero, hijo del escritor.

—¿El interés de su hijo Alexis por los hippies se debe a la influencia del padre?
—Creo que sí. Él se encontró en casa con todos los discos originales de los Beatles, de los Stones... Bueno, y además, aunque nació en 1971 en Barcelona, fue concebido en California. Seguro que casi sin querer debió de impregnarse de los libros, las revistas, los discos que teníamos en casa por aquella época. A veces hay hijos que hacen lo contrario que sus padres, que tienen gustos radicalmente distintos, pero mi hijo parece que no, que le han interesado las mismas cosas.
—Usted fue testigo directo de los acontecimientos de Berkeley, donde vivía por entonces, de la revolución de los hippies. ¿Vivió también la efervescencia de Eivissa?
—No, por desgracia. Cuando volví de Berkeley en el año 70 viví en una comuna en Barcelona, pero no llegué a venir a Eivissa. Mala suerte, vine tarde.
—¿Y qué piensa hoy, desde la distancia, sobre el movimiento hippie en general?
—Pues que es la revolución pendiente. De ella salen las propuestas más interesante del siglo XX, y algunas de ellas han llegado a adoptarse. Cosas que pedíamos entonces ahora son como el ir a pie. Por ejemplo, la ecología. Ahora son ecologistas hasta los comunistas, que ya es el colmo. Pero en aquella época sólo los hippies hablábamos de ecología o de feminismo. Aún quedan temas pendientes. Por ejemplo, el uso de las sustancias psicodélicas al modo chamánico, religioso, como se había hecho siempre, para cambiar la mente y los estados de ánimo.
—Bueno, para mejorar el ánimo sí se recetan muchas drogas legales.
—Sí, pero cuando ya están todos deprimidos, destrozados, y ya no sirven para nada. Hay que dárselo a la gente normal para que vea lo que hay detrás de la realidad y se sienta mucho mejor. Y hay otra serie de cosas que proponían los hippies que todavía están pendientes: la comuna, la reducción del horario laboral, etcétera.
—Usted fue uno de los primeros en escribir sobre temas de ecología en nuestro país.
—Sí, en la Revista de Occidente publiqué un número extraordinario, en 1973 ó 1974, en el que aparecían artículos fundamentales que habían sido publicados en revistas americanas sobre todo, que explicaban muy bien qué era el movimiento ecologista. Entonces, el ínclito Manuel Vázquez Montalbán, comunista egregio, dijo que yo era un embeleco pequeñoburgués que hablaba sobre ecología, que era, por supuesto, otro embeleco pequeñoburgués para distraer el objetivo fundamental, que era la lucha de clases. Ahora me produce un profundo sarcasmo ver cómo los comunistas, que no tienen nada que ofrecer, se han agarrado a la ecología como a un clavo ardiendo. Vaya cinismo.
—Usted ha escrito también sobre contraculturas. En su libro ´Filosofías del underground´ (1977) recoge sus estudios sobre el tema. ¿Qué contraculturas vislumbra en nuestros días?
—No hay. Tal vez los movimientos de evolución personal. No digo el New Age porque contiene muchas chorraditas. Pero la única contracultura que yo veo es la búsqueda personal de raíces espirituales.
—¿Cree que el sistema se ha reforzado para impedir que vuelvan a florecer contraculturas potentes como las de mediados de siglo XX?
—Exacto. En un momento dado, cuando los hippies triunfaban en California, creo que fue el propio sistema el que empezó a diseminar drogas de esas que no hay que tomar, heroína y cosas de ese tipo, de todas clases, que en vez de abrir la mente, la cierran. Persiguieron a Ginsberg, a Timothy Leary. Y los cantantes más potentes murieron todos, qué casualidad.
—¿Hay nuevas utopías?
—Bueno, todavía quedan todas, ya que por definición no se cumplen. Pero no parece que haya utopías nuevas. Hay épocas más propicias que otras para formular utopías. Ahora con esto de la crisis, tienen espantados a todo el mundo, y la única utopía es no perder el empleo. Imagínate. Y también hay que ser justos y reconocer que el nivel de bienestar ha aumentado mucho en las últimas décadas. En los años 40, la situación que vivimos hoy era una utopía. No digo que esto que tenemos sea lo mejor, pero sí que hemos mejorado mucho en sanidad, en educación, en igualdad de oportunidades. Hay, por tanto, utopías que se han realizado. La próxima revolución no será ni política ni económica, sino cultural, es decir, espiritual.
—Ha escrito también sobre la crisis internacional, sobre las civilizaciones, por ejemplo en ´Oriente y Occidente´ (1993). ¿Cree posible una ´alianza de civilizaciones´?
—Ya lo dijo Mo Ti: «si no coinciden los estándares del mundo, ¿cómo nos vamos a entender o cómo vamos a vivir en paz?» Y Mo Ti vivió en el siglo III antes de Cristo. Una cultura en definitiva no es más que una plasmación de una serie de valores. Lo fundamental, por tanto, es ponernos de acuerdo con unos valores mínimos, esenciales. Más que una alianza, es necesaria una armonización de civilizaciones, un consenso mundial de valores entre civilizaciones para que podamos al menos respetarnos.
—Pero es difícil que el mito de la identidad no salga a relucir y lo enturbie todo...
—Las personas o los pueblos que sienten amenazada su identidad se sienten como animales a los que se les cierra la salida. Por eso atacan. Pasa lo mismo aquí, por ejemplo con los vascos. Sienten amenazada su identidad y atacan. Puede que los musulmanes sientan que su identidad sufrirá si abandonan su estado preindustrial, no sé. Hay gente que teme a la modernidad, cree que con la modernidad llegarán todos los males. Esta cosa de la identidad es lo que trae el nacionalismo mal entendido. A uno le puede gustar mucho lo suyo, como a mí me gusta todo lo catalán, pero hay que saber ser también cosmopolita. Si uno basa su identidad sólo en el hecho de ser catalán, mal asunto. Yo baso mi identidad en ser yo, en las cosas que yo hago y en los valores que tengo. No necesito pensar que para ser alguien necesito, por ejemplo, ser catalán, vasco o madrileño.
—Nos acercamos a unas nuevas elecciones europeas. ¿Se ha convertido la Unión Europea también en una utopía?
—Europa se ha ampliado demasiado. No sé por qué han entrado tan deprisa los países del Este. Los polacos, por ejemplo, nada más entrar, ya han empezado a organizar líos y a decir a todos lo que teníamos que hacer. Hombre, si acabas de entrar, espera unos años, escucha un poco a los demás... Lo de los ingleses es un misterio, porque parece que están pero no están, o sólo están para fastidiar. Habría que estudiar a fondo su situación, que se definan de una vez. O están a fondo, como todos los demás, o no están. Que dejen de marear la perdiz. Me parece que lo que deberían hacer es convertirse en el 51 estado de EE.UU y dejarnos en paz.
—´Del paro al ocio´ (1984), Premio Anagrama, fue un libro muy celebrado y comentado. La idea de avanzar hacia una sociedad más ociosa que productora, ¿era también una utopía?
—Es una utopía. Reducir la jornada laboral es una cuestión importante que, varios años después de publicar yo el libro, propusieron Felipe González, por ejemplo, y Michel Rocard, y se puso en práctica en Francia. Me parece impepinable. Que la jornada laboral se ha ido reduciendo a lo largo de la historia es un hecho. Estamos en ocho horas y en el siglo XIX estaban a dieciséis. Bueno, ha mejorado, sin duda. Si las máquinas se autocontrolan, ya no se necesita a tantas personas y, por tanto, hay que organizar un tiempo libre, un ocio que sea interesante. Pero hace falta cambiar la mentalidad, cambiar el puritarismo laboralista judeo cristiano, aquello de que el trabajo dignifica, en fin, tonterías escritas hace 3.000 años por pastores de Palestina que nada tienen que ver con nosotros ni con el mundo actual. Esos valores sí que hay que cambiar.
—Religiosamente se confiesa usted taoísta. ¿Cómo se puede ser taoísta hoy?
—Huyendo de la ciudad. Uno de mis maestros taoístas nos decía que para ser taoísta hoy había que huir al campo. La ciudad basta con visitarla de vez en cuando. En el campo se está en el Tao. Es importante dejar de pensar con frecuencia. El pensamiento es un gran qué, que nos sirve para escribir libros y todo eso, pero que nos aparta del Tao. Creo que es la visión del mundo o filosofía de la vida más natural, más sensata y armoniosa del mundo, infinitamente mejor que el judeo cristianismo. Como dijo el maestro zen Suzuki refiriéndose al judeo cristianismo: ´Dios contra la Naturaleza, la Naturaleza contra el hombre, el hombre contra Dios..., vaya religión más rarita».

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