EIVISSA | NIEVES GARCÍA GÁLVEZ
Ariadna tiene 30 años y fuma desde los 20. Ayer por la mañana estaba casualmente en el paseo de Vara de Rey con unas compañeras cuando varias la cogieron y la llevaron a la carpa que la AECC tenía allí instalada para concienciar a los fumadores de la importancia de dejar el tabaco. «Quiero que tires un cigarro», le dijo una. Después de que le explicaran que lo cambiaban por una pieza de fruta, Ariadna accedió a las peticiones de sus amigas y lo depositó en una urna. «Tienes que romperlo», le dijo una voluntaria. La joven, que fuma entre cinco o seis pitillos al día, cree que estas iniciativas están «muy bien», pero asegura convencida que, de momento, no quiere dejarlo.
En este punto de información –en el que se repartían folletos, bolígrafos, DVD, entre otro material– no sólo se intercambiaban cigarrillos, sino que se daba la oportunidad a los adictos de conocer el estado de sus pulmones, una prueba llamada coximetría. Para ello, debían aguantar la respiración durante quince segundos y después soplar en un aparato que, a continuación, reflejaba un número que representaba su concentración de monóxido de carbono. Apenas dos horas después de haber instalado la carpa (que permaneció de 10 a 14 y de 17 a 20 horas), las personas que la habían realizado arrojaron niveles de «fumador moderado» y «gran fumador». Las pruebas no sólo se hacían en este punto y en el hospital Can Misses, sino que en la mañana de ayer se realizaron también en la plaza de la Constitución de Sant Francesc, en Formentera, en una iniciativa organizada por la conselleria de Servicios Sociales.
«¿Fumas?», le preguntó una voluntaria a una joven que paseaba por la zona. «Como un carretero», respondió ella. «¿Quieres saber cómo tienes los pulmones?», le consultó. «No, no, no quiero saber nada», indicó mientras se marchaba, quizás por no llevarse un disgusto. Otros como Sandra sí estaban interesados por conocer su estado de salud. Ella fuma desde los 12 años y la adicción la ha acompañado ya durante treinta. «Empecé por una estupidez. Mis amigos lo hacían y, por no pensar...», recuerda. Sandra, sin embargo, ha intentado dejarlo; la última vez estuvo tres meses sin probar el tabaco, pero volvió a recaer. «Pensaba que lo controlaba, que podía fumar alguno cuando quisiese», dice. Pero no, ahora vuelve a necesitarlo y consume un paquete diario.
«Estoy aquí, rompiendo un cigarrillo en medio de Vara de Rey», le decía por teléfono un fumador a alguien que lo esperaba. «¿Fumáis?», preguntó uno de los voluntarios a un grupo de adolescentes que se acercaron con curiosidad a la carpa, una de las cuales simplemente soltó una risilla antes de que todos se marcharan. Mientras algunas personas se aproximaban de motu proprio, otras eran atraídas por dos mimos. Simulando llevar un pitillo «preguntaban» a los viandantes si eran consumidores de tabaco: en caso afirmativo intentaban conducirlos a la carpa; en caso negativo se mostraban enormemente felices. Uno de estos viandantes llegó hasta la carpa pero, después de pensárselo bien, dijo que se marchaba y que mejor volvía después. ¿Lo haría?
Pero fumadores hay en todas partes, y también incluso entre los propios voluntarios de la carpa. Una joven de 26 años que animaba a la gente a hacerse las pruebas (y pasar una encuesta previa) explicaba que fumaba desde los quince, pero apenas un cigarro al día. «Fumo poco y tengo los pulmones limpios», indicó después de hacerse una prueba en un momento en el que apenas había gente en el puesto. «No es bueno para la salud y hay que dejarlo», sentenciaba, aunque reconocía que ella no tenía previsto abandonarlo «en breve». «Lo haré cuando tenga planes de ser madre», reflexionaba.
Por su parte, algunos de los fumadores que se aproximaron alzaban orgullosos la voz para asegurar que no probaban el tabaco. «Ni hablar, somos deportistas», aseguraron dos jóvenes. «No, hago deporte, gracias a Dios», respondió otra mujer. Hubo incluso una persona que no era fumadora pero que llegó a la carpa con un objetivo claro: «Quiero un folleto para llevárselo a una compañera. El más dramático. Yo no fumo, afortunadamente», reconocía. La suya no fue una iniciativa única, además de las amigas de Ariandna que la acercaron hasta la carpa, otra mujer fue sola en primer lugar, se informó de todo y después arrastró hasta allí a una conocida. «A ella, a ella, fuma mucho», les decía a los voluntarios.
Así transcurrió toda la jornada, intentando concienciar a la gente de que cuando uno fuma, fuman todos, como decía uno de los carteles. Y de que dejarlo, aunque no es fácil, sí es posible. «Lo quiero dejar pero no se puede», lamentó un fumador. «Claro que se puede», le respondieron con ánimo.