ALBERTO FERRER
Lo más moderno que se había escuchado hasta anoche en el baluarte de Santa Llúcia es el jazz. Quizás fue demasiado pasar de eso a lo que se le vino encima anoche: un atronar de nuevos ritmos de origen desconocido y el pisoteo rítmico de un público que bailó sin miramientos sobre el Patrimonio de la Humanidad. Fue el broche de oro –o más bien de silicio– al International Music Summit. El certamen ha puesto a Eivissa en el ojo del huracán de la industria musical durante unos días y necesitaba un final adecuado, como se encargaron de ofrecer los Basement Jaxx, el dúo británico formado por Felix Buxton y Simon Ratclife, que vertió toneladas de ritmo sobre la grava del baluarte.
En formación de batalla compuesta por ambos, un percusionista, un batería y hasta cinco vocalistas, los veteranos músicos ofrecieron un repertorio moderno, lo que quiere decir totalmente libre y sin ataduras de género. Por eso su espectáculo igual se detiene en el Cotton Club que se recrea en el hip hop más ochentero y todo sin parar, en un show que es una sucesión de automatismos sin pausa. Con un trajín constante de vocalistas, sobre todo dos fabulosas odaliscas dotadas de dos potentes cajas de resonancia que llevaron el peso en las letras, que entraban y salían cambiando constantemente de vestuario, el público no paró de viajar sin dejar de bailar: Tan pronto aparecía un boxeador veteado de dorado como un gigantón rapero ataviado con la bandera jamaicana, en una fiesta de la música por la música, se les escuchó un ska, incluso un raggamuffin. Simon cogió muchas veces la guitarra, porque en su directo hay bastante rock, pero llegó a ordeñarle hasta un tema totalmente heavy. Y el público les acompañó desde la primera estrofa y la primera payasada, cuando las odaliscas salieron vestidas de novias para interpretar una pieza soul, todo aderezado con bases electrónicas gentileza de Felix, aunque no siempre. Sobre el escenario hubo hasta sencillas baladas interpretadas a voz solista con una simple guitarra española, para que la voz vibrara hasta unos agudos dolorosos. Todo un lujo, como marca de la casa.
Antes que ellos, Pete Tong demostró por qué hay que seguir haciéndole reverencias cuando se levanta de la mesa de mezclas, porque el cofundador del IMS sigue conectando con el público y haciéndole bailar como quiere, incluso convirtiendo en estribillo algo similar a una bocina de locomotora de los 50.
Tong tomó el relevo a otros monstruos de directo, los Filthy Dukes, trío sinthpop inglés que genera una energía poco común. Será por el vocalista, Tim Lawton, con un aire de estrella algo Brett Anderson, aunque modosito. Su esfuerzo y la perfecta ejecución de sus compinches hicieron que alguno deseara que los británicos no fueran tan puntuales, para poderles escuchar un poquito más. A la medianoche, como tocaba, la música se apagó en el baluarte.