EIVISSA | JOSÉ MANUEL PIÑA
Eran exactamente tantos como se había anunciado días atrás. Mil dosencientos estudiantes universitarios de las más diversas comunidades españolas con ansias de desconectar de la actividad académica consuetudinaria y muchas ganas de divertirse. Llegaron sobre las 13,30 horas al puerto de Eivissa y cuatro horas espués estaban aún guardando cola para inastalarse en los bungalows del complejo turístico Punta Arabí en el que se alojarán durante los próximos cinco días. «Daos prisa, que tengo que ponerme una inyección a las cinco de la tarde. Si no, me va a dar un ataque horrible de hipoglucemia. No juguéis con mi salud», bromeaba uno de los estudiantes ante una infranqueable muralla de compañeros que le precedían en la vez. El buen humor reinaba entre ellos, que comenzaban a organizar sus jornadas vacacionales al margen de la programación oficial.
El pretexto del viaje era común: asistir a la primera edición del SoundPark Festival 2009, pero los planes de algunos eran distintos. «¿Sabes dónde resulta más barato alquilar un coche?», preguntaban dos hermanas valencianas, que se quejaban porque les habían dado la habitaciópn que, realmente, correspondía a dos muchachos a los que no conocían. «Lo peor de todo es que a mí me han dado un bungalow junto a una chica que no he visto en mi vida», argumentaba una de ellas mientras consultaba un mapa de Eivissa para preparar las excursiones. «Nos han dicho que la única cita obligatoria era el día de la salida, a la hora del barco. Por lo demás, no estamos obligados a nada», apuntaba una de las dos valencianas.
A las cinco de la tarde estaba programada la presentación de las actividades organizadas para los expedicionarios, aunque a esa hora eran todavía muchos los que esperaban pacientemente acomodos en las instalaciones del club. Damián Parolín y Hernán Barone, junto con Mónica Pérez, trataban de agilizar la instalación, aunque el aluvión estudiantil por colocar en el establecimiento, parecía superarles. «No lo digas, no vayamos a ensuciar el viaje», rogaban al periodista. Fuera del club, Mario vigilaba su equipaje y el de sus compañeros. «Nos hemos repartido el trabajo. Yo controlo las maletas mientras los otros consiguen la habitación y los demás están comiendo», informó con precisión universitaria mientras se bronceaba con los primeros rayos de sol ibicencos.
Comenzaban para ellos unas vacaciones que en la promoción del viaje se señalaba como ´la mayor concentración de universitarios de toda España´. En los establecimientos de la zona se comentaba alegremente y con esperanza esta visita, que inaugura una temporada algo desesperanzadora.