Si la lluvia y el viento no lo impiden, esta noche comenzará una nueva edición, la XIX, del Eivissa Jazz, o Mostra de Jazz, utilícese cualquier denominación, ambas sirven. De lo que se trata es de disfrutar de interesantes conciertos y, de paso, maravillarse con las espectaculares panorámicas que ofrece el baluarte de Santa Llúcia, o `es Polvorí´. Aunque varios nombres suenen poco, hay calidad, y bastante, en el programa de este año. Dispongámonos, pues, a escuchar y ver poniendo los cinco sentidos en el empeño y algún trocito de nuestros corazones. Tiempo habrá luego para los balances, las reflexiones y los análisis. Ya alabaremos y criticaremos a su debido momento. Ahora gocemos, sin más.
Me enorgullezco de haber cubierto dieciséis convocatorias para cinco medios informativos diferentes, cuatro diarios y una revista. Sólo me he perdido tres de las citas: 1986 (la primera y única celebrada fuera de territorio pitiuso), 1994 (execrable paro) y 2002 (cuando la sustituí por el impresionante Festival Internacional de Jazz de Donostia, la bella San Sebastián). De este modo logré asistir a uno de los últimos recitales de James Brown y su potente sex machine. Previamente, nos quedamos boquiabiertos ante la exhibición del pianista Brad Mehldau en Gasteiz, la capital alavesa. Aquel muchacho es hoy una de las grandes figuras mundiales del género. Por fortuna, su tremenda demostración de virtuosismo no coincidió con la Muestra de Phil Woods, la de la resurrección en el Portal Nou después de haber fenecido víctima de la desidia institucional y las estrecheces presupuestarias. Hablo de 1998, el verano de la esperanza.
La irregular trayectoria del llamado Eivissa Jazz -parece que la cosa se va a quedar así- me ha causado no pocos disgustos, siendo como soy un fiel aficionado a la música clásica del siglo XX (y XXI). El vil metal ha amenazado desde su génesis a nuestro querido y esperado festivalito, que nació con vocación itinerante balear y se asentó finalmente en Dalt Vila. De 1987 a 1997, entonces éramos todos más jóvenes, vivió su época de mayor esplendor. El apoyo inicial de Televisión Española, que grababa las actuaciones para su espacio de la segunda cadena `Jazz entre amigos´, acabó difuminándose y los periodistas peninsulares, la mayoría de ellos, ahuecaron el ala. Fue un goteo incesante y triste. La Muestra, organizada por el Instituto de la Juventud del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, que se dice rápido, cayó en picado hasta desaparecer. Nos quedamos a dos velas de 1995 a 1997, un período de infausto recuerdo para sus numerosos acólitos.
Tras la recuperación de 1998, el Eivissa Jazz ha sufrido altibajos, también sustos, motivados por su angustiosa dependencia de las aportaciones del Ayuntamiento, el Consell, el Govern y el mencionado organismo estatal. La iniciativa privada se dedica a otros asuntos más rentables que traer a negros sudorosos a soplar trompetas y aporrear tambores. Su salud dependía -aún depende- de la alternancia de los partidos en el poder, conservadores y socialistas se encargaron de limar jornadas, desinflar expectativas y alimentar incertidumbres. Sembraron dudas. A partir del anterior mes de julio, el Injuve nos dejó en bragas y a la deriva, tocados, pero no hundidos. Gracias al Consistorio, nobleza obliga a admitirlo, se salvaron los muebles y sonreímos de nuevo. Pese a su escasa proyección exterior y sus muchas imperfecciones, el festival vuelve a la carga. Seguimos de suerte.