Por más que la actividad científica sea desde hace más de un siglo el motor -incluso económico- de las sociedades avanzadas, por mucho que resulte ejemplar la dedicación de los investigadores a la tarea inacabada siempre de saber los porqués de este universo, en ocasiones los logros de los laboratorios tienen un punto de explotación publicitaria que atrae tentaciones de riesgo por parte del mundo mediático. Las noticias acerca de los descubrimientos científicos deberían tratarse con un rigor exquisito aunque, a decir verdad, esa exigencia es también necesaria para las noticias políticas y económicas. Si da lo mismo que todos los días del verano los diarios deportivos publiquen el último bulo acerca de fantasmagóricos fichajes a punto de convertirse en realidad, porque en el mundo del fútbol ya hemos enloquecido todos y se manejan cifras de escándalo como si se tratase de un cambio de cromos en una actividad que apenas pasa de trivial, con algo de tanta seriedad como es el hallazgo científico no se puede ir con frivolidades.
El ejemplo más cercano que he visto de la falta de rigor de la ciencia en aras de unos titulares llamativos habla del descubrimiento por parte de un laboratorio de los Estados Unidos del posible mecanismo que, a través de la selección natural positiva, ha separado chimpancés y humanos. «Las neuronas y la digestión nos distinguen del chimpancé», era el titular destinado a llamar la atención. Pero eso se sabía ya desde hace tiempo. Era una teoría de lo más plausible cuando la antropóloga británica doctora Leslie Aiello enunció, en los años 90 del siglo pasado, su hipótesis del tejido costoso -para lograr durante la evolución humana cerebros más grandes fue preciso un cambio de dieta-, una hipótesis, ya digo, que se convirtió en algo más que probable cuando comenzó a compararse la traducción en proteínas de los cromosomas equivalentes de chimpancés y humanos.
Lo que han descubierto ahora los científicos del laboratorio del doctor Haygood es un indicio bastante firme acerca de cómo ese paso de cromosomas casi idénticos a proteínas muy distintas obedece a la labor de unos pocos genes reguladores. Pero, como digo, el hecho de que es en el cerebro y en el hígado donde se expresan sobre todo esas diferencias era algo conocido hace años. La noticia, por tanto, no da para esos énfasis mediáticos.
Hay más. Los cerebros comenzaron a expandirse en el linaje humano hace unos 2,5 millones de años. Fue entonces cuando se presentó la necesidad de una dieta alimenticia más rica para poder atender a las demandas selectivas de tejido neuronal. Pero se da el caso de que, con bastante certeza -dentro de esa certeza relativa y provisional a la que se refería Popper hablando de la ciencia-, la separación de chimpancés y humanos tuvo lugar hace bastante más: cerca de siete millones de años. Durante la mayor parte de ese trayecto evolutivo por separado, nuestros antecesores hominidos no dispusieron de grandes cerebros ni los necesitaron, pues, para su propia y necesaria adaptación. Así que no fue esa clave de ingesta de «dietas ricas+corteza cerebral aumentada» la responsable de que nos alejásemos en principio de nuestros primos hermanos los chimpancés. ¿Cuál fue, entonces? Algo relacionado con la locomoción bípeda, muy probablemente. Pero nadie sabe qué.