Empieza a haber tipos poderosos que se retiran alegando que deben atender a su familia. Si esto sigue así, en el futuro los parques infantiles serán lugares llenos de malvados. Karl Rove, consejero mayor y principal estratega de George W. Bush, presidente de los Estados Unidos, es de los que dice que se va porque su familia -esposa e hijo- le necesita. ¿No hay forma de proteger a ese hijo de una mala influencia? Rove comenzó el mando de Bush padre, que le encomendó que le hiciera una carrera política a su hijo más difícil. Y lo hizo: como nanny electoral y fraulein intelectual le llevó al gobierno de Texas y luego a la Casa Blanca. Nadie le niega la eficacia, aunque nadie le reconoce escrúpulos.
Algún organismo internacional debería proteger a los menores de todo el mundo de la justificación e imposición de la guerra preventiva. Esa teoría, aplicada al instituto -ese territorio terrible de las ficciones estadounidenses, representación del Infierno en la Tierra- puede traducirse en que el chaval de Rove llegue a clase, descubra quién puede hacerle sombra en popularidad y le plante un par de patadas preventivas en la boca.
La profesora que piense en quitarle el aprobado puede saber lo que significa que hagan correr rumores sobre su orientación sexual, como hizo Rove con la gobernadora de Texas que disputó el cargo a Bush. Si papá dejó con las nalgas a la intemperie a Valerie Plame, con lo feo que está chivarse de que alguien es espía, ¿a quién no será capaz de delatar el hijo bajo su educación?
Que Rove deje el cargo pero que alguien haga algo a favor de ese chiquillo. Que le quiten la custodia, por favor.