El carnaval ibicenco no está hecho para la sana expresión de la indignación popular. Los colectivos más golpeados por la crisis no están para mucha fiesta y los más numerosos prefieren otros caminos para elevar sus quejas. La comunidad sanitaria, por ejemplo, no lleva la protesta en su genotipo y no se muestra en público, y eso que al ritmo que va el bisturí de los recortes del Govern balear pronto tendrán que vendar a los heridos con papel higiénico —una solución muy carnavalera, por otra parte—. Sí ha salido a las calles la comunidad educativa. Los padres de Sa Bodega y Es Pratet volvieron reclamar, un año más, los colegios prometidos en la rúa del domingo en Vila. Empiezan a temer que sus hijos acaben el ciclo educativo como lo empezaron, en los minicampos de concentración escolares. El problema es que piden cosas que a los políticos ibicencos no les interesan. Ya se sabe que los colegios no les molan, que una vez que colocan la primera piedra empiezan a bostezar y aquello acaba eternizándose. Las comparsas tendrían que reclamar más asfalto, más urbanizaciones, puertos deportivos y campos de golf, ya verían lo pronto que les harían caso.