Que las civilizaciones mueren ya lo dijo Paul Valéry, aunque hay tantas formas de morir como opiniones al respecto. A nuestros antepasados púnicos, por ejemplo, se les enterraba con monedas propias o ajenas, pero en ellas aparecía siempre la imagen de un dios. La investigadora Alicia Arévalo ha dicho esta semana que estas monedas que los muertos se llevaban al más allá eran talismanes y no tenían nada que ver, como se creía, con el célebre óbolo ofrecido a Caronte. El pasado desenterrado es un enigma que nos perturba en las ciudades antiguas.
Vivimos sobre ruinas silenciosas, aunque llenas de símbolos aún por descifrar. Los pensadores actuales más pesimistas afirman que nuestra civilización también está muriendo, por lo que tal vez pueda decirse que no solo vivimos sobre ruinas sino también entre ruinas, las nuestras.
Para demostrarlo, nada mejor que las fotografías que han llegado estos últimos días del Partenón ocupado por los manifestantes griegos.
Parece cada vez más claro que el euro no sirve ni para pagar a Caronte. Ni mucho menos como talismán.