G. García-Alcalde
Desde el ágora griega, estimular el debate ciudadano sobre asuntos de segundo nivel es una acreditada estrategia de despiste. El que lea los diálogos de Platón conoce bien el sarcasmo socrático contra esa manipulación de los gobernantes. Difícil parece que los españoles subordinemos el trauma del paro, la tuerca salarial, la presión fiscal y el fantasma de la bancarrota a la discusión de los asuntos que los ministros de Rajoy enuncian en comparecencias contínuas de muy dudosa demanda social.
Casi ninguno de esos asuntos figura en el ranking de las preocupaciones que, desde hace años, pulsan los barómetros del CIS, y es de notar la disciplinada contumacia con que los lanzan al ruedo para suplantar la zozobra de la subsistencia. Acaso merezca gratitud el propósito de darnos de qué hablar más allá del asunto por antonomasia, pero esa prisa ministerial también implica riesgos de decepción y meteduras de pata que agravan el pesimismo. Por ejemplo, Gallardón y Wert han pulverizado su imagen progresista ante quienes no votaron PP, más de la mitad del electorado. Arias Cañete aburrió incluso a los afines con una intervención merecedora del record de la velocidad, de la que es arduo retener ideas sin una relectura o dos. Soria frenó en seco la gran marcha hacia las energías limpias, y así sucesivamente. Todos han provocado debate en los medios tradicionales y cibernéticos, pero sobrenada siempre la pregunta nuclear: de la salida de la crisis ¿qué?
Dicen que no habrá respuesta completa, articulada y veraz hasta después de las elecciones andaluzas –y las asturianas, convocadas para el mismo domingo–, lo cual no mueve precisamente a la esperanza. Lo que pueda disuadir el voto conservador será malo para todos en la coyuntura que vivimos. Mientras tanto, seguiremos agobiados con la enésima reforma del sistema educativo, la restauración encubierta de la cadena perpetua, el cuestionado paso atrás de ciertos derechos de la mujer, la impugnación de la asigntura de Ciudadanía manejando críticas que nada tienen que ver con ella, las tasas notariales al matrimonio civil y al divorcio, etc.
Nadie niega el derecho de los gobiernos a proponer reformas legislativas o a gobernar de acuerdo con su ideología y programa, en el sobreentendido de que los cambios sean hacia adelante, no enganchados a una yenka retroactiva. Regresar cuando el mundo progresa aceleradamente no tiene la mejor cara. Es algo parecido a la consolidación islamista tras las revoluciones árabes que creímos de progreso. Ir a más y mejor es el único sentido positivo de los cambios. Satanizar la diferencia para contentar a los propios es un serio peligro para la democracia.
En nuestros labios ponen el bla-bla. En los de Sócrates pusieron la cicuta, pero aquella genial «mosca cojonera» sigue inspirando, aunque no tengamos conciencia de ello, el instinto de libertad y progreso de las generaciones del siglo XXI.