El turismo de la década es de crucero y los naufragios trágicos y ridículos no le afectarán. Sólo en España llevar gente de puerto en puerto factura 1.200 millones de euros y emplea a 25.200 personas. Su brillo de hotelazo en alta mar y su estética de casino flotante, no acaban de deslumbrarme por culpa de mi lactancia cultural, el cine catastrofista de Irwin Allen y la televisión empalagosa de Aaron Spelling, o sea ´La aventura del Poseidón´ y ´Vacaciones en el mar´, el naufragio y la navegación, la nave de cabeza y la del corazón. Admiré a Allen y detesté a Spelling y así saqué una conclusión errónea (lo mejor que podía sucederles a los barcos de lujo era hundirse, dados los viajeros que transportaban) y otra contradictoria porque mientras quería que se salvaran todos los personajes del Poseidón, deseaba que se ahogaran los protagonistas del Princesa del Pacífico.
En ´Vacaciones en el mar´ llegaban a Puerto Vallarta (México) y nos íbamos al descanso. Después de la publicidad, ya estaban otra vez a bordo. Eso es real: las paradas son cortas y para hacer compras. Supe más de Puerto Vallarta gracias a ´La noche de la iguana´. La película de John Huston sobre obra de Tennesse Williams mostraba un lugar habitado por náufragos más apetecible que el barco de la tele.
Un hito de ´Vacaciones en el mar´ era cenar en la mesa del capitán Stubing, lo que los pasajeros apreciaban como un honor. Era sentarse a la mesa del poder (¿también me viene de ahí la aversión?). No he podido quitarme esto de la cabeza a lo largo del culebrón de Francesco Schettino, capitán del Costa Concordia».
Cuatro décadas después, acorde con su tiempo, Schettino es de otra escuela y no ha seguido la ética de los navegantes sino de los capitanes de empresa, que son los primeros en abandonar el barco porque están al servicio de los tiburones.