Una de las recetas en las que coinciden todos los sabios –supuestos sabios– a los que se pide opinión en tertulias y foros para salir de la crisis es el adelgazamiento de las sobredimensionadas administraciones.
Sabemos que, en muchos casos, hemos duplicado organismos, competencias y asesoramientos, complicando los servicios que los ciudadanos pagamos por partida doble, mientras, paradójicamente, se reducen derechos básicos como la educación o la sanidad.
Con la que está cayendo, todos los líderes europeos se aplican a suprimir ministerios, departamentos y consistorios. En nuestro país, por ejemplo, se desconfía abiertamente del tinglado que han montado las hipotecadas y manirrotas autonomías que hoy pasan apuros para pagar las nóminas de los funcionarios y de ahí que se hable de recentralizar el poder y los servicios.
Se duda, en fin, del Senado, se duda de las diputaciones y se duda, también, de los ayuntamientos.
Estar cerca del ciudadano para servirle mejor era y es un magnífico propósito, pero, según parece, nos hemos pasado tres pueblos y las más de las veces estamos matando hormigas a cañonazos. Ningún país de Europa, por ejemplo, nos supera en el número de aeropuertos y no hay autonomía que no tenga la tentación de un megaproyecto icónico y epatante.
Pero volviendo a la necesidad de adelgazar las administraciones, en Ibiza, sin ir más lejos, cabría preguntarse si está justificado el aumento de plantilla que ha tenido el Consell desde su creación.
Y no es menos esperpéntico el caso de los ayuntamientos, cuando está claro que la isla podría funcionar con sólo cuatro: Vila, Sant Antoni, Sant Josep y Santa Eulària.
Y puestos a tocar temas incómodos y racionalizar situaciones anacrónicas podríamos mentar la desfasada división territorial de nuestros municipios. Que Jesús corresponda a Santa Eulària y Platja d´en Bossa a San Josep, hoy, no tiene sentido.
Es un jardín en el que nadie quiere meterse –ya se ha intentado otras veces– pero es algo que parece absolutamente necesario si queremos tener una correcta vertebración del territorio y unas estructuras racionales, más efectivas y menos gravosas. El problema es saber quién abre el melón.