Un diario publicaba ayer una noticia titulada de forma tan escueta como suficiente para llamar la atención: «Un hipopótamo se va de paseo por Marratxí». La fotografía del animal lo mostraba paseándose, en efecto, de noche y por un paraje que no quedaba muy claro cuál podría ser pero tampoco permitía desechar que se tratase del pueblo que tuvo como alcalde al president Bauzá antes de que accediese a su cargo actual. En realidad poco habría importado que el hipopótamo campase a sus anchas por Llucmajor, Selva o Campos. Palma habría sido otra cosa porque el pobre bicho no hubiese durado ni media hora sin que le atropellasen incluso renunciando al carril bici. Pero démoslo por bueno: era Marratxí. Era un hipopótamo. Era un paseo en plena libertad, igual que si se tratase del cráter inactivo del Ngorongoro. Los vecinos de Marratxí se quedaron atónitos al ver un hipopótamo desfilando por la acera. Y el Seprona se plantea denunciar al circo que dejó que el animal escapase, aunque no será, digo yo, a causa de la sorpresa del vecindario porque los circos están para eso: para dejar atónitos a los espectadores. Parece más bien que se trata de una cuestión de orden, a pesar de que me juego el cuello acerca de que ni siquiera el alcalde destinado a ser presidente en tiempos tan difíciles fue capaz de imaginar un futuro problema de ese estilo prohibiendo en las ordenanzas municipales el llevar hipopótamos sueltos. Con los perros, basta.
En espera de que sepamos en qué termina el episodio, cabe profundizar en nuestra capacidad de asombro. En la edición digital de Diario de Mallorca, justo al lado de la fotografía del bicho peripatético, salió el mismo día otra estampa, de animales esta vez, mostrando el aeropuerto de San Sant Joan a la que llueve. En los pasillos de aspecto postmoderno, al lado mismo de los paneles informatizados que avisan del retraso de los aviones debido a la huelga de turno, aparece una batería de cubos de fregar. Sirven para recoger el agua que cae de las goteras.
No se trata de una foto oportunista y demagógica. Lo de los cubos como implemento tecnológico es la solución de la que hay que echar mano cada vez que llueve. Dicho de otro modo, desde su inauguración en el año 1997 la nueva terminal de Son Sant Joan luce los cubos a cada poco. Supongo que los vecinos de Manchester, Leipzig y Bruselas se quedarán atónitos al ver una imagen que parece propia de los años de la autarquía y el franquismo, esos mismos años en lo que se estrenaba el aeropuerto. Se me ocurre que, con el fin de evitarnos el bochorno, alguna autoridad con mando en plaza esté al tanto del pronóstico meteorológico y, al aumentar el riesgo de lluvias, saque a pasear al hipopótamo Pipo por Son Sant Joan. Queda más señorial y permite dejar en el olvido el plan B: el de ponerse a arreglar las goteras.