No pasaba por mi mente la amplia repercusión social provocada por el artículo de opinión que el pasado día 12 de agosto este Diario pitiuso tuvo la gentileza de publicarme. Entiendo que se han producido efectos muy positivos:
a) Está sucediendo la reacción popular que demandaba, como es de apreciar en el apartado de cartas al director de los lectores de este periódico, la mayoría coincidentes con mi criterio, alguna disidente pero igualmente respetable (es el triunfo del ejercicio de la libertad de expresión), o en el escrito que ha redactado la Asociación de Vecinos de San Antonio acompañado con las firmas de cientos de ciudadanos, elevando su voz de protesta y disconformidad, o en el avance dentro del panorama político del ´Nou Partit´, liderado valientemente por un joven y gallardo letrado de San Antonio.
b) También han reaccionado los dirigentes políticos. Así el señor alcalde de San Antonio se ha pronunciado en una entrevista publicada por Última Hora sobre la instalación de dispositivos limitadores en los cafés concierto, aunque no en el sentido que yo esperaba, pero al menos ha abordado públicamente el problema, lo que transluce su preocupación social.
c) Y también es positivo por inusual, que un concejal responda pública y abiertamente en un periódico a la opinión de un ciudadano, aunque sea en consideración a mi cargo de notario, si bien dejo muy claro que mi intervención nada tuvo que ver con el ámbito de mi función notarial, empero es difícil de separar la persona del notario en un oficio que se ejerce por vocación y no por su compensación económica, como difícil resulta escindir al cura de la sotana o al militar de su uniforme.
No quisiera utilizar esta tribuna pública que tan amablemente se me ofrece para ejercitar un turno de réplica, pero las alusiones tan directas del concejal de Gobernación de San Antonio de alguna manera me inspiran para añadir nuevas reflexiones.
No piense nadie que voy a arremeter con pólvora verbal contra el regidor municipal, ya que barrunto que no es autor intelectual del manifiesto, no porque dude de sus aptitudes literarias ni del tamaño de su bulbo raquídeo, sino porque un señor que me sigue pareciendo un personaje entrañable y bonachón, no es capaz de concebir epístola tan sofística, silogística y malintencionada.
Intentaré centrar el tema, no deteniéndome en la tergiversación de mis palabras, diciéndose que dije lo que no dije, o parafraseando con voluntad torticera lo que dije, situando el asunto de mi alegato en la clausura de la música en una fiesta privada a la que asistí, y el tema en la pataleta pueril que aquello me ocasionó, episodio que cité de manera anecdótica o circunstancial, a modo de obiter dicta y no de ratio decidendi, para ejemplificar el concepto consistorial de justicia conmutativa, o sea, el tratamiento desigual del vecino frente al turista.
Tampoco me detendré en el panfleto propagandístico de éxitos acumulados en la lucha contra el ruido, ilustrado con estadística y número de sonometrías practicadas (nada menos que ¡cuatro!), equipos precintados y cierre de establecimientos (precisamente la instalación de los consabidos limitadores es una medida preventiva y no punitiva, que evitaría la imposición de sanciones no deseables, pues controlaría la infracción). Solo espero que esta apología algún día se torne en panegírico.
Ni tan siquiera reparo más de una línea en la ignorancia sobre la retribución de los notarios, que no es por sueldo sino por arancel.
Sobre la última frase solo advierto que constituye un auténtico libelo, dado que si como persona el autor no prefiere calificarme, tácitamente me descalifica, es una descalificación personal por omisión, que puede inducir al lector a dudar de mi ética y honorabilidad. No lo admito. No obstante, no respondo en esta tribuna y ya me pensaré si contesto ante un tribunal, si bien no es mi propósito hacer sangre de un edil al que definí políticamente como pusilánime, es decir, atiplado y melifluo, pero al que considero a la sazón una bella persona.
Fernando Lázaro Carreter, en su obra didáctica ´Cómo comentar un texto literario´ distingue entre asunto y tema. Es asunto el argumento de un texto, la narración de lo que el texto refiere; es tema, la intención del autor.
Ni el asunto ni el tema de mi anterior artículo son los que equívocamente destaca el concejal reconvertido en escritor, que sin duda alguna suspendería la asignatura de literatura. Si bien al final de su texto, se podrían extraer dos expresiones que aciertan de chiripa con el asunto y el tema del mío. El edil escribe: «Entiendo y acepto que sigue habiendo ruido». Éste es mi asunto. Y añade: «No es fácil conjugar una temporada tan corta con un aceptable bienestar de nuestro ciudadanos». Éste es el tema.
Se está implícitamente reconociendo el fracaso político ya no para lograr un óptimo bienestar del ciudadano, ni siquiera un aceptable bienestar; es toda una resignación ante una situación fáctica en la que los intereses individuales impiden el bienestar general, lo que conlleva una ausencia de voluntad política para poner remedio, no por connivencia sino por impotencia y debilidad (pusilanimidad política).
Santo Tomás de Aquino consideraba que el fin de la política es el Bien Común, que no es la simple suma o colección de bienes privados ni el propio de un todo que solo beneficia a ese todo sacrificando a las partes, sino la conveniente vida humana de la multitud, su comunicación en el buen vivir, es el bien de todos los miembros de la comunidad, que consta de los atributos de utilidad común, bien público, felicidad y beatitud. El Bien Común supera y prevalece sobre el bien particular, de manera que los bienes individuales han de subordinarse y orientarse hacia el primero.
El concepto escolástico de Bien Común lo concreta el Catecismo en tres fines: a) el respeto a la persona en cuanto tal; b) el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo; y c) la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo.
No es mi misión catequizar a nuestros políticos, pero no les vendría mal recordar estas ideas del pensamiento cristiano medieval y actual. Dicho de otra manera más inteligible para la clase dirigente: si hay exceso de ruidos no se respeta el derecho al descanso de la persona, se deteriora el bienestar social, no hay paz, y se tolera que los intereses particulares de unos pocos prevalezcan sobre el Bien Común.
La concepción neoliberal del Bien Común con visión reduccionista confunde éste con bienestar socioeconómico, en una concepción exclusivamente utilitaria o instrumental que esconde la protección de los intereses crematísticos de la burguesía capitalista. A este planteamiento de fondo, a mi criterio absolutamente errado, obedece la carta (estilísticamente muy bien redactada) que respondiéndome con cierta acritud publicó un empresario en el Diario. Tan solo le indico que el bienestar económico es importante pero no el único, nos olvidamos del bienestar social, la calidad de vida, que engloba el primero pero es mucho más amplio, pues incluye también aspectos tan fundamentales como la educación, el ejercicio de los derechos civiles y las libertades públicas, la protección del medio ambiente o la salud, por cierto, muy disminuida y alterada por la contaminación acústica. Es correcto invocar el derecho al trabajo del individuo, pero no a costa del derecho al descanso de la comunidad.
Volviendo a la figura del Aquinatense, en su obra ´El Gobierno de los Príncipes´ denomina al gobernante que desprecia el bien común y busca el bien privado, como ´tirano´, el cual ordena la comunidad protegiendo los intereses individuales de los más fuertes en perjuicio de los débiles.
Aristóteles comprendió la tiranía como el peor régimen político, afirmando que la mayor parte de los tiranos habían sido demagogos que se ganaron la confianza del pueblo calumniando a los notables.
El padre Mariana definió al tirano como el que todo lo atropella y lo tiene por suyo. Thomas Jefferson cita que «el árbol de la libertad debe ser regado con sangre de los patriotas y de los tiranos».
La historia está llena de tiranos, y todos ellos han acabado expulsados, desde los tiranos de la antigua Grecia que fueron vencidos por los lacedemonios, hasta los totalitarismos del siglo XX superados por las democracias actuales.
También ha habido célebres tiranos en la ficción literaria, uno de los más crueles Santos Banderas, finalmente ajusticiado por el indio criollo Filomeno Cuevas, el famoso ´Tirano Banderas´, paradigmático esperpento creado por la pluma narrativa de don Ramón del Valle Inclán.
No con esto pretendo insinuar que exista una tiranía en San Antonio, ni llamar esperpentos a los políticos, así que no me malinterpreten ni sientan herida su susceptibilidad tan a flor de piel en época próxima a unos comicios. Sin embargo sí que constataré la situación esperpéntica que se esta produciendo, entendiendo por tal desde un prisma valleinclanesco, la degradación sistemática de la realidad.
Opino: 1) Que es un esperpento no reconocer con humildad la cruda situación real de la ciudad, y en vez de ello vanagloriarse y pavonear de unos logros espectrales. 2) Que es un desatino esperpéntico reconocer que carecía de autorización una fiesta privada de una ciudadana ejemplar y desprestigiar públicamente su celebración, y en cambio cometer la torpeza de dar el placet municipal a un grotesco y burdo ´homenaje al Botellón´ en una de las zonas menos degradadas del pueblo. 3) Que es otro esperpento pasarse la pelota de unos a otros ante la incompetencia para resolver sobre la competencia de cuál es la autoridad competente para intervenir sobre un buque que, a las ocho de la mañana de un domingo, interrumpe el sueño de todo un vecindario mutándose en discoteca flotante. 4) Y que no hay nada más esperpéntico y fantochil que afirmar con sorprendente frivolidad y ligereza: «No es fácil conjugar una temporada tan corta con un aceptable bienestar de nuestros ciudadanos».
Una de las reflexiones más importantes que plantea la creación esperpéntica es si se trata de una imagen deformada de la realidad o si es la imagen fiel de una realidad deforme.
Piénsenlo.