Siempre me han interesado las figuras femeninas de que nos habla la Biblia. Empezando por sus hermosos nombres, Esther, Ruth, Noemí, Sara, Rebeca, y sobre todo María, que en realidad es Marian o Miriam. María es un nombre universal. De los pocos idiomas que conozco (sé castellano y no del todo correcto, guardando la referencia de un Francisco Ayala, de un Delibes, de un Cela, y eso por no acudir a los clásicos, a Quevedo, por ejemplo), mi lengua materna es el español y me entusiasma oírlo hablarlo o leerlo con la corrección debida.
A menudo ocurre que el personaje me repele, pero me encanta oírlo expresarse en mi lengua con una belleza, una elegancia y una concreción magistral. Leer la Biblia contagia con su estilo tan sui generis. La Biblia nos cuenta historias bellísimas, con personajes cuyos nombres consiguen que te imagines también bellísimas a quienes nominan. Sara, por ejemplo, era, como espero que sepan ustedes, la mujer legítima de Abraham y era estéril. Con todo, el Jefe (Abraham) la hizo su mujer: en los varones de la estirpe se tomaron muy en serio lo de que en su descendencia nacería el Mesías (el Salvador, porque Mesías simplemente quiere decir ´el que ha de venir´), y siguiendo el código de Hammurabi, el más antiguo que se conoce, podían tomar otras esposas, o concubinas, o simplemente esclavas que coyunturalmente servían al Gran Objeto de multiplicar la descendencia, como ya he dicho. Sara era además hermana de su marido, de ahí que cuando llegaron a las fronteras de Egipto y se empezó a hablar en la corte del Faraón de lo hermosa que era ´la mujer del Jefe´, efectivamente el faraón se enamoró o simplemente se apropió de ella a cambio de algo que era fundamental para la familia, para la tribu, para el pueblo en general: el agua. Y el bien común era siempre preferente al bien particular.
Pero el pueblo hebreo tenía un Jefe Superior, Omnipotente (Yavé), que cuidaba meticulosamente de los intereses generales. Y así en Egipto comenzaron a sobrevenir desgracias, a cual más tremenda. Los sacerdotes del faraón consultados dijeron que el rey egipcio había ofendido al dios hebreo. El faraón no sabía que Sara era hermana de Abraham. Y obedeciendo los consejos de sus sacerdotes devolvió a Sara y encima con regalos de todo tipo, incluso esclavos, entre los cuales estaba Agar, de piel oscura, joven, sana y preciosa. Sara propuso al Jefe que durmiera con Agar, que entrara en ella (el ´acto de amor´ también aquí era un deber ´público´), y así concibió ésta a Ismael, que en principio fue primogénito y heredero. Así estaban las cosas cuando dos visitantes extraños anunciaron a Abraham que cuando volvieran Sara estaría encinta, lo cual hizo reír incrédula a la mujer. Pero fue cierto. Nació Isaac, y aunque los niños se querían, Sara tuvo celos de Agar y consiguió que Abraham la desterrase. Los que ahora llamamos árabes (de Arabia) también son descendientes de Abraham y se llaman ´agarenos´.
Tampoco es manca la historia de Esther, que otro día contaré.