Supongamos una habitación pestilente, repleta de detritus y aire irrespirable. Cuando alguien entre en ella recibirá un golpe de náusea que le dejará aturdido. Sentirá un hedor insoportable. Y sin embargo, al cabo de diez minutos de estar dentro, esa persona irá acostumbrándose a la pestilencia, la irá notando menos y, al final, ni la perciben. Pues bien, lo mismo sucede con Sant Antoni y sus responsables municipales: llevan tanto tiempo dentro del caos turístico que se han insensibilizado ante el mismo, ni siquiera se enteran de que viven dentro del caos y, por tanto, no ven el problema por ninguna parte.
Pese a los esfuerzos de Ayuntamiento por intentar hacer creer lo contrario, Sant Antoni continúa siendo la peor zona turística de Eivissa, la más degradada, la más descontrolada y la que peor imagen proyecta de la isla en el exterior. Todos los turistas que llegan allí con la aspiración de encontrar un lugar donde descansar en paz y pasar unas vacaciones agradables se marchan disgustados y asqueados. Así puede leerse a diario en los periódicos locales. Esto no debería dejar indiferente a ningún político, con el pretexto de que «otros turistas salen contentos». Cualquier alcalde o conseller de Turismo que busque el bien común debería admitir que hay un problema y luego, solucionarlo.
En las calles más céntricas de Sant Antoni se vende droga a los viandantes, aunque el Ayuntamiento suele minimizar el problema llamándolo ´menudeo´ de drogas, como si lo que se venden fueran golosinas. La prostitución se ha disparado y el ambiente chabacano y cutre que ofrece la calle principal del casco antiguo repleta de locales de strip-tease no puede decirse que sea un incentivo para el turismo familiar y tranquilo. Las excursiones organizadas de bar en bar para emborracharse colectivamente cuanto antes (pub crawl) siguen siendo un espectáculo habitual, botellas vacías adornan las calles y aceras, mientras jóvenes borrachos yacen sobre bancos o en el suelo. El ambiente general durante casi toda la noche es de borrachera, escándalo, masificación y descontrol. En estas condiciones, que un dirigente político diga que «Sant Antoni ha mejorado muchísimo» o que el West End no tiene ningún problema especial avala la tesis de que la exposición prolongada al desastre anula la propia capacidad para percibir el desastre.
Ahora bien, Sant Antoni tiene los problemas que tiene a causa del tipo de turismo que visita esa localidad, que está formado mayoritariamente por hordas de británicos jóvenes en busca de desenfreno. ¿Y quien es el responsable de que Sant Antoni tenga ese tipo de turismo? En gran parte, son responsables los hoteleros, pues ellos son los que, al fin y al cabo, los alojan y los aceptan en sus hoteles. Esos mismos empresarios que cada dos por tres critican a unos y a otros por no acometer mejoras en las zonas turísticas, esos hoteleros que no paran de exigir una nueva imagen y campañas de promoción con dinero público son los mismos que malvenden sus hoteles a touroperadores especializados en jóvenes que sólo buscan alcohol y pastillas, destruyen las convivencia con los residentes del pueblo, traen consigo una legión de traficantes de droga para aprovisionarles de lo que necesiten, causan todo tipo de estropicios que colapsan los servicios de emergencia, arruinan la imagen de la isla en el exterior y pisotean la dignidad de sus residentes año tras año, verano tras verano.
Muchos hoteleros replicarán: no podemos elegir a nuestros clientes. Falso. El hotelero es el dueño de su establecimiento y alquila las habitaciones a quien le da la gana. Así como vende sus plazas a un touroperador especializado en turismo joven británico, también podría venderlas a otras agencias e incluso directamente a clientes individuales, prescindiendo de mayoristas. El hotel se llenaría igual o, al menos, recibiría una clientela de mayor calidad y con más garantías de sosiego público. Así sucede, por ejemplo, en Santa Eulària o en Sant Joan, donde los hoteleros nunca han aceptado las ofertas de los turoperadores ingleses que se han adueñado de Sant Antoni. En esos otros lugares, los empresarios han hecho valer sus establecimientos, han mostrado más orgullo empresarial y hoy pueden presumir de haber aportado prosperidad económica sin haber arruinado la convivencia social. Cada uno recoge aquello que siembra.
No hay motivo para pensar que los hoteleros y otros empresarios de Sant Antoni sean más incapaces que los del resto de la isla. Por el contrario, su larga tradición emprendedora garantiza que pueden cambiar el modelo turístico que vienen imponiendo desde hace años a esta localidad. Es cierto que nadie decide qué turista puede venir a Ibiza y cuál no, pero sí hay colectivos que, con sus decisiones, influyen notablemente en el perfil turístico que caracterizará a una zona determinada.
Menos críticas, menos exigencias, y más ejemplo.