El presidente del PP balear, José Ramón Bauzá, tiene que convencer a los votantes de que toma decisiones sobre el futuro, no sobre el pasado. Para lograrlo, ha desaparecido del presente, porque Marratxí fue su destino pero se ha transformado en su holgado refugio, jubilado antes de reinar. Si pudiera, el nuevo domador popular disolvería su entero grupo parlamentario, prematuramente avejentado. Los diputados de la derecha debieran estar en plenitud, pero se les escapa la juventud justificando dispendios y temiendo que se descubran sus peores manejos. Los hijos de Matas son más parásitos que imputados, ceñudos y cetrinos, dos veces derrotados por una izquierda renqueante. Rosa Estarás no podía deshacerse de ellos, porque formaba parte de su manada.
Bauzá lidera el PP inactivo, el PP en activo se limita hoy a José María Rodríguez, el único político de Balears que ejerce todo el poder que le corresponde, en medio de la inhibición irradiada desde la cúpula del Govern. El presidente popular ha de deshacerse de su mayor activo, con el señuelo de que acata su voluntad. El domador al servicio de la fiera. Cuando González Pons apuntala a su candidato con la doctrina de que Madrid aprueba sus decisiones, ese pronunciamiento no significa que las avale, sino que las ordena. Desde la distancia parece más fácil, pero Bauzá ha aprendido que no conviene pelearse con el conductor del vehículo, en medio del desierto.
Rodríguez ha olfateado que Palma es más importante que Balears. La capital ocupa el lugar axial que Formentera asumió en las elecciones de 1999 y 2003. Con el recuento palmesano, es inmediato extraer el desenlace insular y regional. Al presidente del PP palmesano le han puesto un domador nuevo, pero Bauzá es un perfecto desconocido que debe adiestrar a sus altos cargos en el arte de no robar. Donde todos mandan, nadie manda, y la derecha anhela gobernar con tanta urgencia como obedecer. Tal vez Bauzá ha sido engullido, y habla ya desde el vientre de la ballena, tan poblado.