Antes del turismo, un joven de Eivissa alcanzaba la mayoría de edad cuando su padre depositaba orgulloso en sus manos una auténtica cutxilla pagesa. Hoy, en cambio, el ibicenco accede a la edad adulta cuando hereda de su padre una hermosa parcela urbanizable.
Parece un chiste, pero algo de eso hay: requisito previo a la urbanización y destrucción del territorio es la urbanización de las mentes. Hubo un momento en la historia reciente de Eivissa en que la isla estaba aún intacta y completamente virgen, pero la mentalidad de quienes la habitaban ya había sido urbanizada. Con la llegada del turismo se inoculó en ellas el estímulo del cemento y, a partir de ahí, pronto el ibicenco empezó a modelar la isla a imagen y semejanza de lo que tenía en su cerebro.
Por las venas del ibicenco –entiéndase el ibicenco-de-toda-la-vida– corre más cemento que sangre. Cualquier propietario de un terreno, tanto si es pequeño como si es grande, aspira indefectiblemente y salvo honrosas excepciones, a urbanizarlo en mayor o menor medida. El destino final de cualquier rincón del suelo rústico –y, si se pudiera, también del protegido– es ser edificado. Los ibicencos no concebimos otra finalidad para este paraíso que es nuestra tierra natal.
La confirmación de la pasión autóctona por el hormigón y sus derivados la ofrece ese gesto tan cotidiano de un ibicenco o una ibicenca contemplando una montaña repleta de chalets y construcciones y afirmando con satisfacción: «¡Qué bonito aspecto ofrece esta montaña!». Y, en cambio, ante un paisaje inalterado exclaman: «¡Cuánto terreno muerto!». También los hay que sufren ante estas mismas contemplaciones, pero sorprende que esta parte de la población sea minoritaria.
Con tales premisas mentales, cualquier territorio virgen tiene los días contados. Desde el momento en que se considera la naturaleza como un bien mercantil y no como un tesoro a preservar, ésta lo tiene complicado para subsistir. Nunca los ibicencos hemos visto a la isla como un tesoro, pues si no, no habríamos llegado a este punto.
Es cierto que en esta actitud de la población ibicenca influye la peculiar distribución de la propiedad, pues aquí la vivienda familiar se construyó históricamente dentro de la finca y no en el pueblo, como en Mallorca o en la Península. Pero lo cierto es que hoy en día, si nos dejaran manos libres, edificaríamos hasta los lugares que no se edificaron jamás, como montañas o cimas. En cincuenta años aún no hemos sido capaces de fijar un tope para el proceso urbanizador. El Plan Territorial Insular, que ocupa centenares de folios, no dice lo único que debería decir: «Llegados a la cantidad de x viviendas, no se podrá construir más».
Por eso no tiene que extrañar que los políticos locales, sean del partido que sean, no hayan hecho nunca nada por preservar los espacios naturales de la isla. Desde que en 1991 se aprobó la primera ley de protección territorial, la LEN, toda normativa ambiental o de restricción urbanística ha procedido invariablemente de Mallorca, del Govern; nunca ha surgido una ley proteccionista desde Eivissa. Lo único que ha hecho siempre el Consell ha sido intentar suavizar la protección que venía de Mallorca. Eso ha sucedido con el PP y también sucede ahora con PSOE-ExC. No hay ley proteccionista balear que no sea descafeinada al llegar a Eivissa. Los mismos políticos progresistas ibicencos que tanta protección ecológica reclamaban en la oposición son luego, en el poder, los que más rápidamente recuperan el urbanismo a la carta que praticaba el PP. En Mallorca no salen de su asombro. ¿Protección ecológica? ¡Por favor!, somos ibicencos.
Pero estamos en el siglo XXI, tenemos la isla urbanizada en un gran porcentaje –tanto mediante complejos de gran tamaño como a través de la urbanización difusa de chalets– y ya no queda mucho terreno libre en el que poder respirar (física y psicológicamente). Es hora, por tanto, de cambiar el chip. Eivissa necesita una reconversión de fondo, que replantee globalmente el turismo, el urbanismo y el modelo económico en general. La tarea no es fácil, pero imprescindible si no queremos perder el bienestar y la calidad de vida.
Eivissa es muy pequeña, pero gracias a nuestras mentes urbanizadas, podemos acabar siendo la primera isla del Mediterráneo en quedar completamente edificada, después de Malta. A este ritmo, en treinta años tendremos una isla-ciudad con una sucesión de urbanizaciones en la costa mientras el suelo rústico estará triturado por una retícula casita-jardín-piscina-casita-jardín-piscina-casita-jardín-piscina y nuestros coches se amontonarán colapsados sobre un territorio que no se estira. Sólo quedará un par de montañas a modo testimonial. Y entonces llegará el político de turno y dirá: «Pero deberían dejar hacer algo en estos dos montes...».